miércoles, 11 de febrero de 2026

Evocaciones de Días del cielo (1978)

Hay una especie de contraposición, una polaridad constante entre la pobreza y la riqueza que se enlaza de formas totalmente arbitrarias.

Una sensación de libertad, de aventura real, de búsqueda sin fronteras.

El trigo meciéndose, el campo ardiendo.

Un trío amoroso: tres faisanes.

La caza, ser cazador para luego ser presa.

Amar y no ser amado realmente, y que ese amor te conduzca al odio.

La lucha de fuerzas entre el pobre, que solo puede contar con la capacidad de sus propias manos y el rico, que lo tiene todo salvo aquello que es innegociable.

El amor verdadero frente al comprado.

La esencia y la máscara. ¿Lo que se finge es menos real que aquello que se realiza volitivamente?

La idealización frente a la realidad.

La representación teatral, la distracción, el subterfugio.

La consecuente culpa ahoga.

El vestido negro, guardando luto, ¿Hacia quién? El pasado y el futuro difuminados por la vastedad del trasiego de los días y las capas nuevas que se superponen entre sí.


domingo, 1 de febrero de 2026

La renuncia

Ya no quiero ser filósofo, el pensamiento no alcanza, pero tampoco las palabras.
No puedo delimitar aquello desbordante por naturaleza.
No cabe, no alcanza; es insuficiente.

Por eso callo.
Porque el silencio es lo que define una inmensidad que se niega a ser medida.
Porque en esta alma no hay símbolo ni significado que haga honor a su medida.
Porque el acto mismo de medir es herejía.

Al igual que un beso no es contacto entre dos labios,
ni un abrazo lo es tampoco entre dos cuerpos.

Cinéreo

No hay paz para el buscador de destino. 
El destierro convertido en hogar.
Cada paso hunde sus raíces en un suelo nuevo e imprevisto.

La niebla cubre cinérea el horizonte. 
El mundo gris parece interminable.
Un rayo de sol se acurruca entre las nubes.
Campos lozanos esperando su momento.
Hierba aplastada por el paso de los carros. 

Pisadas firmes,
trabajo duro.
Metal que hierve como magma del averno.

Luceros blancos y manos suaves,
rudeza oscura y brazos protectores.

La verdad se cobija entre las ramas de los árboles, en el clamor del viento que susurra a los insectos la advertencia de una tempestad.

Los sarmientos tiemblan, despojándose del hielo que recubre sus nudos dormidos, aguardando que un invierno gris alcance el término de su exasperante e insoportable transcurrir.

Las aves negras sisean sobre un cielo gris. Un hombre observa y anhela un augurio luminoso. 

La tierra aúlla, el campo se deprime:
anegado, estancado, ahíto.

viernes, 2 de enero de 2026

Tras la culpa

Un dolor inmenso, casi insoportable, lo atormentaba.

No podía creer que hubiera hecho algo semejante, pero así había ocurrido.

Su juicio turbado por el alcohol, el peso de los años, los problemas acumulados; escollos que parecen infranqueables cuyo tamaño espanta al más valiente de los hombres.

La vida transcurriendo, 
día a día, 
gota a gota, 
como llovizna sobre un mar abierto de horizonte inabarcable.

Pronto doblarás la esquina y no te será posible recorrer aquellos campos lozanos.

En la frente de tus padres se han abierto surcos que demuestran que la vida se desliza lentamente por el caudal del Tiempo.

A lo lejos, 
un sonido acapara el mundo:
un crujido, un chirrido, 
el último estertor de un niño que agoniza y grita y gime y llora.

¡Es tarde, ya viene!



domingo, 28 de diciembre de 2025

Culpa

La culpa es uno de los sentimientos más difíciles de transitar. Una carga que se agarra al pecho en forma de angustia y que impide evadirla porque nubla la mirada emponzoñando el juicio sobre todo cuanto existe.

No hay sendero, por iluminado y florido, que soporte el peso de la perspectiva culposa.
Las ramas de los árboles se tornan en látigos que, zarandeados por una ventisca imaginaria, arrancan la piel del prisionero de su propia miseria; la hierba lozana desprende un hedor putrefacto que agita su garganta y la conduce a la náusea; por los bellos riachuelos de agua límpida y pura corre un líquido alquitranado que amenaza con anquilosar todo lo que toca; en las lindes decoradas de amapolas ahora hay rejas que sumadas en un bloque se alimentan de la luz y del suelo en que han echado sus raíces sobre el cieno; y allá en el horizonte no hay un sol, una luna, ni una estrella, sino la negrura de quien mira y se está quedando ciego.

¿Cómo se supera tan terrible situación? 
Es mi deber explicar cómo se abandona una perspectiva tan dañina, tan nociva para el espíritu, que solamente anhela despertar su lucidez en un mundo que requiere compañía y alineación. Toda esa farsa neblinosa ha de ser erradicada con una Voluntad inquebrantable, pero la miel de la esperanza no satisface todo requisito, pues es precisa una fe ulterior a todo acontecimiento. El desprendimiento del mundo no deja de afectar al ente volitivo, no le impide desmembrarse y despeñar sus extremidades, incluso aquellas más preciadas, hacia un abismo oscuro y desolado, pues es allí en las profundidades donde debe serenarse y recuperar aquello que ha perdido en el gran desmoronamiento.

Lo que ve es visto, lo que siente es sentido, lo que vive es vivido.

El mundo es en él y él en el mundo.

El prisionero debe romperse para triturar los muros ilusorios de su cárcel. 
Es un viaje que ha de emprender en soledad absoluta.
En el silencio gravoso podrá resistir hasta que un canto lejano por fin actúe de faro confiable.

Y aquella música será tocada por un estómago vacío y un alma henchida de ambición.
Y ese estómago será el principio sanador.
Y esta alma, vida floreciente en plena resurrección.

martes, 9 de diciembre de 2025

Aurora

Hay algo más allá, Aurora.

Hay algo más allá del entendimiento y la razón, algo que supera los límites y las demarcaciones, que parecen inexpugnables.

Hay algo que se extiende en el fondo de los océanos, que navega en las profundidades del Tiempo.

Ahí. 
Justo debajo, 
en aquella fosa lúgubre, 
más hondo...

Hay algo ulterior a las prisiones que manejan el engaño, oculto tras el velo de la cálida vida y del falso aliento.

¡Sí, lo juro! ¡Ahí donde se esconden nubarrones que atesoran agua tibia!

Donde el cabello de las damas se recorre con la calma de una levedad tempestuosa, en el cerro de las ilusiones.

Ahí donde se encuentra el limbo que separa lo que es de lo que quiere ser.

¡Justo ahí, más alto!

En estrellas que se extienden como álamos de piedra.


martes, 11 de noviembre de 2025

Manifiesto contra la rendición

Este blog ha sido testigo del proceso de un adolescente hacia la adultez. Quizá mi prosa haya cambiado, es posible que ya no arda en mi seno la llama viva de quien experimenta emociones desbordantes y que poco a poco el tiempo haya despojado a mi cabeza de sueños imposibles, pero me niego a rendirme.

Apenas sin amigos, habiéndolo perdido todo, casi hasta la cordura, he me aquí, erguido sobre mis pies, encontrándome de nuevo sentado frente a una hoja en blanco que desea ser rellenada con todo tipo de símbolos en cuyas combinaciones encuentro un placer inusitado. 

¿Cuándo perdí este hábito, esta pasión, este deleite a través del que todo cobraba un sentido propio y al tiempo se le olvidaba su natural transcurrir? 

¿Qué ha sido de ese niño, ese adolescente, ese chaval inocente que nunca se detenía y al que las palabras le brotaban casi como mala hierba reticente a ser arrancada del suelo?

Un amor que se desprende, varias sustancias que desligan el espíritu y la Voluntad de su curso natural, trabajos insulsos, caminos que se bifurcan hacia vacuidades insondables. 

Lo pienso y soy incapaz de contener las lágrimas. 

Pero no puedo afirmar que haya sido tiempo desperdiciado, pues tarde o temprano, el hombre ha de traspasar el bosque encantado y oscuro para medirse ante su miedo y tener la certidumbre de que no podrá atravesarlo, para después, más tarde, un poco más, casi ahí, justo cuando parece que todo está perdido, en ese instante en que la duda lo abarca todo con sus extremidades deformes, pero fuertes como alambres que se tensan sobre carne muerta. Ahí, un poco más allá de la caída en el tiempo, tras el último suspiro del pájaro rezagado que se niega a desplegar sus alas ante el primer brillo del primer albor, por fin encendí el ascua del renacimiento, y la llama volvió a refulgir.

Créanme, no ha sido fácil, he pasado por un sinfín de penurias que quizá sean escritas de manera explícita en próximas publicaciones, o quizá puedan leerse entre las líneas de las mismas, de manera tácita, como esos poetas a los que siempre admiré y de los que me creí parte.

Por eso he decidido continuar con este proyecto, porque he de demostrarme que aún habita en mí un ascua incandescente, un seísmo que bulle como las alas de un colibrí hambriento. Porque no puedo privarme más de la deliciosa miel de la expresión, de la lírica, de la lágrima que asoma en cada coma, cada verso, cada rima, cada silencio entre párrafos y estrofas. 

Aquel niño sabía quién era y, sin persuadirse, se olvidó de sí mismo, abriéndose en canal ante la desesperanza y permitiéndola entrar y corromper cada gota de su sangre.
Este adulto, sin embargo, ha vivido demasiado, pero ello no le ha evitado apoderarse de sí mismo y sus recuerdos, que al fin le son devueltos como dádivas divinas.

El único objetivo de este nuevo emprendimiento en el que mi energía renovada construirá sobre edificios en ruinas, como templos de nuevas religiones, será dar testimonio de cómo un ser humano, un simple hombre, hace suyo su destino definitivo.

La forja de la Voluntad ha vuelto a encenderse, y con ella, una declaración de intenciones se graba en piedra etérea, pero tan sólida como el sufrimiento que la hizo posible.

miércoles, 25 de junio de 2025

Muerte y renacimiento

 Acuchillado, arrepentido, ultrajado por un destino que no parecía suyo, que no le pertenecía. ¿Qué clase de demonio se había adueñado de su espíritu y su cuerpo? ¿Hacia dónde sería llevado ahora que las garras feroces de un salvaje ente sin nombre lo habían domeñado hasta convertirlo en polvo viviente? Nadie conocía a esta persona (por llamarla de alguna manera), pero todos lo intuían como si fuera parte de ellos mismos, como si su existencia representara un recordatorio, un reflejo amorfo de sus pesadillas más profundas, inexplicables e inhóspitas, surgidas de la mugre más abominable de sus psiques. Él era algo, alguien, ¿un objeto, una imagen, un destino, un Dios?

 Nadie lo sabía ni quería saberlo porque el terror invadía sus entrañas solo al imaginarlo, tocarlo o sentirlo tácitamente. No era necesario conocerlo porque su horripilante naturaleza navegaba ya en cada uno de los vivos. Era algo conocido y desconocido al mismo tiempo. Como el nacimiento, como la muerte, o como la dirección de los astros, de los ríos o la ruta de las aves al cambiar las estaciones.

Cambio, un rumbo indescifrable, maldito y bendito por el tiempo ilusorio. ¿Era él la vejez que sentía apaciguándose en sus huesos y carcomiéndolos sin pausa? ¿Era una ausencia de sentido? ¿O quizá su presencia? ¿Navegaba entre santos o entre víboras que lo envenenaban?

Nadie lo sabía ni podía saberlo. Y en él se combinaban todas las huellas del rostro humano. Cada paso, cada pequeño descubrimiento, cada infamia y cada caída, así como todos los hermanamientos que lo precedían. Cada cruce de tiempos, cada tormenta purificadora de espíritus y cada lago que se emponzoñaba hasta anquilosarse, creando estanques de podredumbre marchita y maloliente que recordaba el ciclo insostenible para los mortales trascendentes. ¿Y si la necesidad de trascendencia se escondiera en el estanque de la podredumbre? ¿Y si el sol y la luna solo fueran astros impermanentes que inspiran a vacíos creadores de huecos insondables?

Desde luego, este ser no se conformaba. Este ser era todos los seres en uno, y uno en todos los seres. He ahí su magnífica y desastrosa ocurrencia. ¿Quién iba a salvarlo de sí mismo? ¿Qué misterio podía ser tan profundo como la cualidad de su nacimiento? ¿A cuántas almas iba a salvar sino a la suya propia, y con ella, a la de todo cuanto conocía y podía percibir?

Los sabios no saben nada desde el principio de los tiempos. Toda complejidad es sencillez adornada con las florituras de la estética. Las vibraciones, los colores, las tonalidades, la suavidad y la aspereza de las formas. Las esencias y sus insondables e inabarcables mediciones.
 Todo cuanto parece hermoso lo es por la ilusión de lo que vive y mira, observando desde la inmensidad que le supone el mundo y su
particular emoción; evocadora de paisajes, de universos, de cosmovisiones, de una esperanza tan vacía, pero tan tentadora, tan absolutamente creadora y constructora de abismos, que es imposible ignorarla. Pasarla por alto sería sinónimo de no haber nacido.

Creador y destructor, espectador de un habitáculo que no le pertenece a nadie y del que todos anhelan una parcela, un pequeño resquicio de intimidad salvadora. La ilusión se desvanece ante el infranqueable futuro, ante la incertidumbre ambivalente, ubicua, bifurcadora, desterrada por lo que aparece y lo que es. No negamos ni afirmamos. No decimos nada. Solo calificamos un vacío que aparenta naturalidad y pertenencia.

A los vivos les digo: vibrad con la campana y con el grillo que canta bajo el umbrío ensombrecimiento.

A los muertos: amad sin el pesar de los derroches que supone el nacimiento. Quebrados os halláis en la eterna posibilidad inacabada. Sumíos en la sombra fulgurante del destino deshecho. Convertid el delirio de los santos en verdad para los marchitos y en el terror de los iluminados. AMAD, porque todo cuanto ama ya está escribiendo y ya fue sentido. Participad del terreno de la imposibilidad que se alza victoriosa. Porque la única gloria es aquella que es vencida. Porque el terror es la única esperanza. Porque el miedo ha suprimido a la bondad y en ella se sublima la posibilidad zombificadora de existir.
 Siente la brisa del corcel que corretea sin rumbo y sin cesar. Conviértete en la amapola que suspira ante su propio florecimiento. Amanece ante la nocturnidad y anochece ante el desprendimiento de la luz. Haz
de ti un socavón de saberes que no tienen fundamento, ni misión, ni calificativo, ni manera de ser visto o percibido por las cosas que se dedican al entendimiento. Que en tu pesar se dé la laxitud propia de la ingravidez de quien se suicida lanzándose al vacío. Ama tu muerte, ama tu vida, ama el árbol que se marchita con el paso de las estaciones. Sé quien se desarraiga frente al paso de los años. Quien resucita ante la ilusión de un nuevo pertenecerse y quien no ha entendido lo que supone la resurrección.

El mérito del santo es haber pertenecido y haber creído. El saber es la forma de los educadores, la perspectiva de los muertos reencarnada en ilusiones inmarcesibles. La eterna promesa del que ha creído en su emoción y se ha permitido el lujo de ser poseído por ella.
 En el mundo de los números, de las métricas, las
calificaciones y el control insostenible de apariencia controlada, los seres que se sumen en la inmensidad son tachados de locos. Los antiguos santos han sido condenados. Los nuevos ideólogos son mentores de verdades desastrosas cuyas consecuencias han sido olvidadas.
 Nos acercamos al delirio de los derrochadores.
 
 A quien pueda comprender las absurdas palabras de un borracho enloquecido, le honro con un sorbo más de esta copa.
 A quien no escucha, le pertenece el mundo. Un mundo de vivos que ya murieron.

La fortaleza que alzaremos no puede ser sino espiritual, pues a los glorificadores ya les pertenece el pan y el vino. La muchedumbre ya se siente como en casa. El horror ya habita en nuestros hogares. Inconscientes, anodinos, lúgubres mentes adormecidas por la rutina y el hastío de una novedad prefabricada. El miedo se hizo rey; la esperanza reina de los días.
 Ecos de la muerte que adviene a la totalidad resuenan con cada paso del que duerme voluntariamente.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Carcoma vital.

Descubro en el negror de mi amargura un destello frágil, 
se acumula en mí gota a gota, irrumpiendo en mis murallas.
Agita los lúgubres salones cuya obscuridad no decrece
sino tras el crepúsculo de mi volitiva ficción.

Adivino en mí a través de la línea que encumbra el horizonte
una falta de aliento insuperable, y temo perder las fuerzas.
Abatido, decrezco en el decaimiento que subsigue a la derrota
de nacer. Nacer y haber perdido, 
ser jamás en un jamás absoluto.

Asumido el principio escatológico de mi existencia
me miro y presumo mi cuerpo, mi vida, lo que sea de mí.
Me aventuro a indagar en las entrañas hogareñas
pero no busco refugio, así que me sorteo ágilmente.

Ahí, en el lugar de las sombras y los colores vívidos
se ocultan un sinfín de artilugios y entidades.
Y se mueven rítmica e hipnóticamente, me buscan pero 
se detienen al verme, me embaucan pero sonríen si abro más los ojos.

Delatado, recorro en mis gestos y trazo un recuerdo,
me miro y no comprendo, pero yo no soy un juicio
ni quiero serlo.

La ira es un sol que recae en quien se coloca bajo sus rayos,
¿Y quién podría librarse de ellos?
Los seres se mueven, me atacan, pero no saben dónde estoy.
Aspavientos y bruscos ademanes se arremolinan en un espacio desierto,
una parte de mí, o yo mismo, se encuentra enterrada bajo sus vastas dunas.

martes, 13 de diciembre de 2016

El concepto de propiedad en la cultura humana.





Índice.

1. Introducción.


2. La apropiación cultural: la falsa propiedad.


3. La apropiación cultural en su dimensión contemporánea.


4. La interrelación entre propiedad, Estado y cultura.


5. La falacia de las culturas nacionales.


6. Bibliografía.





El concepto de propiedad en la cultura humana.

Introducción.

La razón preeminente que me suscitó la posibilidad de tratar esta cuestión fue, en primer lugar, la aparición de un neologismo que hace referencia a la apropiación cultural que supuestamente se realiza en los países denominados primer-mundistas y que halla relación con el infame colonialismo que se desarrolló en diversos puntos del planeta en el siglo pasado. Y en segundo lugar, la lectura de una obra que, a día de hoy, considero determinante para el enfoque de mi pensamiento respecto a la cuestión cultural en relación con el nacionalismo, el estatismo y la tradición, (tomando ésta última como un dique cuyo objeto es el estancamiento de nuevas formas de vida social y el sometimiento perpetuo al mismo paradigma, criterio, o parámetro cultural). Tal obra se conoce como Nacionalismo y cultura, y pertenece a un autor cuyo nombre es Rudolf Rocker (1873-1958), historiador alemán que afirma una pugna constante entre dos dimensiones humanas: el desenvolvimiento libre de las sociedades, el cual él atribuye a elementos culturales; y en oposición, la tendencia al anquilosamiento de tal desenvolvimiento precipitada por las múltiples posiciones políticas e ideológicas conservaduristas, estatistas, nacionalistas, e incluso por la tradición popular, (debido a que ésta se torna a menudo incuestionable a pesar de su demostrada obsolescencia o brutalidad, dicho esto último desde un criterio moral posterior y más desarrollado, como puede ser el caso español de la tauromaquia, o la utilización de técnicas deplorables para impedir el crecimiento normal y adecuado de los pies femeninos en China, así como las llamadas "mujeres jirafa" en una tribu tailandesa denominada Kayan, entre otras tradiciones fútiles para el avance de la humanidad), las cuales nos llevan a una cosmovisión en la que no cabe el perfeccionamiento de ninguna de nuestras facultades, tanto individuales como colectivas, a la hora de orientarnos y vivir en el mundo.

Mi intención con este texto es, por tanto, refutar la idea de apropiación cultural en tanto que defino y fundamento la contraposición, que yo considero existente, entre cultura y propiedad, yendo aún más lejos si cabe, (si se me permite la presuntuosidad o, bien entendida, la osadía de hacerlo), que el propio Rocker, y tratando así de explicar el motivo por el que no solamente nos decidimos a paralizar el desarrollo cultural en todas sus formas, sino además, el porqué tal desarrollo cultural es siempre concebido con arreglo a una serie de delimitaciones que en la mayoría de los casos son políticas, o lo que es lo mismo, demarcaciones impuestas por los Estados, las cuales a mi juicio no se corresponden con la verdadera definición de cultura, pues tratan de categorizar, ateniéndose a tales demarcaciones, un objeto que compete a toda la humanidad.

Es por esto que podríamos sintetizar la empresa de este texto en dos conclusiones interrelacionadas a descubrir e inferir: la razón por la cual la apropiación cultural es imposible y la imposibilidad de limitar de cualquier modo el alcance o la expansión de una cultura en el seno de la humanidad; la incapacidad de definir qué elementos característicos en una cultura no son sino una expresión de otra.


La apropiación cultural: la falsa propiedad.

La apropiación cultural, como ya he dicho arriba, es un neologismo que puede definirse como la usurpación de determinados elementos culturales, de una cultura que se concibe como dominante, a otra que se consideraría como más débil. Este nuevo término nace de la mano de grupos activistas antiglobalización, lo cual es lógico, pues en otro contexto, no podría hablarse del mismo. Es decir, en un contexto en el que no existiera un sistema económico capitalista; una tecnología lo suficientemente avanzada como para permitir que cualquier persona pueda comunicarse con otra desde la otra parte del globo y de manera prácticamente súbita; la importancia del capital como pilar fundamental para definir el poder de un país, así como la capacidad que esto conlleva para erigir hegemonías basadas en el potencial económico, no podríamos estar hablando de apropiación cultural, aunque personalmente considero esta parte de la definición como un pretexto para eludir posibles argumentos históricos en los que se hubiera dado este proceso y que a su vez sirvieran para demostrar que éste no es más que otra forma de avance cultural.
Por otro lado, se suele hablar de apropiación cultural en casos actuales en los que se han ido generando ciertos estereotipos respecto a prácticamente todas las culturas existentes, puesto que los estereotipos no son más que reinterpretaciones de un elemento cultural aparentemente ajeno al que se trata de generalizar al máximo, y por tanto, se considera que al hacerlo, se debe asumir tal elemento como propio aunque no se haya vivido como tal desde la cultura a que hace referencia y aunque, como sucede con las personas a las que ese estereotipo va dirigido, quien lo impone no haya sufrido un proceso de endoculturación vinculado a esa cultura.

El problema principal que presenta este planteamiento respecto de la cultura humana es que parte de los procesos de asimilación cultural, los cuales se producen siempre de manera mutua y recíproca, (a pesar de que se salden con colectivos dominados y dominadores), y que son inherentes a cualquier interacción humana, para introducir un concepto como el de propiedad, el cual implicaría dar por hecho que los partícipes de tal asimilación cultural, son a su vez propietarios de su cultura, en tanto que no es posible tal cosa, pues ellos no son nada más que herederos de un legado construido a base de interrelaciones individuales y colectivas, y no expresiones máximas de nada más que ellos mismos, con derecho de algo que jamás les ha pertenecido. Es decir, afirmar la existencia de la apropiación cultural, necesariamente da lugar a inferir que todos los colectivos humanos son propietarios de la cultura en que nacieron, y por tanto, también todos los individuos pertenecientes a cada colectivo lo son, sin embargo, esto se encuentra muy lejos de la realidad, puesto que cada uno de ellos ha realizado un proceso natural de maduración con respecto a los elementos culturales que le fueron dados, interiorizándolos o despreciándolos con arreglo a su capacidad particular y única. Es esto, en primer lugar, lo que concibo como absurdo, al colocar como propietario de lo que deriva de la humanidad a un individuo, o a un colectivo, sin tener en cuenta que, de hecho, lo que la cultura en su lugar de nacimiento les ha enseñado, es precisamente fruto de interrelaciones previas, sin demarcaciones políticas, sin ningún tipo de límites impuestos, producto del azar, de condiciones geográficas, y de un sinfín de contextos que no dependen del ser humano.
Podemos observar este mi planteamiento, aunque enfocado en la refutación de la propiedad referente a cuestiones económicas, en la siguiente cita de Piotr Kropotkin (1842-1921) en una de sus obras denominada La conquista del pan: “Todo se entrelaza: ciencia e industria, conocimiento y aplicación, descubrimiento y realización práctica que lleva a otras invenciones, trabajo mental y trabajo físico. Cada descubrimiento y progreso, cada incremento en la riqueza de la humanidad, se origina en el conjunto del trabajo manual y cerebral de ayer y hoy. Entonces, ¿qué derecho tiene nadie de apoderarse de una partícula de ese todo y decir: ‘Esto es mío y no vuestro’?”


La apropiación cultural en su dimensión contemporánea.

Más arriba ya he explicado que los defensores de la existencia de la apropiación cultural, la enfocan directamente en la actualidad, afirmando que sólo puede existir bajo las condiciones contextuales contemporáneas. De esto se desprende que este concepto no podría considerarse siquiera antropológico, ya que es incapaz de abarcar al hombre, sino solamente a una coyuntura determinada por una serie de hechos precedentes, como lo fue en este caso el colonialismo europeo del siglo XIX, los cuales alumbraron un nuevo pensamiento xenófobo en el que sustentar sus fechorías. Nadie duda de la abyección de estos hechos, pero ahora bien, si éstos participan directamente de una demostración histórica para afirmar la existencia de la apropiación cultural, ¿Por qué no pueden traspasarse a otros casos dados ya en la historia? Como por ejemplo, la expansión del Imperio Romano, el cual sometía a todos los nuevos territorios conquistados al poder político que imperase en el momento, y que además actuaba de manera ecléctica, incluyendo en sus sociedades elementos culturales nacidos en otros lugares y, a menudo, reinterpretándolos e ignorando su origen, tradición o significado para imbuirlos en un afán utilitarista, del cual no se podría decir que le es propio al romano de aquellos tiempos, sino sencillamente necesario para el mantenimiento de tal poder político. Y más aún, según los ideólogos de la apropiación cultural y no desviándonos de esta ejemplificación: ¿Cómo explicaríamos entonces el juramento hipocrático que realizan los futuros médicos en la actualidad? ¿Cómo explicaríamos el transfondo del Derecho romano que se halla en las actuales constituciones? ¿Cómo explicaríamos la aplicación de técnicas urbanas tales como la construcción del alcantarillado? ¿Cómo explicaríamos incluso la etimología de nuestras palabras? ¿No son acaso procedimientos semejantes a los que los ideólogos de la apropiación cultural acuden en la actualidad para realizar sus demostraciones? Sí, por supuesto que lo son, ergo en este caso, como en los demás, solamente podemos hablar de interacciones humanas y asimilaciones parciales o totales de diferentes culturas cuyo origen no importa por consistir en reinterpretaciones.
Además, quisiera hacer un inciso en la cuestión lingüística, puesto que cualquier antropólogo afirmaría que el lenguaje constituye la esencia de la cultura humana, al menos en el sentido funcional, ya que sin él, la cultura perdería su capacidad de transmisión y fundamentación en escritos. Sabiendo esto y teniendo en cuenta el argumento de los defensores de la apropiación cultural que afirma que ésta se produce en el momento en que se asimila determinado elemento cultural sin siquiera conocer su origen, historia, o significado, nos veríamos obligados a afirmar que buena parte de la terminología que a día de hoy utilizamos en España, es producto de la apropiación cultural, ya que es evidente que, si bien hay filólogos que estudian la etimología de las palabras que hoy utilizamos, prácticamente todos nosotros no contamos con tal información, por lo que utilizamos palabras en nuestra vida cotidiana cuyo origen desconocemos. Pero incluso si se me quisiera refutar alegando que una vez más trato de viajar hacia contextos antiguos tales como el Imperio Romano, el cual hizo proliferar el latín del que derivó la lengua española, podría decir lo mismo de ciertas palabras provenientes de sociedades anglosajonas, como la expresión "swag", "hip-hop", "graffiti", entre otras, de las cuales se suele ignorar todo, excepto su funcionalidad lingüística.
E incluso si se recurriera al argumento de la relación coactiva entre una cultura y otra como principio para la aparición de la apropiación cultural, se podría poner como ejemplo la colonización española de Sudamérica, a través de la cual surgió una relación recíproca en la que ambas culturas participaron en la inclusión de muchísimos elementos culturales sin los cuales sería imposible imaginar el mundo en que vivimos y que de tales hechos surgió. Es decir, aún tomando como ejemplo relaciones de dominación, un proceso de asimilación cultural jamás puede ser unilateral, y esto es tan evidente como que el profesor, realizando su labor de enseñanza, es asimismo enseñado por el alumno; o como que toda interacción humana afecta a las subjetividades que la componen; o como que el hecho mismo de existir, implica además interactuar, si no necesariamente con contacto humano, con el mundo, por lo cual afirmamos que nos hallamos obligados a desempeñar actividades tan básicas como la de vivir, y que éstas no sólo actúan sobre el mundo, sino también sobre nosotros y nuestra percepción del mismo.
Aunque cabe decir que esto no exime a tales hechos en los que se desarrollan relaciones de dominación de ser profundamente desdeñables por las consecuencias sociales que todos conocemos.

Con esto, no quiero que se me malinterprete. Mi opinión al respecto de la dicotomía que enfrenta al relativismo cultural con el universalismo, la cual trae de cabeza a los antropólogos, no se decanta hacia una u otra, puesto que si bien considero que existen diferentes colectivos con una idiosincrasia cultural determinada, también considero que, en primer lugar, tales colectivos están conformados de distintos individuos que no realizarán la misma interpretación de la cultura en que nacieron, y que por tanto transmitirán lo que ellos consideren adecuado, reformulando así nuevos elementos culturales, y en segundo lugar, que aquello que constituye esa idiosincrasia halla su origen y es fruto de interacciones humanas precedentes y muy diversas (tanto que son prácticamente inconcebibles), y que por tanto, asociar características culturales inamovibles a un conjunto de seres humanos contradice la naturaleza misma de la cultura.

Dicho esto, me gustaría pasar a otro asunto que nace de esta problemática.


La interrelación entre propiedad, Estado y cultura.

Para iniciar con el desarrollo de este punto, me gustaría traer a colación un fragmento del autor Rudolf Rocker en su obra ya citada: "Nada es más engañoso que reconocer en el Estado el verdadero creador del proceso cultural, como ocurre casi siempre, por desgracia. Precisamente lo contrario es verdad: el Estado fue desde el comienzo la energía paralizadora que estuvo con manifiesta hostilidad frente al desarrollo de toda forma superior de cultura. Los Estados no crean ninguna cultura; en cambio sucumben a menudo a formas superiores de cultura. Poder y cultura, en el más profundo sentido, son contradicciones insuperables; la fuerza de la una va siempre mano a mano con la debilidad de la otra. Un poderoso aparato de Estado es el mayor obstáculo a todo desenvolvimiento cultural. Allí donde mueren los Estados o es restringido a un mínimo su poder, es donde mejor prospera la cultura.
Ese pensamiento parece desmedido a muchos porque nos ha sido completamente falseada, por un mentido adiestramiento instructivo, la visión profunda de las verdaderas causas del proceso cultural. Para conservar el Estado, se nos ha atiborrado el cerebro con una gran cantidad de falsos conceptos y absurdas nociones, en tal forma que los más no son ya capaces de acercarse sin preconceptos a las cuestiones históricas. Sonreímos ante la simplicidad de los cronistas chinos que sostienen del fabuloso emperador Fu-hi, que ha llevado a sus súbditos el arte de la caza, de la pesca y de la cría de animales; que ha inventado para ellos los primeros instrumentos musicales y les ha enseñado el uso de la escritura. Pero repetimos sin pensar todo lo que nos metieron en la cabeza sobre la cultura de los Faraones, sobre la actividad creadora de los reyes babilónicos o las supuestas hazañas culturales de Alejandro de Macedonia o del viejo Federico, y no sospechamos que todo es mera fábula, urdimbre de mentiras que no contiene ni una chispa de verdad; pero que se nos ha remachado en la cabeza tan a menudo, que se ha convertido para la mayoría en una especie de certidumbre interior.
La cultura no se crea por decreto; se crea a sí misma y surge espontáneamente de las necesidades de los seres humanos y de su cooperación social. Ningún gobernante pudo ordenar a los hombres que formasen las primeras herramientas, que se sirviesen del fuego, que inventasen el telescopio y la máquina de vapor o versificasen la Ilíada. Los valores culturales no brotan por indicaciones de instancias superiores, no se dejan imponer por decretos ni vivificar por decisiones de asambleas legislativas. Ni en Egipto, ni en Babilonia, ni en ningún otro país fue creada la cultura por los potentados de las instituciones políticas de dominio; éstos sólo recibieron una cultura ya existente y desarrollada para ponerla al servicio de sus aspiraciones particulares de gobierno. Pero con ello pusieron el hacha en las raíces de todo desenvolvimiento cultural ulterior, pues en el mismo grado que se afianzó el poder político y sometió todos los dominios de la vida social a su influencia, se operó la petrificación interna de las viejas formas culturales, hasta que, en el área de su anterior círculo de influencia, no pudo volver a brotar usa sola chispa de verdadera vida."

Asumiendo estas concepciones de Rudolf Rocker acerca de la relación Estado-cultura, me veo en la obligación de realizar un breve repaso sobre la definición del concepto de Estado, para así realizar la analogía con el concepto de propiedad al que sirve el objeto de este texto.
El Estado es la máxima expresión, la encarnación más profunda y explícita de la irracional obsesión por parte de una sociedad, por aferrarse a la raigambre que compone toda cultura, (raigambre que se idealiza y concreta mediante fronteras políticas), llevando tal obsesión a fines ulteriores a tal raigambre con el objeto de extenderla y someter tal extensión a su hegemonía. Y digo esto a riesgo de parecer reduccionista en mi definición, puesto que podría referirme en algún momento de la misma a su supuesta capacidad administrativa u organizativa de la vida sociopolítica, no obstante, como ya se ha hecho evidente en la cita mencionada, tales capacidades jamás han dimanado de ningún poder fáctico, sino de la sociedad misma, del mismo modo que la cultura.
Siendo esta la definición de Estado, el cual se compone principalmente de una tradición nacionalista/patriótica, (a pesar de que tales términos nazcan en una etapa determinada de la historia considero que pueden extrapolarse a toda la historia de la humanidad), encarnada en figuras políticas, constituciones, legisladores, instituciones, etc, podemos asociarla directamente con el concepto de propiedad, puesto que es evidente que tal comportamiento obsesivo deriva de una necesidad, no por pertenecer a ningún tipo de grupo para así sentirse integrados como pieza componente de un cuerpo social, sino más bien por sentir que el lugar en que nacieron, en el que aprehendieron todo lo que saben, del que se empaparon con una profundidad inextirpable, forma parte de sí mismos, cual extensión de su cuerpo, y por tanto, les pertenece en propiedad por derecho. Como si nacer no fuese otra cosa más que un hecho entre otros, y como si tal crecimiento propio, tal embelesamiento con las novedades del entorno, no hubiesen sido vividas infinitud de veces por otros, (aunque no de la misma manera, pero por esa regla de tres, el individuo se tornaría a la propia patria, ya que cada ser particular construiría su propia cosmovisión de lo que vivenció). Pero en caso de que lleváramos esta lógica a su situación extremada, nos persuadiríamos de que la nación o la patria serían conceptos obsoletos, pues no representarían otra cosa más que lo que cada uno de nosotros somos en cuanto a la dimensión individual, y tal cosa no se corresponde con los conceptos mencionados, ya que ya se ha dicho que éstos ensalzan y exaltan con vehemencia la raigambre, la costumbre, la tradición, y por tanto, aquello que se halla inmóvil y anquilosado, cosa que, en caso de que cada individuo compusiera su propia cosmovisión, no sucedería al haber una ingente cantidad de relaciones entre individuos únicos y desarraigados de aquello que consideraron nocivo para sí y para con los demás.

La propiedad, inscrita en lo dicho, sería el germen del cual dimana este enderezamiento hacia lo certero, lo fijo, lo mesurable, lo anquilosado, lo demarcado, siendo el Estado en esta relación conceptual el guardián y máximo representante de tal manifestación. Es decir, si bien el Estado actúa como representante, la propiedad y la necesidad de legislar sobre el derecho que todos anhelan sobre ella, hacen del mismo una herramienta indispensable para fomentar y expandir su dominio sin ningún tipo de fin, utilizando ese nacionalismo y patriotismo como artificio para el engaño, logrando así que se sigan causas e ideas supremas cuya única empresa es conseguir frutos nacidos de intereses ajenos, (intereses que siempre se enfocan en la acumulación de propiedad, o lo que es lo mismo, poder). Y es que ese es precisamente el objeto de toda idea suprema: someter lo diverso a los designios de un ente ajeno, cuyas pretensiones suelen coincidir con una finalidad totalizadora ocultada mediante subterfugios. (Tales como el propio nacionalismo o el patriotismo).

Esto colocaría al concepto de cultura precisamente en el lado opuesto, al definirse como la manifestación del desenvolvimiento social libre, que se crea a sí mismo y que además, es inherente al ser humano y se muestra como natural al mismo, puesto que éste precede a la propiedad, a la que sigue el Estado el cual se aprovecha del nacionalismo nacido de la creencia en el derecho de propiedad. Y lo precede porque se compone de mera interacción humana, de interrelaciones subjetivas que nacen y desaparecen, que son absorbidas por otros, despreciadas o desechadas con arreglo a interpretaciones singulares y colectivas, que tienen una funcionalidad útil, (salvo el juego), pero que tal utilidad no se define en los otros, sino en sí y para sí.



La falacia de las culturas nacionales.

Como ya he dicho antes, el nacionalismo surge de la creencia que asume el haber nacido en un lugar y contexto, con todo lo que ello conlleva, como un derecho a apropiarse de los elementos culturales que han surgido de tal lugar y tal contexto, de manera que por un lado, se trate de impedir el robo de esos elementos, así como por otro, se pretenda difundirlos como los más virtuosos para todos, sin pararse a pensar siquiera en que las consecuencias que surgen de estos comportamientos son precisamente las que tanto unos como otros, por hallarse imbuidos en los mismos sentimientos, tratarían de evitar a toda costa, (incluso saldándose con personas, como es el caso extremado de las abyectas contiendas que todos conocemos por repetirse sin cesar en nuestra historia como humanos). Además, cabe decir que esa desconfianza internacional que causa la aplicación del concepto de propiedad en las culturas, de la cual dimana el nacionalismo, se retroalimenta, puesto que parte de sí y alcanza consecuencias que se refieren a sí misma, es decir, en el momento en que alguien trata de defender su cultura de otros, se podría decir que éste actúa conforme al nacionalismo, pues considera la existencia de "su" cultura, como si ésta se tratase de un tesoro preciado, no obstante, en el caso en que éste pretenda que "su" cultura predomine sobre "las demás", también se hallará en el mismo pensamiento, pues se basará en las mismas concepciones.
Por otra parte, me surge cierta pregunta cuando pienso acerca de la lógica nacionalista: ¿Qué criterio se ha de seguir a la hora de delimitar una nación, o lo que es lo mismo, aquello que le es propio a uno por derecho, del entorno en el que vive? Esta cuestión parece sencilla, pero respondida de manera reflexiva y rigurosa sirve a modo de prueba reveladora de la falsedad en la que el nacionalismo se sustenta. Para responderla, voy a recurrir en primera instancia a Rocker:

"Un pueblo es el resultado natural de las alianzas sociales, una confluencia de seres humanos que se produce por una cierta equivalencia de las condiciones exteriores de vida, por la comunidad del idioma y por predisposiciones especiales debidas a los ambientes climáticos y geográficos en que se desarrolla. De esta manera nacen ciertos rasgos comunes que viven en todo miembro de la asociación étnica y constituyen un elemento importante de su existencia social. Ese parentesco interno no puede ser elaborado artificialmente, como tampoco se le puede destruir de un modo arbitrario, salvo que se aniquile violentamente y barra de la tierra a todos los miembros de un grupo étnico. Pero una nación no es nunca más que la consecuencia artificiosa de las aspiraciones políticas de dominio, como el nacionalismo no ha sido nunca otra cosa que la religión política del Estado moderno. La pertenencia a una nación no es determinada nunca por profundas causas naturales, como lo es la pertenencia al pueblo; eso depende siempre de consideraciones de carácter político y de motivos de razón de Estado, tras los cuales están siempre los intereses particulares de las minorías privilegiadas en el Estado."

En este caso, Rocker recurre a un concepto novedoso en este escrito: el pueblo, que no tiene por qué ser delimitado en modo alguno, sino que describe precisamente lo que surge cuando un conjunto de personas se relacionan en un mismo lugar y bajo un mismo contexto. Aún así, a pesar de que Rocker afirma unas características fundamentales que se refieren a un conjunto de individuos, las cuales nacen de diversos factores naturales que lejos de limitar la cultura, la posibilitan y asumen como interacción humana, lo cual jamás he negado, es posible observar el vínculo ineludible entre la nación y el Estado, de lo que se infiere que las fronteras políticas, es decir, aquellas que erige el organismo estatal, son idénticas a las nacionales, pues de las unas nacen las otras. Si tomamos esto como cierto, es preciso afirmar que la cultura no tiene límites políticos y que, si bien se desarrolla de manera diferente con arreglo a los diversos conjuntos de individuos inscritos en un contexto y lugar determinado, lo cual se traduce en la idiosincrasia de tal conjunto, del pueblo, esto no la hermetiza, sino que respeta las reinterpretaciones individuales así como el origen, siempre ecléctico (y por ello, diverso y cambiante), de la misma.
Además, las fronteras que el Estado impone a los pueblos jamás son capaces de representar cualquier realidad social, porque aunque ni siquiera intentan hacerlo, (ya que sólo se establecen con motivo de intereses políticos y de dominio territorial), si una nación requiere de un conjunto de individuos con características semejantes, cualquiera que sea la magnitud del conjunto, podrá reafirmarse como diferente de los ajenos al mismo, llegando a la conclusión de que incluso un grupúsculo como lo es la familia, alcanzaría la categoría de nación al diferenciarse fundamentalmente de toda la cultura que le rodea. Sin embargo, si partimos del concepto "pueblo", el cual no requiere de delimitaciones, sino sencillamente de semejanzas que, al igual que han surgido en un determinado momento formando cultura, pueden originarse de manera constante con cualquier otro individuo o conjunto, sin necesidad de partir de una barrera artificial, nos persuadimos de que esta perspectiva se correspondería con la naturaleza libre y prolífica de la cultura.


Hallándose el nacionalismo tan estrechamente ligado con la propiedad y el Estado, y habiendo asimismo comprendido todo lo dicho, es correcto afirmar que nación y cultura son contrarios, y que por tanto, cuando los asociamos en la cotidianidad de nuestros discursos, nos hallamos inmersos en una falacia que ha abarcado los pensamientos de cualquier índole, repitiéndose cual leitmotiv como verdad inexpugnable, y mostrándose ahora al fin como la mentira que es. Y lo es por no corresponderse con la realidad, pues en el momento en que tomamos tales consideraciones, (las nacionalistas), interiorizamos en nosotros una supuesta certidumbre que estanca poderosamente nuestra cosmovisión particular y nos enfrenta con la verdadera naturaleza de la cultura: desarrollarse libremente, sin diques, sin nadie que la apropie por derecho, sino que participe de ella y con ella, es decir, un conjunto de saberes, técnicas, definiciones, comportamientos, de los que partimos y de los que nos desligamos al reformularlos, creando así nuevos que prontamente serán sometidos a un juicio y cuestionamiento sin fin, el cual alumbrará nuevas reformulaciones.


El próximo capítulo trataremos la cuestión acerca de la propiedad intelectual, ya que es un tema cuya naturaleza exige una subsiguiente revisión en cuanto a este texto se refiere.


Bibliografía.


- Rudolf Rocker, (1936). Nacionalismo y cultura, primera edición cibernética de 2007. Libro primero.

- Piotr Kropotkin, (1892). La conquista del pan, edición Buenos Aires: Libros de Anarres, 2005. Editorial Utopía libertaria.

- Wikipedia, concepto de Nación: https://es.wikipedia.org/wiki/Naci%C3%B3n


-Marvin Harris, (2007). Antropología cultural.

-Pierre Joseph Proudhon, Qu’ est-ce que la propriété?, edición Buenos Aires: Libros de Anarres, 2005. (Utopía Libertaria)

jueves, 1 de septiembre de 2016

Carta para ti.

Si nos vieran caminando los hombres
¿Cómo crees que actuarían?
Hacinados entre nombres
¿Nos amarían?

Si la envidia y el deseo
frustraran sus ilusiones
¿Lloraríamos sus lágrimas
como pétalos marchitos?

¿Cuándo crees que ocurrirá?
En un monte sin retorno
¿Se postrarán cabizbajos
ante el miedo y el soborno
que los Dioses más osados
se atrevieron a lanzar?

Nosotros no 
somos otros
e invitamos a la vida
a transmitir su melodía.
A cobijarse del miedo
que la existencia irradia.

Incluyamos a los otros
para que sean nosotros
y que el benigno calor
nos aguarde eternamente.

¿Así nos verán?

martes, 2 de agosto de 2016

Etéreo.

Como si la vida no pesara,
como si el viento no erosionara,
como si la aurora no inspirara
a los poetas salvajes.

Allegada tú, vientre pequeño
y ombligo respingón,
manitas suaves y dulce voz.

Me miras y me despeñas:
mi voz se quiebra,
mis ojos vuelan
mi torso tiembla
mi alma anhela.

Es difícil resistirse al embeleso de tus ojos
untados en zumo translúcido
el que aparece en el momento en que la mirada
es insuficiente,
no basta,
y busca su propio desbordamiento
y se libera resbalando 
por los surcos sonrosados 
que constituyen tu rostro.

Apego, cuán esclava palabra
amor, cuán frágil e inexacta
deseo, cuán dolorosa y vital.
¿Es que acaso lo inefable no cabe en ningún lugar?

Venero el derecho de vivirte,
sí, de sentir cómo un suceso torna a maravilloso
sólo por tu presencia.

Adoro tu capacidad para resistir mis inviernos
y mis veranos
cuyo germen me es difuso
mas de apariencia divina.

Naturaleza salvaje, obscura y difusa,
hasta que el sol se ilumina.
Un pozo que se cava a sí mismo
y duerme dentro de sí.
Una ardilla que se estira
en la brisa matutina.

Una humana.




martes, 5 de enero de 2016

Amor.

¿Sabes? Me había acostumbrado a que durante toda mi vida, las personas simplemente se hartaran de mí y me dejaran tirado, destruido, vencido, desesperanzado y desalentado. Me había acostumbrado a que la esperanza estaba limitada, a que mis sueños, pronto y repentinamente, dejaban de serlo. Me había acostumbrado a que la oscuridad era lo único que me aguardaba al término de todas y cada una de mis experiencias. Me había acostumbrado a la tristeza y la pesadumbre, al dolor, al mal humor, a despertarme con el peso de la vida. Me había acostumbrado a que lo único con lo que podía contar era conmigo mismo, y yo soy alguien con quien no suele merecer la pena contar.
Todo lo que hacía, decía, pensaba, imaginaba, soñaba, veía, se hallaba envuelto en un halo de apatía y pesimismo que me impedían continuar en mi plenitud vital.

Sé que este tipo de discursos con los que pretendo manifestar mi yo del pasado son quizá redundantes, bueno, en realidad, creo que esta vez estoy plasmando todo tal y como lo sentía en tiempos pretéritos, no obstante, si lo hago, si aquí te lo expreso, es precisamente para que reflexiones sobre lo que has conseguido suscitar y erigir en mí.

Ahora soy un chico que mira su vida con aires de frescura, con una avidez por vivir que jamás había experimentado, con una enérgica vitalidad que se expande por el interior y el exterior de mi ser. Ahora sé que vivo para alguien cuyo destino es ser feliz y vivir las más increíbles aventuras, amar como nunca lo ha hecho, vislumbrar el futuro desde un sentido excelso y optimista.
Ahora soy un chico que busca vivir y ser vivido, que anhela que los días se sucedan, y que del mismo modo, desea con todas sus fuerzas que instantes con su pequeña utopía, sean eternos.

Ahora soy un chico que se admira del futuro que le espera tras la misma espera.

Ahora soy un chico que te ama, que te desea, que te quiere, que te adora, que te aprecia, que te admira, que te estima, que te venera, que se embelesa ante ti, que está prendado de tu existencia en el mundo, que te mira con los ojos más enamorados que el universo ha sido capaz de presenciar en todo lo que lleva siendo.

Ahora, sí, ahora... Y siempre.

lunes, 30 de noviembre de 2015

La semillita.

En mi corazón baldío
aguardaba una esperanza,
una semillita fértil
esperaba a ser regada.

Por las noches, sollozando,
se colmaba de humedad,
pareciera que soñara
una nueva realidad.

Los grillos se reunían
para hacerla callar,
alegaban que sus cantos
no podían escuchar.

Noche a noche hubo uno
que se cansó de esperar
y con su gran valentía
se dispuso a caminar.

Llegó por fin al lugar
donde la tierra gemía,
mas, para su sorpresa,
el estentóreo ruido cesó
y lo único que encontró
fue un fino y frágil tallo
tiritando por el viento
y con apariencia débil.

El grillo se escabulló,
buscó a sus compañeros
y les guió hasta el lugar.

Todos se embriagaron
y cantaron sin cesar
cosa que al tallo mohíno
le colmó de felicidad.

El tallo volvió a llorar
y retornó la humedad
y los grillos, abrumados,
observaron lo ocurrido:
creció y creció sin parar
buscó con sus ramas el cielo
y no cesó de madurar.

Pues el canto de los grillos
le calmaba su pesar
y aún no hallando su sino
ya no pudo llorar más.

El ardor de la escarcha.

El impulso que aplaca la firmeza del suelo
aquel instante, aquel momento
en el que inicias tu vuelo.

Tu cuerpo, ingrávido, 
se estremece con el viento. 
Y el frío hielo, 
y la escarcha muerta,
adormecen tu cerebro.

Mas tras pasar por la insondable
sombra del invierno,
tu alma firme 
y cálida en tu seno
aporta vida, esperanza 
y millones de fuegos
que arden limpios,
sin tapujos,
sin escollos derroteros.

Gran fortuna la que tuve
al pasear por el bosque.
Pues caminando sereno
allí la encontré, de noche:

un fulgor, un amor,
un incendio en un rincón
que por fuera sollozaba,
pues agua de él emanaba
y por dentro, con vehemencia,
hervía por su calor.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El navío.

Un grupo de 30 personas se decide para construir un barco, todos ellos se ponen manos a la obra. Unos, cuya fuerza es mayor que la de los demás y conocen la técnica del hacha, talan árboles para extraer su preciada madera, otros que poseen magníficos conocimientos sobre carpintería, disponen las herramientas necesarias para trabajar esa madera de tal forma que no haya grietas, que sea curva, que quede bien lisa y que, al fin y al cabo, resulte útil para el objetivo común. En tercer lugar, hay una serie de sujetos muy experimentados en navegación, ya que antaño han sido capitanes de barco o han formado parte de diversas tripulaciones dedicadas a la mar. Tras un gran esfuerzo, consiguen erigir la embarcación, todos tienen claro el lugar al que quieren llegar, y cada uno de ellos ha ofrecido su trabajo para alcanzar la meta. Las 30 personas se introducen en la nave, sacan el ancla y se relajan con el sonido del oleaje. Aquellos que conocen sobre navegación se adentran en la bodega y comienzan a discutir sobre qué ruta será la más rápida y, al mismo tiempo, la más segura. En esto que el resto de las personas, unas conversando distendidamente, otras contemplando la inmensidad del océano, avistan una serie de nubes negras a lo lejos, parece ser que se acerca una tormenta, desconocen su vehemencia, y precisamente por ello alertan a los expertos navegantes, que súbitamente salen de la bodega, alzan la vista, y observan lo que se les viene encima.
Éstos se alteran gravemente y les explican a los demás la peligrosidad de la situación, ya que a simple vista han inferido que se trata de una tormenta muy fuerte, y que teniendo en cuenta las características de la embarcación en la que se encuentran, si son alcanzados por ella, acabarán sucumbiendo. El objetivo común se ha actualizado al unísono, en estos momentos lo que resulta imperioso es salvar la vida, por lo que todos intentan llegar a un acuerdo sobre lo que hacer.
Tanto los taladores, como los carpinteros enmudecen, mientras que los expertos navegantes se enzarzan en una disputa con opiniones de todo tipo. Unos plantean intentar esquivar la tormenta, otros arguyen que es imposible, pues los vientos son muy fuertes y no hay manera de impedir que el barco se acerque funestamente hasta la tempestad, todos ellos están nerviosos y anhelan exactamente lo mismo: salvar la vida. Aquella discusión llega a su término cuando todos concluyen que es imposible evitar la tempestad, mas se puede procurar atravesarla lo más lejanamente posible de su localización. Entonces, como si repentinamente todas sus mentes se hubieran visto iluminadas por un rayo de clarividencia, comienzan a lanzar exhortaciones directas tanto a los carpinteros como a los taladores, gritando y colocándose ellos mismos en las posiciones en las que deben colocarse, mostrándoles el procedimiento que han de seguir de la manera más pragmática posible, y éstos, sin dilación alguna, se organizan en cada parte del barco según las indicaciones de los expertos.
Las 30 personas están nerviosas, todos se han confabulado para resistir aquél escollo que les impide la realización de sus aspiraciones comunes, observan cómo se van aproximando a la tormenta, algunos tienen la impresión de que sus trémulas piernas desfallecerán en cualquier momento, otros, henchidos de entereza, arrojan gritos animosos, consejos prácticos y carcajadas llenas de energía, (salvo unas pocas envueltas en nerviosismo). Pronto alcanzan la tormenta, (o quizá a la inversa), y los expertos marineros continúan con su labor. Gritan, chillan, exhortan, forcejean con las cuerdas junto a sus compañeros, que acatan todas y cada una de sus órdenes. Las olas se revuelven y chocan contra el casco del navío una y otra vez, ahora no resultan tan tranquilizantes como al inicio del viaje. El barco se agita y se zarandea violentamente, la mayor parte de los carpinteros son arrollados por varias olas que golpean de lado a lado el barco y convierten su piso en una superficie terriblemente resbaladiza, éstos caen al suelo y se agarran donde pueden, pues sus brazos no poseen la fuerza suficiente como para soportar la violencia de los maretazos.
Finalmente salen de la tormenta y aparecen las imágenes de los vestigios resultantes de tan hórrida violencia; algunas partes no demasiado relevantes para el buen funcionamiento de la embarcación se han hecho pedazos. Se hace un recuento de la tripulación, todos están sanos y salvos, al parecer han sido capaces de soportar una situación tan extrema gracias a su fuerza de voluntad, junto a las útiles indicaciones de los expertos navegantes. De nuevo, el objetivo inicial emerge en todas y cada una de sus cabezas, sin embargo, ahora hay partes del barco que han de ser reparadas. Por fortuna, antes de embarcar, los expertos navegantes aconsejaron a los taladores que les dieran a los carpinteros una mayor cantidad de troncos de la que se precisaba para la realización del barco, para que así los carpinteros tuvieran madera de sobra, tanta como para poder almacenarla en la bodega junto con el avituallamiento. De tal forma que en caso de que la situación lo requiriese, los carpinteros pudieran utilizarla en cualquier momento.
Luego de unos días navegando a la deriva, en tanto que el barco era reparado, los expertos marineros se persuaden de algo que derrumba de nuevo sus esperanzas. Resulta que, debido a la situación a la que se vieron avocados, han perdido el rumbo, por lo que organizan una reunión con el objeto de decidir qué es lo que deben hacer. Todos ellos, de forma indiscriminada, ofrecen su opinión e intentan consensuar, los carpinteros y los taladores, que poseen menos experiencia, asumen que es probable que la mayor parte de sus proposiciones sean erradas, sin embargo, los expertos marineros se empapan de todo lo dicho y actúan en consecuencia.
Pronto ponen rumbo hacia el noreste, dirección a la que, por intuición, han decidido dirigirse. Viajan durante semanas, todos juntos comienzan a hacer cálculos respecto a la duración de sus provisiones, la desesperación comienza a acecharles y algunos especulan con el canibalismo, si se diera el caso de que pereciera uno de ellos, no obstante lo tratan, no de manera amenazante, sino de forma razonable y lógica. De hecho, todos ellos llegan a determinar que si uno muriese, ofrecería su cuerpo como alimento para los otros, otorgándoles más posibilidades para sobrevivir.
Sin embargo, nada de eso hace falta, pues pronto avistan tierra. Todos ellos se llenan de júbilo, sus cuerpos débiles y encogidos por el hambre que comenzaba a afectarles ya no les importan, ya que saltan y danzan de alegría, los unos se abrazan con los otros, unos ríen, otros prorumpen en llantos, colmados de felicidad.
La tierra en la que desembarcan está poblada por sujetos de todo tipo, parece una ciudad costera a la que acuden personas provenientes de todos los lugares del mundo. En ella, las 30 personas buscan aquello que todos, de una manera u otra, perseguimos siempre: comida, bebida y cobijo. Y precisamente eso es lo que reciben, ya que las gentes de aquél lugar resultan ser soberanamente hospitalarias, tanto es así que, en la propia ciudad no se oye el bullicio de los mercados, sino el de los elogios y los regalos, junto al del trabajo no forzado.
Habiendo comido y bebido hasta la saciedad, y tras una noche de plácido y profundo sueño, aquellos intrépidos individuos se reúnen y llegan a la conclusión de que no se encuentran en el lugar al que ansiaban llegar en un principio, mas se habían tropezado con uno que se acercaba verdaderamente a sus sueños, por lo que permanecieron en aquella ciudad hasta que, finalmente, murieron de viejos.


lunes, 21 de septiembre de 2015

El ideal de justicia.

Una de las preguntas más importantes en el pensamiento humano debido a su ligazón con la moral y las relaciones sociales es: ¿Qué es la justicia? Y es que esta cuestión ha sido respondida en todas las culturas de las diversas sociedades, cada una con sus respectivas definiciones, pero todas ellas guardando una característica homóloga a las demás; en todas ellas aparece el ideal de justicia como la restauración o reintegración de un daño. Y cierto es que en todo acto de justicia hay una búsqueda de equidad entre cada uno de los individuos que integran el colectivo, sin embargo, ¿Es este ideal verdaderamente justo? Bien, esta es la respuesta a la que responderemos a medida que este texto se desarrolle.

Las tribus y clanes primitivos poseían un sistema judicial muy singular y conocido, su metodología a seguir para ejercer lo que ellos consideraban como justo no era otra cosa más que el ojo por ojo. Si un miembro de una tribu o clan atacaba a otro miembro de una tribu vecina, amputándole el brazo, por ejemplo, esta última tribu reclamaría justicia realizando exactamente el mismo daño que el atacante, por consiguiente, a éste debía amputársele uno de sus brazos, de tal forma que se restaurase el sufrimiento causado. Esta manera en la que se ejercía la justicia nos resulta a nosotros, los llamados "hombres civilizados", un hecho deleznable, mas he de deciros que nuestro sistema judicial, junto a nuestro sistema penal no son sino una extensión de lo anteriormente explicado. Pues, ¿Qué diferencia hay entre el ojo por ojo y el castigo por acto antisocial? Ninguna, ya que a pesar de no pretender restaurar de forma directa un daño realizado, se quiere hacerlo mediante la privación de libertad física; mediante la prisión. Por no hablar de la pena de muerte, que aún en nuestros días, permanece vigente en una gran cantidad de Estados. Sin embargo, desde la época en la que las tribus ejercían justicia bajo ese procedimiento hasta la actualidad, el sistema judicial ha mutado a formas muy diversas ateniéndose a justificaciones injustas, cosa que durante toda nuestra historia se ha traducido en la prostitución del ideal como tal, y es que es preciso comprender que la justicia y la igualdad van de la mano, y que mientras exista desigualdad social, la justicia no es otra cosa más que la manera en la que los poderosos mantienen a raya a los insumisos.

Un ejemplo de la enfermedad que ha padecido la justicia durante la historia es el medioevo. La sociedad se hallaba dividida en estamentos, éstos a su vez diferenciados en dos categorías: privilegiados y no privilegiados. Los privilegiados, que naturalmente formaban parte del grupo de los poderosos, contaban con todo tipo de ventajas; no estaban obligados a pagar impuestos, tenían derechos sobre los no privilegiados (como el derecho de pernada), no eran ni por asomo tan susceptibles a ser ajusticiados como los no privilegiados, etc.

Otro ejemplo sería la Antigua Roma, civilización de la que, curiosamente, procedemos culturalmente y cuyo sistema judicial sirvió como referencia al actual. Es bien sabido que el Imperio Romano se caracterizaba por el hecho de que toda su economía se sustentaba en base a la esclavitud, y este hecho implica de manera axiomática que cualquier tipo de justicia brillaba por su ausencia en un mundo en el que las grandes mayorías populares, eran esclavas. Puesto que es innegable que las condiciones a las que se condenaba a aquellos desdichados eran sin duda alguna injustas, al menos ateniéndonos, en todos estos casos, al ideal de justicia cuyo objeto es la equidad.

Bien, la conclusión que de esto puede desprenderse es que el requisito necesario para que se cumpla el ideal de justicia que busca la equidad es la síntesis entre igualdad social y el buen funcionamiento del sistema judicial, ¿Pero es esto posible? y mejor aún, ¿Es esto verdaderamente justo? Hemos concluido que uno de los elementos indispensables para la realización de la justicia es la igualdad social, sin embargo, si se da el caso en que somos socialmente concebidos como iguales, ¿Por qué habrían de cometerse actos antisociales? Además, asumiendo que para que pueda existir una sociedad, deben a su vez encontrarse lazos, vínculos y, en resumen, fuerzas que cohesionen a todos los individuos que la conforman, ¿Cómo sería posible que se diera un caso en el cual se cometiera un acto de injusticia contra otro individuo? La respuesta es sencilla; si bien esto no pudiera darse de forma premeditada o consciente, podría darse de manera inconsciente o aleatoria, es decir, por accidente.

Espero que se me permita ejemplificar esto último:
Imaginemos que vamos a realizar un viaje, y para ello utilizaremos un automóvil. Si mientras realizáramos el viaje fuéramos negligentes, como por ejemplo, no poniéndonos el cinturón de seguridad, no respetando las normas de tráfico, conduciendo con un estado de conciencia alterado, etc, estaríamos siendo injustos con la totalidad de la sociedad, puesto que no es preciso que suceda cualquier tipo de desgracia para comportarnos de manera injusta, solamente es necesaria la omisión del deber para con tus semejantes para que ello suceda. En este caso, la utilización de la palabra "desgracia" en vez de "accidente" deviene del hecho de que un accidente ocurre cuando las causas por las cuales sucede algo terrible no se han visto influenciadas por ninguna de las personas que lo sufren, ya sea por omisión o por acción. Por el contrario, si se produjera una desgracia en la cual ninguna de las personas que lo sufren se hubieran comportado de forma negligente (entendiendo por negligente lo explicado ahí arriba), podríamos incluirle sin ningún reparo el sustantivo "accidente".

Habiendo dicho esto de manera que he intentado suscitaros el mayor número de preguntas posibles, me dispongo a contestarlas todas para que así, además de revelaros el error en la concepción de justicia general a través de mi pensamiento, seáis capaces por vosotros mismos de comprender la magnitud y la cantidad de juicios que hemos asumido sobre este asunto sin realizar una reflexión previa, tal y como habría de hacerse con cualquier punto con el que nos topáramos.

En primer lugar, la igualdad social implica la ausencia de actos antisociales, pero no de accidentes, mas, ¿Cómo determinar si lo sucedido ha sido o no un accidente? Es sencillo, la ley, la policía y el sistema judicial en general, desconfían de la sociedad, se trata de vigilantes que suponen que en la comunidad han de cometerse actos antisociales, sin embargo, en vez de enfocarse en hacer disolver tales actos, en lugar de llevar por bandera aquél aforismo de Pitágoras: "educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres", se dedican a promulgar leyes cada vez más enrevesadas, que se entrometen en la vida y el radio de acción particular y personal de cada uno y que prestan todo su esfuerzo en crear y recrear castigos y reprimendas inútiles que, lejos de acabar con tales actos, los agravan e incrementan en muchos casos. Por lo que si aquello que se tiene más próximo a la hora de juzgar una desgracia análoga al ejemplo anteriormente descrito es la desconfianza, se precisarán infinidad de investigaciones que nos permitan observar con claridad qué es lo que en realidad ha ocurrido y quién es el responsable de lo mismo, sin embargo, en caso de que nos encontráramos en una sociedad sana en la cual los actos antisociales premeditados fueran vistos como anécdotas del pasado, tal predisposición a la desconfianza estaría obsoleta, y toda desgracia sería vista como lo que debería ser, un accidente.
Por otro lado, es necesario entender la naturaleza y las causas por las cuales se cometen los actos antisociales en lugar de prestar servicio única y exclusivamente al hecho de castigarlos, y es que el meollo del problema no se encuentra en el acto en sí, sino en lo que lleva a un individuo a realizarlo.

Otra pregunta a responder es, ¿Qué es la justicia? He dicho anteriormente que la concepción de la justicia hasta el momento ha sido la que implicaba la restauración o reintegración de un daño, planteando posteriormente la pregunta ¿Es este ideal verdaderamente justo? Mi respuesta es rotunda; no. Aquello que torna a injusto no es un hecho en sí, como hemos visto en el ejemplo del automóvil, sino la causa de la que dimana el hecho, y  todo aquello que tiene que ver con lo que podría suceder, es decir, con la causa o el motivo, puede rectificarse. Pero en el momento en el que la causa se convierte en un hecho, lo injusto adquiere forma, por lo que termina por ser preciso para la sociedad, no un ideal de justicia, sino una ejecución de la misma, sin embargo, las implicaciones de esta afirmación nos permiten entrever de forma más clara el hecho de que cualquier sistema judicial no es otra cosa más que la respuesta ante la injusticia, y no la justicia como tal, cosa que nos revela una verdad ineludible y anteriormente oculta: todas las metodologías ejecutadas en nuestra historia que aparentemente servían al ideal de justicia no han sido otra cosa más que la consecuencia misma de la injusticia, y por ello, sus competencias se han visto limitadas en todo momento a asumir la injusticia, dirigiendo o desviando las miradas de los hombres hacia los hechos, y no hacia lo verdaderamente relevante; las causas. Y es por esto que me veo obligado a inferir que toda aparente justicia que cuente con un brazo o mecanismo que la accione, de una u otra manera, no se trata de otra cosa más que de injusticia tácita amparada en la aceptación ignorante y errada de la comunidad. En síntesis: la justicia que precisa ser ejecutada, implica necesariamente injusticia, por lo que deja de ser justicia en cuanto tal.

Como acostumbramos a ver en la mayor parte de los casos, se ha tergiversado por completo la idea de justicia de tal forma que, en la actualidad, creemos obrar en nombre de ella mientras que, en realidad, sólo estamos ocultando la injusticia o incluso motivándola. Los considerados criminales son barridos constantemente de las calles, y pareciera que nunca terminan de desaparecer, de hecho, se mantienen ahí, resistentes e inamovibles, como si una especie de fuerza les empujara a obrar de tal manera. La sociedad, ante ellos, no ha cesado de comportarse continuamente de la misma forma, y jamás ha hallado resultados que sentencien a muerte de una vez por todas esta lacra de la que somos responsables. Respondemos, reaccionamos ante la injusticia sin preguntarnos siquiera de dónde viene, cuáles son sus motivaciones y objetivos, delegamos nuestra competencia en la policía, en la ley, en el sistema penitenciario, y al mismo tiempo, mientras divagamos en nuestros asuntos, lanzamos el grito más estentóreo y quejumbroso al cielo en el momento en el que otra injusticia es cometida, sin persuadirnos de que somos precisamente nosotros; los que llevamos comportándonos de manera irresponsable toda nuestra historia, aquellos que miran hacia otro lado y no desentrañan el verdadero significado de la justicia.

La única y verdadera justicia es aquella que no precisa ser ejecutada, lo demás, burdas representaciones de la búsqueda que se atiene a un ideal injusto por y en sí mismo, justicia en apariencia, injusticia en esencia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Resurgimiento.

En mis entrañas agoniza
un tumulto hueco y huidizo,
una losa muerta y maciza,
recubierta de un áureo vestido
que se convierte en ceniza.

Pues un sol dorado y pálido,
se presentó en la alborada
y con sus ojos risueños
me bañó de agua templada.

Extendióse la riada
y con ella, su fragancia:
olor a mujer sin dueño,
perfume que me embriagaba.

Y es que cómo explicarte,
pequeño animal del bosque,
que cesé de buscar el norte
al conocer tu existencia.

Y es que cómo explicarte
lo que no puedo pensar.
Lo que sólo el besarte
es capaz de expresar.

Mas aún no hallo maneras
de lidiar con mis palabras,
a veces parecen sabias,
pero tú me las fulminas

con el roce de tus senos,
con el calor de tu abdomen,
con tu cuello decorado
con estigmas de mis dientes.

Pero, ¿Qué importa la duda?
Si la nada nos aguarda,
si tal agua perfumada
nos arrebata las almas.

Pero, ¿Qué somos entonces?
Unos hablan de estaciones,
otros de vientos pasajeros
y de límites impuestos.

Mas nosotros, polvo a polvo,
somos aquél riachuelo
donde el vacío se aloja
y se despoja del suelo.



jueves, 6 de agosto de 2015

Somos universo.

En la etapa estival, cuando la noche cae sobre las tierras y el hombre enciende sus candiles, el firmamento se puede observar como en ningún otro momento del año. Las estrellas se aparecen cuanto más oscuro sea el lugar en el que te encuentres, y la luz que éstas irradian es capaz de acariciar tus mejillas, como si realmente no estuvieran a una distancia que se escapa a nuestro entendimiento. Pareciera que el calor que emerge de ellas fuera a atravesar todas las distancias posibles para terminar finalmente reposando sobre tu ahora cálido pecho. Es increíble ver cómo mientras el viento mueve las hojas de los árboles, las bajas hierbas, la arena y las piedras del camino, las alas de las aves; se hallan ahí arriba infinidad de puntos brillantes que parecen observarnos, como si para ellas sólo fuéramos un espectáculo en miniatura, un ínfimo teatro que sólo sirve a su propia jactancia. Es excelso que mientras olemos la tierra, el humo que abruma el cielo, la hierba seca y el viento fresco; las estrellas continúen ahí, en la lejanía, aparentemente inmóviles.
Y es que sólo nos persuadimos de la inmensidad de lo que existe ahí fuera cuando dejamos de prestarle atención a todo aquello que hallamos en la tierra, cuando al fin nos perdemos en la noche para encontrar ese mundo extraño respecto del que nosotros concebimos como nuestro, ese mundo al que llamamos Sistema Solar, Vía Láctea, Universo... Cuyas magnitudes, tan diversas entre sí, nos parecen a nosotros, pequeñas criaturas pensantes, una absoluta vastedad en comparación con lo que de ordinario percibimos.

Pero este sentimiento que dimana de la analogía entre nuestra existencia y la de todo lo demás, puede trasladarse hasta el último y más profundo extremo de nuestra visión limitada de las cosas, y un buen ejemplo de ello es la concepción que generalmente se tiene respecto al individuo. Si trasladáramos el juicio que dedicamos al universo mientras lo observamos, al ámbito del individuo frente al colectivo, contemplaríamos de nuevo ese sentimiento en parte angustioso que recorre nuestro estómago y pecho, esa sensación de inferioridad respecto a la inmensidad que tenemos justo en frente de nosotros.
El individuo en oposición a la sociedad, la última frontera, el último muro que me separa a mí y a mi conciencia de pertenecer a la masa difusa que tan cerca vislumbro.
Siempre que sentimos esto, emerge de nuestro fuero interno la siguiente pregunta: Si todo a mi alrededor es tan gigantesco, ¿Qué soy yo? ¿Qué trascendencia puedo tener en un mundo tan increíblemente vasto?
Y es que nos empecinamos en establecer fronteras y limitaciones donde realmente, no las hay.
Alzamos nuestra mirada al cielo y exclamamos: ¡Cuánta grandeza! ¡Es infinito! Y ni siquiera nos persuadimos de que precisamente si somos capaces de percibirlo, es porque formamos parte de él, pues las magnitudes no importan cuando todo lo que conocemos acerca del universo es que éste se basa en interacciones, y toda interacción precisa de dos o varios elementos para darse, cosa que nos revela que somos uno de tantos elementos que son albergados por la totalidad.
Solemos dividirnos, medirnos, analizarnos, escindirnos del todo al que nos negamos a pertenecer, y sin embargo no podemos hacer nada por escapar de las garras de la totalidad. Creemos ser capaces de emanciparnos del mundo entero, y es precisamente por ello por lo que hablamos de vastedad, de inmensidad, de magnitudes enormes que no alcanzamos a comprender, sin embargo esto es absurdo, pues nosotros mismos pertenecemos a tales vastedades, nosotros somos esas inmensidades, las conformamos, y ellas, sin nosotros, jamás podrían ser las mismas.

Es paradójico que al observar las estrellas nos parezcan pequeños y nacarados puntos que irradian luz. Tal visión se asemeja a la idea de un espejo que nos refleja a nosotros mismos; individuos, unidades, pequeños seres en comparación con la masa humana que se hospeda en la tierra. ¿Pero es verdaderamente esto así? Por supuesto que no, pues ¿Qué serían las estrellas si nada fuera capaz de apreciar su luz? ¿Qué sería de los individuos si el colectivo no los reconociera como tal?
Es hora de persuadirnos de una vez de la relevancia que ostenta nuestra existencia, es hora de que tengamos en cuenta la importancia del ser, pues nada seríamos si no conformáramos el universo, y nada sería el universo si nosotros no lo conformáramos. No existen fronteras, dejemos de una vez de erigir muros invisibles, barreras ilusorias que nos hacen creer que somos extraños al mundo en el que vivimos.

No somos más que humanos, pero tampoco somos menos que estrellas. No somos más que sociedades, pero tampoco somos menos que individuos.

No somos nada sin universo. No somos nada
                                               sino universo.