sábado, 11 de julio de 2015

Fuero interno

Volviendo la cara
le mira, cansada,
y observa en sus ojos
un alma encerrada;

se durmió en su deseo,
se perdió en su anhelo,
y sin más que el frío suelo
permaneció largo tiempo,

vislumbrando un destello.

Lanzó una mirada.
La luz le embriagaba,
y sin más dilación,
se entregó al nuevo amor.

Luciérnagas nacaradas rodeaban su faz,
pareciera que al fin 
alcanzaba la paz,
mas un ruín ladronzuelo,
le esperaba al pasar, 
y con una red oscura
exhibió su bravura,
pues sin vacilación alguna,
atrapó aquellas luces,
a excepción de la luna.

Aquél hombre tan pobre
ni de luz ya dispone,
sólo mira los astros
que hace tiempo perecieron.

Oscuro campo de batallas,
oscura luz que se acaba,
oscuro mundo el que alberga
este hombre en sus entrañas.

lunes, 22 de junio de 2015

¿Es necesario creer?

Durante miles de años, la especie humana ha creado y ha tenido que convivir con una serie de creencias dogmáticas que, junto con otras herramientas de poder, han impedido de forma permanente cualquier tipo de libertad, desde la espiritual, hasta la meramente física. Pero con respecto a todas esas cadenas de carácter terrenal que han ido sucediéndose a lo largo de la historia y que, como ya he dicho, nos han anquilosado en el fondo de un pantano mugriento y maloliente, ya habrá cabida en otros artículos, pues en este en particular vengo a tratar de convenceros, o simplemente de informaros de cómo han encerrado nuestras mentes mediante las invenciones fantásticas más banales. Vengo aquí a hablaros de ese artificio tan eficaz al que generalmente conocemos como religión.
Sé que ya he dedicado otro artículo a este tema, pero siento la imperiosa necesidad de volver a él, ya que considero que debo ampliar la información de aquél, y enfocarme así en un punto muy importante para con la esencia misma de la religión. Sé además que en aquél artículo que escribí hace ya unos meses, dejé una nota que daba a entender que la próxima ocasión en la que hablara de algún tema relacionado con la religión, trataría el asunto de la existencia de Dios, pero como en buena medida todos los artículos que escribo, incluida su misma realización, se someten única y exclusivamente a la supervisión de mi juicio e interés particular, la única excusa que puedo ofreceros para justificar que este texto no trate del asunto prometido es básicamente que no me apetece escribirlo, y que actualmente me parece más oportuno tratar este tema en concreto. Por esto y sin más dilación, comenzaré a tratar el asunto de la forma más clara y ordenada posible, como creo haberos acostumbrado.

Es evidente que el género humano posee unas peculiaridades que lo distinguen de las demás especies animales, estas particularidades nos han permitido sobrevivir como especie, pues aun no poseyendo instintos definidos, o lo que es lo mismo, incluso siendo incapaces de concebir una forma concreta de adaptación al medio natural, hemos sido capaces de sobreponernos a cualquiera de las situaciones desfavorables que se nos han ido apareciendo al vivir en la naturaleza, ¿Pero cómo ha sido esto posible? ¿Cómo hemos sido capaces de sobrevivir en un entorno hostil si aparentemente nacíamos completamente indefensos? La respuesta es sencilla, nuestra naturaleza social junto a la evolución de nuestra inteligencia, factores que van de la mano, nos han dotado con la capacidad de erigir relaciones sociales de una complejidad inimaginable, y además nos han permitido crear y construir todo aquello que precisábamos para conservarnos. Podemos observar todo tipo de comportamientos en las demás especies animales, y éstos siempre se hallan ligados de forma inmutable a sus capacidades y condiciones biológicas, tanto fisonómicas como fisiológicas, es así como por ejemplo, jamás tendremos la ocasión de presenciar cómo una vaca depreda y devora a otro animal, pues tanto su comportamiento como su fisonomía se han conformado de manera que ambas son exacta y precisamente acordes entre sí, es decir, su cuerpo se ha desarrollado de tal manera que cualquier actividad que no sea la de alimentarse de vegetales y permanecer inmóvil o moverse lentamente, (pues ni su intestino soportaría la carne, ni sus patas soportarían esas carreras que requieran de la velocidad necesaria para depredar), le resultaría horriblemente complicada y dificultosa, por lo que sencillamente, no la realizaría. 
Pero precisamente esto es la oposición a lo que ocurre con los seres humanos, pues si bien nos hallamos condicionados por nuestra fisonomía y fisiología en el sentido biológico (como puede ser el no poder despojarnos del hambre sin comer, o de la sed sin beber), poco o nada importan tales condiciones en el mundo que, desde nuestra inteligencia, somos capaces de construir. La posición bípeda nos permite abarcar más perspectiva de visión además de proporcionarnos una de las más resistentes maneras de desplazamiento, sin embargo, nuestros esfuerzos dejan de focalizarse en utilizar esas herramientas (que hemos ido adquiriendo a lo largo del tiempo por medio de la evolución) en tanto a la satisfacción de nuestras necesidades, o lo que es lo mismo, en tanto a la obtención de alimento o la advertencia o ausencia de peligro (entre otro tipo de necesidades), en cuanto que esta misma satisfacción de las necesidades y su permanencia invariable es lo que comienza a constituir el principal factor que, junto a esa inteligencia compleja anteriormente mencionada, nos lleva a plantearnos los motivos por los cuales ocurren las cosas. Es decir, la estructura de nuestro cuerpo y su funcionamiento interno no son elementos que se reducen, como en el caso de los animales, a la satisfacción de las necesidades, sino que además, y añadiendo a ello el importantísimo factor que representa una inteligencia compleja, la costumbre a la satisfacción de tales necesidades nos lleva a la motivación de nuevos descubrimientos que no sólo nos serán útiles, sino que además nos servirán como recreo y jactancia, cosa que a su vez aportará mayor complejidad a la configuración de nuestro comportamiento, pues a partir de este momento nacerán nuevas, aunque no por ello menos importantes necesidades, cuya satisfacción derivará en una espiral interminable entre necesidad/satisfacción, que al fin y al cabo representa lo que conocemos como desarrollo. Y es este mundo que trasciende de las necesidades más próximas y naturales al que me refiero cuando incluyo en nuestra estructura biológica el elemento de la inteligencia, o como otros podrían denominarla, razón.

*Este proceso no ocurre solamente con la posición bípeda, también se dan otro tipo de factores como puede ser nuestro paso de herbívoros a omnívoros, cosa que, por un lado dio lugar a la necesidad del desarrollo de herramientas que sirvieran a nuestras novedosas pretensiones de caza, y por otro nos llevó a una serie de cambios en la estructura cerebral debidos a la incorporación de carne en nuestras dietas. Con esto quiero decir que al referirme concretamente a la posición bípeda, pretendía que tal concepto fuera concebido como un factor particular a partir del que apoyarme para referirme a todos los factores en general.

Habiendo dicho esto, cabe afirmar que es este mundo que dimana de nuestra inteligencia en el que, al menos en este escrito, debemos enfocar nuestra atención. Pues es precisamente de esta nueva situación en la que predominan las necesidades intelectuales, y no las básicas, de la que es posible que nazca la espiritualidad. (Abordando el tema, no como proceso en el que ya nos hallábamos constituidos como humanos, sino desde una perspectiva evolutiva, pues fueron tales circunstancias las que nos convirtieron en lo que somos desde hace 200.000 años). Esto implica que una de las características que pertenece a los elementos esencialmente humanos, es esa disposición permanente a relacionarnos, tanto con el medio natural como con el medio social y todo lo que éstos abarcan, mediante el simbolismo. Y es de este simbolismo del que, en tanto a la intención de hallar respuestas inteligentes, bebe toda clase de espiritualidad existida, existente y por existir. Es del desprendimiento de ese ser instintivo, y por tanto, meramente condicionado por las necesidades inmediatas naturales, del que nace la tendencia a la elaboración de preguntas a las que, sin estar capacitado para responder minuciosa y objetivamente (dentro de lo posible), dedica el humano todos sus esfuerzos. Hallando así una serie de respuestas que, si bien se alejan indudablemente de la realidad como tal, constituyen por un lado, un motor para ulteriores preguntas del que deriva el desarrollo del conocimiento humano, y por otro un acto de autocomplacencia que acaba por satisfacer nuestras necesidades intelectuales, cosa lógica, pues sólo planteamos aquellas preguntas que somos capaces de responder.

Pero ahora bien, en el interior de este mundo en el que hallamos esa cadena interminable de preguntas y respuestas, nació una jerarquía, una estructura por la cual existían ciertas respuestas y, por tanto, ciertas preguntas que acuciaban más que otras. Pero, ¿Bajo qué criterio se le otorgaba mayor relevancia a unas preguntas que a otras? Bajo el criterio del miedo. Es así como las preguntas que nos suscita la idea de la muerte, la idea del génesis de nuestro mundo, o mismamente la idea de Dios/es, eclipsan a preguntas referidas a los fenómenos naturales tales como la explicación de la lluvia o de los rayos que caen a causa de una tormenta. Es en este caso el miedo lo que nos lleva a intentar hallar respuestas apresuradas y desesperadas ante aquellos fenómenos que inevitablemente podemos padecer en cualquier momento y que además nos afectan de manera directa. Es por ello que en un momento aún indefinido de la historia, esa misma clase de respuesta apresurada y desesperada de un individuo, llevó a otros tantos a seguirlo sin que la razón ejerciera su labor crítica, y a aquél motor que llevaba a los hombres a imitar y profesar ciegamente la doctrina que otro había pensado y manifestado se le designó con el nombre de "fe". Es a partir de este momento cuando la jerarquización que antes competía únicamente al ámbito intelectual, acaba por traspasarse al mundo material. Pues bajo el influjo que el miedo infligía en los hombres, éstos se lanzaron con los brazos abiertos a nuevas doctrinas que, lejos de liberarlos de aquella incertidumbre temerosa nacida a partir de la carencia de respuestas ante las preguntas relevantes anteriormente mencionadas, los esclavizaron ofreciendo una respuesta que acababa con su curiosidad innata y con cualquier desarrollo intelectual individual, original y propio. Esta influencia que aliena por completo a mayorías, esta doctrina fundamentada en la fe y en la que solamente caben respuestas dogmáticas inmutables, es en última instancia el germen de lo que hoy conocemos como poder.
El primer gobernante de la civilización no instauró su poder basándose de ninguna manera en el poder temporal, es decir, en el poder de la fuerza, de la violencia, de la autoridad, el poder terrenal. Sino que cimentó su hegemonía en la idea de que él mismo era el mesías, el portador de un mensaje divino cuyo alcance se desprendía de nuestro capado entendimiento. Ante una idea de tal calibre, ante la visión de una metodología tan abrumadora, que tan inabarcable resulta para cualquier razón que la piense, la única opción que quedó a aquellos hombres fue la de postrarse y arrojarse a la más profunda ilusión de dependencia, docilidad y esclavitud en la que, si nos persuadimos, se asienta cualquier tipo de poder conocido y por conocer.
 De hecho, el poder contra el que actualmente nos vemos enfrentados reúne todas las cualidades respecto al descrito, lo que ocurre es que en los tiempos que corren las religiones no solamente se limitan a los Dioses y la moral, sino que además ahora veneran a las cosas. Ya no son precisas aquellas preguntas metafísicas, éstas dejaron de poseer su relevancia en cuanto apareció la ciencia y su manera de analizar los fenómenos, ahora las antiguas religiones sólo son vestigios de lo que un día fueron, y frente a ellas se han abierto paso otras cuyo poder es muchísimo mayor. Las personas ya no temen a un Dios furioso, un Dios que les castigará al infierno por impíos, un Dios que los condenará o los llevará a la más absoluta miseria y ruina, ahora las personas temen a Dioses materiales, ahora temen al dinero, temen quedarse sin sustento, temen no poder trabajar (cosa que prácticamente equivale a la oración), temen a la empresa y al empresario (el nuevo mesías), y ante esto ven en el Estado su única protección, el único organismo que hace concesiones cuando todo lo demás condena al castigo de vivir en la servidumbre. Las personas han dejado de tener fe en los Dioses divinos para tenerla en los nuevos Dioses pertenecientes al mundo de las finanzas.
Pero no podemos olvidar por ello que el Estado tuvo ese mismo lugar que a día de hoy ocupan las empresas. Antes de que el Estado se convirtiera en el "Estado de bienestar", ya había utilizado éste las herramientas coercitivas que ofrecen las religiones antiguas para la perpetuación de su propia hegemonía, aunque tras la aparición de las ideas liberales y con el nacimiento de esta nueva religión comenzó a perder drásticamente su fuerza. Cosa que puede observarse en la actualidad cuando vemos que el Estado ha acabado por representar una simple marioneta respecto a las grandes empresas multinacionales.

En definitiva, el origen del poder dimana de la idea de dependencia que se desprendió del miedo natural a lo desconocido, y es de él del que se originan las ideas religiosas, acabando por erigirse así la estructura jerárquica cimentada en la fe y el dogmatismo del que unos pocos se hacen responsables, dotándose a sí mismos de capacidades divinas que inducen a las masas a una ilusión de dependencia por la cual terminan siendo esclavos dóciles y sin capacidad de autodeterminación. Por ésto, a la pregunta "¿Es necesario creer?", respondo rotundamente que no. Solamente es necesario creer si lo único que rige tu vida es el miedo, ya sea a la muerte, a lo desconocido, o a seres superiores ilusorios. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Heridas sanadoras.

Cómo sus brazos me arropan,
cómo se aparta y no envidia,
cómo su manto ataviado
con sencilla y pura vida,
me acogen, me dotan,
de enorme fuerza y valentía.

Su cara hace una mueca,
de su profunda alegría.
Él, ella, saben que un día
abandonaré esta esquina fría.

Obscuridad atrevida,
me arrojo a su mar maldito,
me entrego a la noche henchida
de vasta tierra baldía.

¡Muerte y dolor!
Que acaban con mi razón,
que me conducen al odio,
a sentirme un estorbo.

Aquella cuchilla ardiente
con infinito desdén
actúa como un desierto
que nubla mi corazón,
y no sin razón,
mis manos me atormentan,
y no sin razón,
me despedazan por dentro,
pues por más que lo intento,
por más que vivo el momento,
no hallo cobijo alguno
del que no salga sin heridas.

domingo, 17 de mayo de 2015

Nada.

"No esperes nada de mí. Que nadie espere nada de mí."

Ayer conocí el amor:
una flor de espinas huecas
una mueca de dolor.

Vivencié con gran pasión,
con indomable fervor,
la ternura y el sangrado,
del vacío corazón.

Ya no valen ornamentos,
ni delirios matutinos,
ni volcanes explosivos
que acababan por ardernos.

Ni visiones, ni dulzura,
ni locura, ni agonía,
ni lujuria, ni deseo,
sólo el profundo aleteo
de cientos de águilas ciegos,
de miles de perros sin amo,
de enormes bandadas sin canto,
de agónicas turbas sin nombre, 
de hermoso arte sin hombre,
de absurda muerte vivida,
de lisiados sin heridas,
de borrachos sin bebida,
y de vivos 
sin vida.


sábado, 25 de abril de 2015

Despiértame.

Despiértame,
y dime que todo 
ha sido un sueño.
Que con gran entusiasmo
yo prosigo mi vuelo.

Y que tú y tus alas,
danzan al viento.

Despiértame,
y dime si el tiempo
nos ha envejecido.
Si tu cara y mi cara
se han diluido.

Y que todos los males
acaban muriendo.
Como el sol y su ocaso,
que le lleva al destierro.

Despiértame,
y que yo y mis abrazos
desvanezcan el frío.
Y que versos hermosos
te sirvan de abrigo.

Y si no, te lo digo:
que muramos helados,
tras intentos funestos,
que nos lleven las larvas,
que nos mate el destino,
pero por favor te pido,
flor de alambre y espino,
que jamás seas tú
la que acabe conmigo.

lunes, 20 de abril de 2015

La condena a la subjetividad.

Un caminante vaga por un sendero, la noche en su inmensidad y colosal influencia se cierne sobre su cabeza. Sus pasos, débiles y laxos en comparación con la gigantesca superficie que los recibe, son realizados mecánicamente. Un viento frío se introduce en su chaqueta y pretende no marcharse. Los dedos del caminante se enrojecen y no parecen ser útiles, pues ni siquiera es capaz de moverlos.

Los dedos dejan de ser útiles cuando no pueden cumplir su función, y así es como ocurre con absolutamente todo, ¿No es así? Pero, ¿Qué es útil y qué no lo es? ¿No es acaso esta idea una manera antropocéntrica de visualizar el mundo, de percibir aquello que nos rodea?

Su rostro es una masa irregular y difusa. Negras y pobladas cejas, labios morados, ojos negros; llenos de sufrimiento y miseria, una calvicie ya muy avanzada, arrugas que arrancaban su juventud como los jornaleros dan muerte arrancando las raíces de infinidad de hortalizas. 

Nada en su camino era ya repentino, 
toda su conciencia encerrada
en su bota de vino.

Ninguna alegría podría hacerle atrevido.

Él siempre repite las mismas palabras ajadas:
El ser vivo se marcha por el lugar del que vino.

Díjole al viento: guíame, que no atino
a encontrar el término de este mi destino,
pero sintióse vencido 
pues la única respuesta
fue la de encontrar hastío.

No conseguirás sentencia 
díjole un sabio dormido,
y se reunió con la muerte
tras no poder sentir el frío.

El hombre aulló a la penumbra que alberga la noche, un destello seco le susurró al oído, era el viento, que ahora le brindaba cobijo, pues precisaba de contacto; algún tipo de fuerza extraña y externa que le sirviera de manto. Su aullido se volvió hacia él en forma de eco, aquél lugar era el abismo, un horizonte negro y blanco, un horizonte cuya magnitud y belleza dependían de una perspectiva concreta. Aquél hombre se echó a dormir en el suelo del lugar, hallaba paz en el áspero camino en el que ahora sus brazos se hundían, era actualmente su cuerpo lo único que le protegía, sus manos se tendieron, su cabeza se posó, y sus pensamientos fluyeron entre tanta nada.

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Humanos, en castellano, nos hacemos llamar. Creemos ser el centro de la vida y la verdad, nos jactamos en nuestra creencia del saber, nos regocijamos con cada clasificación, con cada análisis que realizamos en tanto a premisas inciertas, en tanto a certezas que nunca lo fueron. Veneramos una verdad que no existe, creamos dogmas sin dudar ni un segundo, creemos en una causalidad por inercia, la misma que nos hizo nacer. Y así cabalgamos hacia puntos, metas, destinos que antaño considerábamos inquebrantables e inhóspitos para con nuestro conocimiento. 
Es así como nos engañamos, es así como traemos la paz a un fuero interno en continua y desesperada confrontación angosta. Angosta porque se trata de individuos, de simples seres que, en su particularidad corrompida por la desidia y el absurdo de los otros, creen creer, saber, estar seguros y conocer verdades que trascienden de las meras y superfluas interpretaciones.

Yo, cansado de tantas necedades insulsas, os ofrezco una única verdad: que la verdad no existe. 

Podréis creerme o no, podéis despreciarme aplicándome el dudoso calificativo de contradictorio, pero no hay más que eso. 
Es preciso que me explique, por lo que me dispongo a hacerlo. La existencia, la vida misma, el ser, implica necesariamente una perspectiva, implica pertenecer a un punto determinado dentro de un todo. Existir, de este modo, implica posicionarse en un lugar determinado por una serie de factores que resultan incomprensibles para cualquier mente, pues, en ese sentido, cualquier mente no se enfoca en desentrañar tales factores misteriosos, tales estancias ininteligibles. Toda mente, desde la más simple hasta la más compleja, gira en torno a sí misma. Es por esto que, en el interior de tal metodología de pensamiento de la que ningún ser racional puede despojarse, nada que se se pueda alcanzar a vislumbrar siquiera es cierto de manera absoluta.
Esto ocurre, como ya he dicho, tanto en organismos simples como en complejos; el perro, por ejemplo, no percibe el mundo de la misma manera que lo puede llegar a hacer el gato, y si me pongo más concreto aún, los motivos por los cuales el perro y el gato derrochan carencia de simpatía el uno por el otro, tienen que ver, no porque se hallen destinados a hacerlo por causas superiores, sino porque entre otros muchos factores (quizá más importantes pero no me vienen ahora a la mente), el perro mueve la cola cuando se encuentra feliz, cosa que, con suerte, le ocurre muy a menudo, y el gato, desde su perspectiva particular, concibe tal movimiento como una amenaza, y es así como podemos hallar innumerables casos de enfrentamientos entre ambas especies cuando, por una causa u otra (mayormente por asuntos domésticos pertenecientes al ámbito humano), estas dos especies tienen que lidiar la una con la otra.

Una visión de un mundo implica necesariamente una construcción de un mundo, el humano, en su existencia, es incapaz de concebir "el mundo" (así lo llama), sin plantear pregunta alguna. Aparentemente da la impresión de que las preguntas que le emergen al humano son síntoma de mayor acercamiento a una verdad, y sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues hasta tales preguntas se hallan condicionadas de una manera o de otra por la estancia, la metodología, la comunidad, y hasta su autoconciencia. Por no hablar de que tales planteamientos reflexivos no son más que el efecto de una causa bien diferenciada y que, a su vez, a todos nos pone en común, la naturaleza terrenal. Esa madre que amamanta a cualesquiera que sean los seres que conocemos en la actualidad, y esa misma que curiosamente pretendemos hallar en otros mundos allá en el espacio exterior, intentando encontrar vida. Pues consideramos, en este apogeo positivista, que calificando y analizando ciertas condiciones somos capaces de hallar lo que solamente hemos hallado aquí. Y no digo que tal cosa no sea cierta, lo que digo es que tal cosa es una certeza humana, y por tanto, no una verdad absoluta.

Cuando se le niega a cualquier individuo que desconoce la filosofía la existencia de la verdad, éste se turba por completo y toma una posición defensiva. Y es que la negación de aquello que tan bien nos hace sentir nos suscita sentimientos de incomodidad y desasosiego al encontrarnos con un abismo henchido de preguntas que, en ese mismo instante, dialoga con nosotros trayendo consigo un mensaje muy claro y frustrante para cualquier ser que lance sus pesquisas hacia la aventura que representa la búsqueda de la verdad: ninguna de tus preguntas puede ser resuelta, pero te hallas condenado a buscar respuestas.
Y es así como volvemos a lo anteriormente dicho; todo son meras interpretaciones, y todas las interpretaciones precisan de la creación de una serie de preceptos cuyo objeto no sea otro más que el de ofrecer posibilidad de vivir, de ser, de existir. Es así como vives, es así como todos los seres vivimos, pues siendo de tal manera (y hallándonos condenados a ser de tal manera), nos facilitamos ese mundo, esa realidad, propia y común, que necesitamos para continuar y perpetuarnos, ese es el único objeto claro de la vida; la perpetuación. Y la subjetividad, esta percepción particular que, naturalmente, en humanos se halla condicionada por la comunidad, no es más que una forma de permanecer caminando por las sendas del ser.

Pongamos unos pocos ejemplos para lograr así una mayor claridad y precisión a la hora de mostrar y demostrar lo que aquí manifiesto.

Podemos afirmar que existimos, y también, podemos afirmar que el motivo por el cual existimos es que hemos nacido, y esto debe, de manera directa y axiomática, haber involucrado a la figura de dos progenitores, pues así es como la naturaleza funciona. Sin embargo, lo que en realidad estaríamos haciendo es describir lo que nosotros suponemos que ha de haber sido en tanto a una lógica anteriormente mencionada, la causalidad.
Habiendo sido concebidos por esta lógica, jamás somos ni seremos capaces de despojarnos de su influjo a la hora de responder aquellas preguntas que nos suscita lo que percibimos, y por tanto, al depender de un pensamiento condicionado por una lógica inherente al mismo, nos resultará imposible razonar una verdad cuya independencia le dote de un carácter absoluto, pues para ser pensada, precisa de una metodología concreta, y no emerge como tal. De hecho, pensar en que una verdad puede emerger de entre el fango, como si existiera una fuerza motora que la erigiese, sería pecar y caer en un idealismo burdo y barato.
También podemos afirmar que, al haber nacido y estar vivos, moriremos en algún momento de nuestra vida, pero, ¿No son esas elucubraciones que solamente se reducen a nuestro propio ser? ¿Son verdades absolutas o percepciones que única y exclusivamente nos competen a nosotros mismos, y no representan ninguna verdad más allá de lo que a nuestro raciocinio le parece trascendente? ¿No se someten, una vez más, a una lógica causal de la que nos resulta imposible despojarnos, y que demuestra de nuevo nuestra incapacidad para movernos más allá de tal metodología que nos dio la vida?

Por otra parte encontramos la idea de que el conocimiento nos dota de la capacidad para alcanzar tales verdades que, como ya he dicho, no existen.
Esta idea está obsoleta no porque no se deba construir más y nuevo conocimiento con motivo de continuar existiendo, creando y transmitiendo todas las experiencias con el objeto de que futuras generaciones no erren, sino porque el conocimiento, por más que se piense, jamás ha tenido como meta el alcanzar la verdad, de hecho, todo lo contrario. Pues en su búsqueda siempre ha profundizado por senderos oscuros y sombríos para arrojar luz, sin saber que tales senderos eran construidos por él mismo, y que además, la luz que arroja sobre ellos se refiere única y exclusivamente a él mismo, y no a la búsqueda de la verdad. El humano a escudriñado toda clase de teorías con el fin de responderse a sí mismo, y de tal manera, conseguir una satisfacción que a su vez ha sido colocada en tal lugar por la naturaleza terrenal. Como seres humanos somos dotados de una herramienta que genera herramientas, una forma de creación. Se nos dota de la capacidad de la que, hasta ahora, sólo se había responsabilizado la naturaleza terrenal, y ésta nos la ofrece de manera muy inteligente, pues si añadimos nuestra vanidad a ello, conseguimos desentrañar la esencia de todo el conocimiento humano hasta el momento. Y al no referirse este conocimiento a la totalidad, pues nos resulta completamente imposible tomar una perspectiva que abarque la totalidad, a menos que caigamos en el inverosímil mundo de la imaginación referida a nuestro anhelo de conservación vital, o lo que es lo mismo, la religión, jamás seremos capaces de desentrañar las verdades que no se refieran a otra cosa que no sea a nosotros mismos, y por tanto, que sirvan a nuestras propias necesidades de responder nuestras preguntas. Cierto es que podríamos afirmar que el conocimiento siempre se enfoca en la búsqueda de la verdad, pero deberíamos matizar que tal "verdad" no es más que una respuesta humana, un escalón fijo y fósil por el que poder continuar avanzando en la creación de nuestro propio camino en tanto a tal verdad preconcebida de la manera más ingenua posible.

Por otro lado, me veo en la obligación de tratar el tema del lenguaje para continuar defendiendo esta idea. Es bien reconocido por cualquiera que estudie mínimamente todos los procesos cerebrales referidos a nuestra inteligencia, que la base de todo nuestro aprendizaje, de la asimilación y la clasificación ordenada de todo lo que nos rodea, es posible sólo mediante el uso de conceptos, o lo que es lo mismo, del lenguaje. Por lo general, se piensa que el lenguaje no es más que una herramienta comunicativa, pero lejos de ser únicamente tal cosa, es además el fundamento de todo nuestro razonamiento. Pensamos mediante las palabras y no somos capaces de concebir absolutamente nada si carecemos de las mismas. Todos los razonamientos precisan de conceptos para referirse a las realidades que se quieren mostrar, y es esa en realidad la esencia de las palabras; la representación de realidades que percibimos, y la pretensión de unificar tales realidades con un lenguaje que se rige en tanto a normas sociales y que, así mismo, se configura de tal manera que seamos capaces de entendernos. El problema que nos plantea el lenguaje es que es en y por sí mismo un engaño, pues una palabra puede exclusivamente referirse a algo, pero jamás integrarse en ese algo. Es decir, un concepto puede reflejar una realidad percibida, sin embargo, sólo es posible un entendimiento si el receptor se ha sometido al aprendizaje de las diferentes reglamentaciones que dan lugar a la comprensión de tal concepto, e incluso de tal manera, la verdadera realidad de tal concepto jamás podrá ser concebida de la misma manera, pues percibimos y razonamos desde nuestro yo, incluyendo en este yo, toda una serie de experiencias y estructuras mentales completamente diferentes y que poco o nada tienen que ver con el concepto en sí, sino con la configuración cerebral, la cultura, la educación... Y toda una serie de factores que, en muchos de los casos, se desprenden de nuestra propia capacidad de análisis.
Por otro lado, un concepto puede referirse a un objeto, sin embargo es sabido que ningún objeto es único, y que incluso el hecho mismo de afirmar que tal objeto es solamente "uno", es una falsedad, pero sin entrar en tales profundidades, podemos afirmar que, por ejemplo, ninguna manzana es igual a otra, y por tanto, la palabra manzana jamás puede referirse a una misma y única realidad. Pero aún así, si pretendiéramos referirnos a una manzana inmutable y fija, el lenguaje no nos serviría en absoluto de ayuda, pues, como bien sabemos, ningún objeto es en sí mismo de manera invariable, puesto que todo se halla sometido al cambio que supone el tiempo, por tanto, el concepto de manzana podría referirse a una manzana concreta en un espacio y tiempo particulares, pero jamás a una sola idea de manzana, ya que cada uno concibe una por sí mismo. Debemos, por todo ello, afirmar que el lenguaje sólo es capaz de abarcar ideas comunes que, en ningún caso, se refieren a realidades siquiera verosímiles, y es por eso que, en una ilusoria búsqueda de la verdad, el lenguaje no serviría para nada más que para enjaular el conocimiento.
Si sois avispados, os habréis persuadido ya de que todo lo dicho implica que el lenguaje es la máxima expresión de esa necesidad de conservación llevada hasta los extremos más inimaginables, pues se tiene una fe ciega en que unos cuantos fonemas o unas cuantas letras en conjunto son capaces de referirse a realidades que, única y exclusivamente competen a nuestros sentidos y que, así mismo, éstos se hallan condicionados por la causalidad y la necesidad de relación entre pregunta/respuesta a la que todos debemos nuestro desarrollo cultural.

Y para terminar, me gustaría advertirles de que nada de lo que han leído aquí es verdad en modo alguno, pero que ello no sirva como desaliento, todo este texto no es más que un juego de palabras que intentan transmitir la única y contradictoria verdad que puede darse: que no hay verdad, que no hay nada y que nada hay.

jueves, 16 de abril de 2015

¿Sabe vivir?

El árbol que crece, ¿Sabe vivir?
Así mismo mece
sus hojas al son
de incansables melodías que el viento le suscita.

El alce y sus cuernos, ¿Sabe vivir?
Es su gran cornamenta
codiciada por los hombres
como ramas se levanta frente al cielo azul.

El caballo y su pelaje, ¿Sabe vivir?
Sus músculos superan
cualquier fuerza imaginable.
Con sus crines, cabalgando, corta el aire.

El tigre y sus fauces ¿Sabe vivir?
Y sus garras desgarraron,
y sus dientes afilados devoraron.
Con sus ojos de felino impide exhalar aliento.

¿Saben ellos vivir?
¿Viven vidas miserables
por no saber vivir?

El hombre y su mente ¿Sabe vivir?
En su astucia
la pregunta.
¡Cuántos años divagando sin saber vivir!

En su astucia
 la pregunta.
En su vida 
la verdad:
Unas olas que desgastan mientras fluyen sin parar.

Son sus pasos un gran paso,
mientras vive, caminando,
sin mirar más que el camino,
sin poder con su destino.

Condenado a su existencia,
a su profunda inteligencia.
Vagando entre cuestiones.

Sólo están en su cabeza.