lunes, 30 de noviembre de 2015

La semillita.

En mi corazón baldío
aguardaba una esperanza,
una semillita fértil
esperaba a ser regada.

Por las noches, sollozando,
se colmaba de humedad,
pareciera que soñara
una nueva realidad.

Los grillos se reunían
para hacerla callar,
alegaban que sus cantos
no podían escuchar.

Noche a noche hubo uno
que se cansó de esperar
y con su gran valentía
se dispuso a caminar.

Llegó por fin al lugar
donde la tierra gemía,
mas, para su sorpresa,
el estentóreo ruido cesó
y lo único que encontró
fue un fino y frágil tallo
tiritando por el viento
y con apariencia débil.

El grillo se escabulló,
buscó a sus compañeros
y les guió hasta el lugar.

Todos se embriagaron
y cantaron sin cesar
cosa que al tallo mohíno
le colmó de felicidad.

El tallo volvió a llorar
y retornó la humedad
y los grillos, abrumados,
observaron lo ocurrido:
creció y creció sin parar
buscó con sus ramas el cielo
y no cesó de madurar.

Pues el canto de los grillos
le calmaba su pesar
y aún no hallando su sino
ya no pudo llorar más.

El ardor de la escarcha.

El impulso que aplaca la firmeza del suelo
aquel instante, aquel momento
en el que inicias tu vuelo.

Tu cuerpo, ingrávido, 
se estremece con el viento. 
Y el frío hielo, 
y la escarcha muerta,
adormecen tu cerebro.

Mas tras pasar por la insondable
sombra del invierno,
tu alma firme 
y cálida en tu seno
aporta vida, esperanza 
y millones de fuegos
que arden limpios,
sin tapujos,
sin escollos derroteros.

Gran fortuna la que tuve
al pasear por el bosque.
Pues caminando sereno
allí la encontré, de noche:

un fulgor, un amor,
un incendio en un rincón
que por fuera sollozaba,
pues agua de él emanaba
y por dentro, con vehemencia,
hervía por su calor.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El navío.

Un grupo de 30 personas se decide para construir un barco, todos ellos se ponen manos a la obra. Unos, cuya fuerza es mayor que la de los demás y conocen la técnica del hacha, talan árboles para extraer su preciada madera, otros que poseen magníficos conocimientos sobre carpintería, disponen las herramientas necesarias para trabajar esa madera de tal forma que no haya grietas, que sea curva, que quede bien lisa y que, al fin y al cabo, resulte útil para el objetivo común. En tercer lugar, hay una serie de sujetos muy experimentados en navegación, ya que antaño han sido capitanes de barco o han formado parte de diversas tripulaciones dedicadas a la mar. Tras un gran esfuerzo, consiguen erigir la embarcación, todos tienen claro el lugar al que quieren llegar, y cada uno de ellos ha ofrecido su trabajo para alcanzar la meta. Las 30 personas se introducen en la nave, sacan el ancla y se relajan con el sonido del oleaje. Aquellos que conocen sobre navegación se adentran en la bodega y comienzan a discutir sobre qué ruta será la más rápida y, al mismo tiempo, la más segura. En esto que el resto de las personas, unas conversando distendidamente, otras contemplando la inmensidad del océano, avistan una serie de nubes negras a lo lejos, parece ser que se acerca una tormenta, desconocen su vehemencia, y precisamente por ello alertan a los expertos navegantes, que súbitamente salen de la bodega, alzan la vista, y observan lo que se les viene encima.
Éstos se alteran gravemente y les explican a los demás la peligrosidad de la situación, ya que a simple vista han inferido que se trata de una tormenta muy fuerte, y que teniendo en cuenta las características de la embarcación en la que se encuentran, si son alcanzados por ella, acabarán sucumbiendo. El objetivo común se ha actualizado al unísono, en estos momentos lo que resulta imperioso es salvar la vida, por lo que todos intentan llegar a un acuerdo sobre lo que hacer.
Tanto los taladores, como los carpinteros enmudecen, mientras que los expertos navegantes se enzarzan en una disputa con opiniones de todo tipo. Unos plantean intentar esquivar la tormenta, otros arguyen que es imposible, pues los vientos son muy fuertes y no hay manera de impedir que el barco se acerque funestamente hasta la tempestad, todos ellos están nerviosos y anhelan exactamente lo mismo: salvar la vida. Aquella discusión llega a su término cuando todos concluyen que es imposible evitar la tempestad, mas se puede procurar atravesarla lo más lejanamente posible de su localización. Entonces, como si repentinamente todas sus mentes se hubieran visto iluminadas por un rayo de clarividencia, comienzan a lanzar exhortaciones directas tanto a los carpinteros como a los taladores, gritando y colocándose ellos mismos en las posiciones en las que deben colocarse, mostrándoles el procedimiento que han de seguir de la manera más pragmática posible, y éstos, sin dilación alguna, se organizan en cada parte del barco según las indicaciones de los expertos.
Las 30 personas están nerviosas, todos se han confabulado para resistir aquél escollo que les impide la realización de sus aspiraciones comunes, observan cómo se van aproximando a la tormenta, algunos tienen la impresión de que sus trémulas piernas desfallecerán en cualquier momento, otros, henchidos de entereza, arrojan gritos animosos, consejos prácticos y carcajadas llenas de energía, (salvo unas pocas envueltas en nerviosismo). Pronto alcanzan la tormenta, (o quizá a la inversa), y los expertos marineros continúan con su labor. Gritan, chillan, exhortan, forcejean con las cuerdas junto a sus compañeros, que acatan todas y cada una de sus órdenes. Las olas se revuelven y chocan contra el casco del navío una y otra vez, ahora no resultan tan tranquilizantes como al inicio del viaje. El barco se agita y se zarandea violentamente, la mayor parte de los carpinteros son arrollados por varias olas que golpean de lado a lado el barco y convierten su piso en una superficie terriblemente resbaladiza, éstos caen al suelo y se agarran donde pueden, pues sus brazos no poseen la fuerza suficiente como para soportar la violencia de los maretazos.
Finalmente salen de la tormenta y aparecen las imágenes de los vestigios resultantes de tan hórrida violencia; algunas partes no demasiado relevantes para el buen funcionamiento de la embarcación se han hecho pedazos. Se hace un recuento de la tripulación, todos están sanos y salvos, al parecer han sido capaces de soportar una situación tan extrema gracias a su fuerza de voluntad, junto a las útiles indicaciones de los expertos navegantes. De nuevo, el objetivo inicial emerge en todas y cada una de sus cabezas, sin embargo, ahora hay partes del barco que han de ser reparadas. Por fortuna, antes de embarcar, los expertos navegantes aconsejaron a los taladores que les dieran a los carpinteros una mayor cantidad de troncos de la que se precisaba para la realización del barco, para que así los carpinteros tuvieran madera de sobra, tanta como para poder almacenarla en la bodega junto con el avituallamiento. De tal forma que en caso de que la situación lo requiriese, los carpinteros pudieran utilizarla en cualquier momento.
Luego de unos días navegando a la deriva, en tanto que el barco era reparado, los expertos marineros se persuaden de algo que derrumba de nuevo sus esperanzas. Resulta que, debido a la situación a la que se vieron avocados, han perdido el rumbo, por lo que organizan una reunión con el objeto de decidir qué es lo que deben hacer. Todos ellos, de forma indiscriminada, ofrecen su opinión e intentan consensuar, los carpinteros y los taladores, que poseen menos experiencia, asumen que es probable que la mayor parte de sus proposiciones sean erradas, sin embargo, los expertos marineros se empapan de todo lo dicho y actúan en consecuencia.
Pronto ponen rumbo hacia el noreste, dirección a la que, por intuición, han decidido dirigirse. Viajan durante semanas, todos juntos comienzan a hacer cálculos respecto a la duración de sus provisiones, la desesperación comienza a acecharles y algunos especulan con el canibalismo, si se diera el caso de que pereciera uno de ellos, no obstante lo tratan, no de manera amenazante, sino de forma razonable y lógica. De hecho, todos ellos llegan a determinar que si uno muriese, ofrecería su cuerpo como alimento para los otros, otorgándoles más posibilidades para sobrevivir.
Sin embargo, nada de eso hace falta, pues pronto avistan tierra. Todos ellos se llenan de júbilo, sus cuerpos débiles y encogidos por el hambre que comenzaba a afectarles ya no les importan, ya que saltan y danzan de alegría, los unos se abrazan con los otros, unos ríen, otros prorumpen en llantos, colmados de felicidad.
La tierra en la que desembarcan está poblada por sujetos de todo tipo, parece una ciudad costera a la que acuden personas provenientes de todos los lugares del mundo. En ella, las 30 personas buscan aquello que todos, de una manera u otra, perseguimos siempre: comida, bebida y cobijo. Y precisamente eso es lo que reciben, ya que las gentes de aquél lugar resultan ser soberanamente hospitalarias, tanto es así que, en la propia ciudad no se oye el bullicio de los mercados, sino el de los elogios y los regalos, junto al del trabajo no forzado.
Habiendo comido y bebido hasta la saciedad, y tras una noche de plácido y profundo sueño, aquellos intrépidos individuos se reúnen y llegan a la conclusión de que no se encuentran en el lugar al que ansiaban llegar en un principio, mas se habían tropezado con uno que se acercaba verdaderamente a sus sueños, por lo que permanecieron en aquella ciudad hasta que, finalmente, murieron de viejos.


lunes, 21 de septiembre de 2015

El ideal de justicia.

Una de las preguntas más importantes en el pensamiento humano debido a su ligazón con la moral y las relaciones sociales es: ¿Qué es la justicia? Y es que esta cuestión ha sido respondida en todas las culturas de las diversas sociedades, cada una con sus respectivas definiciones, pero todas ellas guardando una característica homóloga a las demás; en todas ellas aparece el ideal de justicia como la restauración o reintegración de un daño. Y cierto es que en todo acto de justicia hay una búsqueda de equidad entre cada uno de los individuos que integran el colectivo, sin embargo, ¿Es este ideal verdaderamente justo? Bien, esta es la respuesta a la que responderemos a medida que este texto se desarrolle.

Las tribus y clanes primitivos poseían un sistema judicial muy singular y conocido, su metodología a seguir para ejercer lo que ellos consideraban como justo no era otra cosa más que el ojo por ojo. Si un miembro de una tribu o clan atacaba a otro miembro de una tribu vecina, amputándole el brazo, por ejemplo, esta última tribu reclamaría justicia realizando exactamente el mismo daño que el atacante, por consiguiente, a éste debía amputársele uno de sus brazos, de tal forma que se restaurase el sufrimiento causado. Esta manera en la que se ejercía la justicia nos resulta a nosotros, los llamados "hombres civilizados", un hecho deleznable, mas he de deciros que nuestro sistema judicial, junto a nuestro sistema penal no son sino una extensión de lo anteriormente explicado. Pues, ¿Qué diferencia hay entre el ojo por ojo y el castigo por acto antisocial? Ninguna, ya que a pesar de no pretender restaurar de forma directa un daño realizado, se quiere hacerlo mediante la privación de libertad física; mediante la prisión. Por no hablar de la pena de muerte, que aún en nuestros días, permanece vigente en una gran cantidad de Estados. Sin embargo, desde la época en la que las tribus ejercían justicia bajo ese procedimiento hasta la actualidad, el sistema judicial ha mutado a formas muy diversas ateniéndose a justificaciones injustas, cosa que durante toda nuestra historia se ha traducido en la prostitución del ideal como tal, y es que es preciso comprender que la justicia y la igualdad van de la mano, y que mientras exista desigualdad social, la justicia no es otra cosa más que la manera en la que los poderosos mantienen a raya a los insumisos.

Un ejemplo de la enfermedad que ha padecido la justicia durante la historia es el medioevo. La sociedad se hallaba dividida en estamentos, éstos a su vez diferenciados en dos categorías: privilegiados y no privilegiados. Los privilegiados, que naturalmente formaban parte del grupo de los poderosos, contaban con todo tipo de ventajas; no estaban obligados a pagar impuestos, tenían derechos sobre los no privilegiados (como el derecho de pernada), no eran ni por asomo tan susceptibles a ser ajusticiados como los no privilegiados, etc.

Otro ejemplo sería la Antigua Roma, civilización de la que, curiosamente, procedemos culturalmente y cuyo sistema judicial sirvió como referencia al actual. Es bien sabido que el Imperio Romano se caracterizaba por el hecho de que toda su economía se sustentaba en base a la esclavitud, y este hecho implica de manera axiomática que cualquier tipo de justicia brillaba por su ausencia en un mundo en el que las grandes mayorías populares, eran esclavas. Puesto que es innegable que las condiciones a las que se condenaba a aquellos desdichados eran sin duda alguna injustas, al menos ateniéndonos, en todos estos casos, al ideal de justicia cuyo objeto es la equidad.

Bien, la conclusión que de esto puede desprenderse es que el requisito necesario para que se cumpla el ideal de justicia que busca la equidad es la síntesis entre igualdad social y el buen funcionamiento del sistema judicial, ¿Pero es esto posible? y mejor aún, ¿Es esto verdaderamente justo? Hemos concluido que uno de los elementos indispensables para la realización de la justicia es la igualdad social, sin embargo, si se da el caso en que somos socialmente concebidos como iguales, ¿Por qué habrían de cometerse actos antisociales? Además, asumiendo que para que pueda existir una sociedad, deben a su vez encontrarse lazos, vínculos y, en resumen, fuerzas que cohesionen a todos los individuos que la conforman, ¿Cómo sería posible que se diera un caso en el cual se cometiera un acto de injusticia contra otro individuo? La respuesta es sencilla; si bien esto no pudiera darse de forma premeditada o consciente, podría darse de manera inconsciente o aleatoria, es decir, por accidente.

Espero que se me permita ejemplificar esto último:
Imaginemos que vamos a realizar un viaje, y para ello utilizaremos un automóvil. Si mientras realizáramos el viaje fuéramos negligentes, como por ejemplo, no poniéndonos el cinturón de seguridad, no respetando las normas de tráfico, conduciendo con un estado de conciencia alterado, etc, estaríamos siendo injustos con la totalidad de la sociedad, puesto que no es preciso que suceda cualquier tipo de desgracia para comportarnos de manera injusta, solamente es necesaria la omisión del deber para con tus semejantes para que ello suceda. En este caso, la utilización de la palabra "desgracia" en vez de "accidente" deviene del hecho de que un accidente ocurre cuando las causas por las cuales sucede algo terrible no se han visto influenciadas por ninguna de las personas que lo sufren, ya sea por omisión o por acción. Por el contrario, si se produjera una desgracia en la cual ninguna de las personas que lo sufren se hubieran comportado de forma negligente (entendiendo por negligente lo explicado ahí arriba), podríamos incluirle sin ningún reparo el sustantivo "accidente".

Habiendo dicho esto de manera que he intentado suscitaros el mayor número de preguntas posibles, me dispongo a contestarlas todas para que así, además de revelaros el error en la concepción de justicia general a través de mi pensamiento, seáis capaces por vosotros mismos de comprender la magnitud y la cantidad de juicios que hemos asumido sobre este asunto sin realizar una reflexión previa, tal y como habría de hacerse con cualquier punto con el que nos topáramos.

En primer lugar, la igualdad social implica la ausencia de actos antisociales, pero no de accidentes, mas, ¿Cómo determinar si lo sucedido ha sido o no un accidente? Es sencillo, la ley, la policía y el sistema judicial en general, desconfían de la sociedad, se trata de vigilantes que suponen que en la comunidad han de cometerse actos antisociales, sin embargo, en vez de enfocarse en hacer disolver tales actos, en lugar de llevar por bandera aquél aforismo de Pitágoras: "educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres", se dedican a promulgar leyes cada vez más enrevesadas, que se entrometen en la vida y el radio de acción particular y personal de cada uno y que prestan todo su esfuerzo en crear y recrear castigos y reprimendas inútiles que, lejos de acabar con tales actos, los agravan e incrementan en muchos casos. Por lo que si aquello que se tiene más próximo a la hora de juzgar una desgracia análoga al ejemplo anteriormente descrito es la desconfianza, se precisarán infinidad de investigaciones que nos permitan observar con claridad qué es lo que en realidad ha ocurrido y quién es el responsable de lo mismo, sin embargo, en caso de que nos encontráramos en una sociedad sana en la cual los actos antisociales premeditados fueran vistos como anécdotas del pasado, tal predisposición a la desconfianza estaría obsoleta, y toda desgracia sería vista como lo que debería ser, un accidente.
Por otro lado, es necesario entender la naturaleza y las causas por las cuales se cometen los actos antisociales en lugar de prestar servicio única y exclusivamente al hecho de castigarlos, y es que el meollo del problema no se encuentra en el acto en sí, sino en lo que lleva a un individuo a realizarlo.

Otra pregunta a responder es, ¿Qué es la justicia? He dicho anteriormente que la concepción de la justicia hasta el momento ha sido la que implicaba la restauración o reintegración de un daño, planteando posteriormente la pregunta ¿Es este ideal verdaderamente justo? Mi respuesta es rotunda; no. Aquello que torna a injusto no es un hecho en sí, como hemos visto en el ejemplo del automóvil, sino la causa de la que dimana el hecho, y  todo aquello que tiene que ver con lo que podría suceder, es decir, con la causa o el motivo, puede rectificarse. Pero en el momento en el que la causa se convierte en un hecho, lo injusto adquiere forma, por lo que termina por ser preciso para la sociedad, no un ideal de justicia, sino una ejecución de la misma, sin embargo, las implicaciones de esta afirmación nos permiten entrever de forma más clara el hecho de que cualquier sistema judicial no es otra cosa más que la respuesta ante la injusticia, y no la justicia como tal, cosa que nos revela una verdad ineludible y anteriormente oculta: todas las metodologías ejecutadas en nuestra historia que aparentemente servían al ideal de justicia no han sido otra cosa más que la consecuencia misma de la injusticia, y por ello, sus competencias se han visto limitadas en todo momento a asumir la injusticia, dirigiendo o desviando las miradas de los hombres hacia los hechos, y no hacia lo verdaderamente relevante; las causas. Y es por esto que me veo obligado a inferir que toda aparente justicia que cuente con un brazo o mecanismo que la accione, de una u otra manera, no se trata de otra cosa más que de injusticia tácita amparada en la aceptación ignorante y errada de la comunidad. En síntesis: la justicia que precisa ser ejecutada, implica necesariamente injusticia, por lo que deja de ser justicia en cuanto tal.

Como acostumbramos a ver en la mayor parte de los casos, se ha tergiversado por completo la idea de justicia de tal forma que, en la actualidad, creemos obrar en nombre de ella mientras que, en realidad, sólo estamos ocultando la injusticia o incluso motivándola. Los considerados criminales son barridos constantemente de las calles, y pareciera que nunca terminan de desaparecer, de hecho, se mantienen ahí, resistentes e inamovibles, como si una especie de fuerza les empujara a obrar de tal manera. La sociedad, ante ellos, no ha cesado de comportarse continuamente de la misma forma, y jamás ha hallado resultados que sentencien a muerte de una vez por todas esta lacra de la que somos responsables. Respondemos, reaccionamos ante la injusticia sin preguntarnos siquiera de dónde viene, cuáles son sus motivaciones y objetivos, delegamos nuestra competencia en la policía, en la ley, en el sistema penitenciario, y al mismo tiempo, mientras divagamos en nuestros asuntos, lanzamos el grito más estentóreo y quejumbroso al cielo en el momento en el que otra injusticia es cometida, sin persuadirnos de que somos precisamente nosotros; los que llevamos comportándonos de manera irresponsable toda nuestra historia, aquellos que miran hacia otro lado y no desentrañan el verdadero significado de la justicia.

La única y verdadera justicia es aquella que no precisa ser ejecutada, lo demás, burdas representaciones de la búsqueda que se atiene a un ideal injusto por y en sí mismo, justicia en apariencia, injusticia en esencia.

lunes, 31 de agosto de 2015

Resurgimiento.

En mis entrañas agoniza
un tumulto hueco y huidizo,
una losa muerta y maciza,
recubierta de un áureo vestido
que se convierte en ceniza.

Pues un sol dorado y pálido,
se presentó en la alborada
y con sus ojos risueños
me bañó de agua templada.

Extendióse la riada
y con ella, su fragancia:
olor a mujer sin dueño,
perfume que me embriagaba.

Y es que cómo explicarte,
pequeño animal del bosque,
que cesé de buscar el norte
al conocer tu existencia.

Y es que cómo explicarte
lo que no puedo pensar.
Lo que sólo el besarte
es capaz de expresar.

Mas aún no hallo maneras
de lidiar con mis palabras,
a veces parecen sabias,
pero tú me las fulminas

con el roce de tus senos,
con el calor de tu abdomen,
con tu cuello decorado
con estigmas de mis dientes.

Pero, ¿Qué importa la duda?
Si la nada nos aguarda,
si tal agua perfumada
nos arrebata las almas.

Pero, ¿Qué somos entonces?
Unos hablan de estaciones,
otros de vientos pasajeros
y de límites impuestos.

Mas nosotros, polvo a polvo,
somos aquél riachuelo
donde el vacío se aloja
y se despoja del suelo.



jueves, 6 de agosto de 2015

Somos universo.

En la etapa estival, cuando la noche cae sobre las tierras y el hombre enciende sus candiles, el firmamento se puede observar como en ningún otro momento del año. Las estrellas se aparecen cuanto más oscuro sea el lugar en el que te encuentres, y la luz que éstas irradian es capaz de acariciar tus mejillas, como si realmente no estuvieran a una distancia que se escapa a nuestro entendimiento. Pareciera que el calor que emerge de ellas fuera a atravesar todas las distancias posibles para terminar finalmente reposando sobre tu ahora cálido pecho. Es increíble ver cómo mientras el viento mueve las hojas de los árboles, las bajas hierbas, la arena y las piedras del camino, las alas de las aves; se hallan ahí arriba infinidad de puntos brillantes que parecen observarnos, como si para ellas sólo fuéramos un espectáculo en miniatura, un ínfimo teatro que sólo sirve a su propia jactancia. Es excelso que mientras olemos la tierra, el humo que abruma el cielo, la hierba seca y el viento fresco; las estrellas continúen ahí, en la lejanía, aparentemente inmóviles.
Y es que sólo nos persuadimos de la inmensidad de lo que existe ahí fuera cuando dejamos de prestarle atención a todo aquello que hallamos en la tierra, cuando al fin nos perdemos en la noche para encontrar ese mundo extraño respecto del que nosotros concebimos como nuestro, ese mundo al que llamamos Sistema Solar, Vía Láctea, Universo... Cuyas magnitudes, tan diversas entre sí, nos parecen a nosotros, pequeñas criaturas pensantes, una absoluta vastedad en comparación con lo que de ordinario percibimos.

Pero este sentimiento que dimana de la analogía entre nuestra existencia y la de todo lo demás, puede trasladarse hasta el último y más profundo extremo de nuestra visión limitada de las cosas, y un buen ejemplo de ello es la concepción que generalmente se tiene respecto al individuo. Si trasladáramos el juicio que dedicamos al universo mientras lo observamos, al ámbito del individuo frente al colectivo, contemplaríamos de nuevo ese sentimiento en parte angustioso que recorre nuestro estómago y pecho, esa sensación de inferioridad respecto a la inmensidad que tenemos justo en frente de nosotros.
El individuo en oposición a la sociedad, la última frontera, el último muro que me separa a mí y a mi conciencia de pertenecer a la masa difusa que tan cerca vislumbro.
Siempre que sentimos esto, emerge de nuestro fuero interno la siguiente pregunta: Si todo a mi alrededor es tan gigantesco, ¿Qué soy yo? ¿Qué trascendencia puedo tener en un mundo tan increíblemente vasto?
Y es que nos empecinamos en establecer fronteras y limitaciones donde realmente, no las hay.
Alzamos nuestra mirada al cielo y exclamamos: ¡Cuánta grandeza! ¡Es infinito! Y ni siquiera nos persuadimos de que precisamente si somos capaces de percibirlo, es porque formamos parte de él, pues las magnitudes no importan cuando todo lo que conocemos acerca del universo es que éste se basa en interacciones, y toda interacción precisa de dos o varios elementos para darse, cosa que nos revela que somos uno de tantos elementos que son albergados por la totalidad.
Solemos dividirnos, medirnos, analizarnos, escindirnos del todo al que nos negamos a pertenecer, y sin embargo no podemos hacer nada por escapar de las garras de la totalidad. Creemos ser capaces de emanciparnos del mundo entero, y es precisamente por ello por lo que hablamos de vastedad, de inmensidad, de magnitudes enormes que no alcanzamos a comprender, sin embargo esto es absurdo, pues nosotros mismos pertenecemos a tales vastedades, nosotros somos esas inmensidades, las conformamos, y ellas, sin nosotros, jamás podrían ser las mismas.

Es paradójico que al observar las estrellas nos parezcan pequeños y nacarados puntos que irradian luz. Tal visión se asemeja a la idea de un espejo que nos refleja a nosotros mismos; individuos, unidades, pequeños seres en comparación con la masa humana que se hospeda en la tierra. ¿Pero es verdaderamente esto así? Por supuesto que no, pues ¿Qué serían las estrellas si nada fuera capaz de apreciar su luz? ¿Qué sería de los individuos si el colectivo no los reconociera como tal?
Es hora de persuadirnos de una vez de la relevancia que ostenta nuestra existencia, es hora de que tengamos en cuenta la importancia del ser, pues nada seríamos si no conformáramos el universo, y nada sería el universo si nosotros no lo conformáramos. No existen fronteras, dejemos de una vez de erigir muros invisibles, barreras ilusorias que nos hacen creer que somos extraños al mundo en el que vivimos.

No somos más que humanos, pero tampoco somos menos que estrellas. No somos más que sociedades, pero tampoco somos menos que individuos.

No somos nada sin universo. No somos nada
                                               sino universo.


sábado, 11 de julio de 2015

Fuero interno

Volviendo la cara
le mira, cansada,
y observa en sus ojos
un alma encerrada;

se durmió en su deseo,
se perdió en su anhelo,
y sin más que el frío suelo
permaneció largo tiempo,

vislumbrando un destello.

Lanzó una mirada.
La luz le embriagaba,
y sin más dilación,
se entregó al nuevo amor.

Luciérnagas nacaradas rodeaban su faz,
pareciera que al fin 
alcanzaba la paz,
mas un ruín ladronzuelo,
le esperaba al pasar, 
y con una red oscura
exhibió su bravura,
pues sin vacilación alguna,
atrapó aquellas luces,
a excepción de la luna.

Aquél hombre tan pobre
ni de luz ya dispone,
sólo mira los astros
que hace tiempo perecieron.

Oscuro campo de batallas,
oscura luz que se acaba,
oscuro mundo el que alberga
este hombre en sus entrañas.