viernes, 29 de mayo de 2015

Heridas sanadoras.

Cómo sus brazos me arropan,
cómo se aparta y no envidia,
cómo su manto ataviado
con sencilla y pura vida,
me acogen, me dotan,
de enorme fuerza y valentía.

Su cara hace una mueca,
de su profunda alegría.
Él, ella, saben que un día
abandonaré esta esquina fría.

Obscuridad atrevida,
me arrojo a su mar maldito,
me entrego a la noche henchida
de vasta tierra baldía.

¡Muerte y dolor!
Que acaban con mi razón,
que me conducen al odio,
a sentirme un estorbo.

Aquella cuchilla ardiente
con infinito desdén
actúa como un desierto
que nubla mi corazón,
y no sin razón,
mis manos me atormentan,
y no sin razón,
me despedazan por dentro,
pues por más que lo intento,
por más que vivo el momento,
no hallo cobijo alguno
del que no salga sin heridas.

domingo, 17 de mayo de 2015

Nada.

"No esperes nada de mí. Que nadie espere nada de mí."

Ayer conocí el amor:
una flor de espinas huecas
una mueca de dolor.

Vivencié con gran pasión,
con indomable fervor,
la ternura y el sangrado,
del vacío corazón.

Ya no valen ornamentos,
ni delirios matutinos,
ni volcanes explosivos
que acababan por ardernos.

Ni visiones, ni dulzura,
ni locura, ni agonía,
ni lujuria, ni deseo,
sólo el profundo aleteo
de cientos de águilas ciegos,
de miles de perros sin amo,
de enormes bandadas sin canto,
de agónicas turbas sin nombre, 
de hermoso arte sin hombre,
de absurda muerte vivida,
de lisiados sin heridas,
de borrachos sin bebida,
y de vivos 
sin vida.


sábado, 25 de abril de 2015

Despiértame.

Despiértame,
y dime que todo 
ha sido un sueño.
Que con gran entusiasmo
yo prosigo mi vuelo.

Y que tú y tus alas,
danzan al viento.

Despiértame,
y dime si el tiempo
nos ha envejecido.
Si tu cara y mi cara
se han diluido.

Y que todos los males
acaban muriendo.
Como el sol y su ocaso,
que le lleva al destierro.

Despiértame,
y que yo y mis abrazos
desvanezcan el frío.
Y que versos hermosos
te sirvan de abrigo.

Y si no, te lo digo:
que muramos helados,
tras intentos funestos,
que nos lleven las larvas,
que nos mate el destino,
pero por favor te pido,
flor de alambre y espino,
que jamás seas tú
la que acabe conmigo.

lunes, 20 de abril de 2015

La condena a la subjetividad.

Un caminante vaga por un sendero, la noche en su inmensidad y colosal influencia se cierne sobre su cabeza. Sus pasos, débiles y laxos en comparación con la gigantesca superficie que los recibe, son realizados mecánicamente. Un viento frío se introduce en su chaqueta y pretende no marcharse. Los dedos del caminante se enrojecen y no parecen ser útiles, pues ni siquiera es capaz de moverlos.

Los dedos dejan de ser útiles cuando no pueden cumplir su función, y así es como ocurre con absolutamente todo, ¿No es así? Pero, ¿Qué es útil y qué no lo es? ¿No es acaso esta idea una manera antropocéntrica de visualizar el mundo, de percibir aquello que nos rodea?

Su rostro es una masa irregular y difusa. Negras y pobladas cejas, labios morados, ojos negros; llenos de sufrimiento y miseria, una calvicie ya muy avanzada, arrugas que arrancaban su juventud como los jornaleros dan muerte arrancando las raíces de infinidad de hortalizas. 

Nada en su camino era ya repentino, 
toda su conciencia encerrada
en su bota de vino.

Ninguna alegría podría hacerle atrevido.

Él siempre repite las mismas palabras ajadas:
El ser vivo se marcha por el lugar del que vino.

Díjole al viento: guíame, que no atino
a encontrar el término de este mi destino,
pero sintióse vencido 
pues la única respuesta
fue la de encontrar hastío.

No conseguirás sentencia 
díjole un sabio dormido,
y se reunió con la muerte
tras no poder sentir el frío.

El hombre aulló a la penumbra que alberga la noche, un destello seco le susurró al oído, era el viento, que ahora le brindaba cobijo, pues precisaba de contacto; algún tipo de fuerza extraña y externa que le sirviera de manto. Su aullido se volvió hacia él en forma de eco, aquél lugar era el abismo, un horizonte negro y blanco, un horizonte cuya magnitud y belleza dependían de una perspectiva concreta. Aquél hombre se echó a dormir en el suelo del lugar, hallaba paz en el áspero camino en el que ahora sus brazos se hundían, era actualmente su cuerpo lo único que le protegía, sus manos se tendieron, su cabeza se posó, y sus pensamientos fluyeron entre tanta nada.

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Humanos, en castellano, nos hacemos llamar. Creemos ser el centro de la vida y la verdad, nos jactamos en nuestra creencia del saber, nos regocijamos con cada clasificación, con cada análisis que realizamos en tanto a premisas inciertas, en tanto a certezas que nunca lo fueron. Veneramos una verdad que no existe, creamos dogmas sin dudar ni un segundo, creemos en una causalidad por inercia, la misma que nos hizo nacer. Y así cabalgamos hacia puntos, metas, destinos que antaño considerábamos inquebrantables e inhóspitos para con nuestro conocimiento. 
Es así como nos engañamos, es así como traemos la paz a un fuero interno en continua y desesperada confrontación angosta. Angosta porque se trata de individuos, de simples seres que, en su particularidad corrompida por la desidia y el absurdo de los otros, creen creer, saber, estar seguros y conocer verdades que trascienden de las meras y superfluas interpretaciones.

Yo, cansado de tantas necedades insulsas, os ofrezco una única verdad: que la verdad no existe. 

Podréis creerme o no, podéis despreciarme aplicándome el dudoso calificativo de contradictorio, pero no hay más que eso. 
Es preciso que me explique, por lo que me dispongo a hacerlo. La existencia, la vida misma, el ser, implica necesariamente una perspectiva, implica pertenecer a un punto determinado dentro de un todo. Existir, de este modo, implica posicionarse en un lugar determinado por una serie de factores que resultan incomprensibles para cualquier mente, pues, en ese sentido, cualquier mente no se enfoca en desentrañar tales factores misteriosos, tales estancias ininteligibles. Toda mente, desde la más simple hasta la más compleja, gira en torno a sí misma. Es por esto que, en el interior de tal metodología de pensamiento de la que ningún ser racional puede despojarse, nada que se se pueda alcanzar a vislumbrar siquiera es cierto de manera absoluta.
Esto ocurre, como ya he dicho, tanto en organismos simples como en complejos; el perro, por ejemplo, no percibe el mundo de la misma manera que lo puede llegar a hacer el gato, y si me pongo más concreto aún, los motivos por los cuales el perro y el gato derrochan carencia de simpatía el uno por el otro, tienen que ver, no porque se hallen destinados a hacerlo por causas superiores, sino porque entre otros muchos factores (quizá más importantes pero no me vienen ahora a la mente), el perro mueve la cola cuando se encuentra feliz, cosa que, con suerte, le ocurre muy a menudo, y el gato, desde su perspectiva particular, concibe tal movimiento como una amenaza, y es así como podemos hallar innumerables casos de enfrentamientos entre ambas especies cuando, por una causa u otra (mayormente por asuntos domésticos pertenecientes al ámbito humano), estas dos especies tienen que lidiar la una con la otra.

Una visión de un mundo implica necesariamente una construcción de un mundo, el humano, en su existencia, es incapaz de concebir "el mundo" (así lo llama), sin plantear pregunta alguna. Aparentemente da la impresión de que las preguntas que le emergen al humano son síntoma de mayor acercamiento a una verdad, y sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues hasta tales preguntas se hallan condicionadas de una manera o de otra por la estancia, la metodología, la comunidad, y hasta su autoconciencia. Por no hablar de que tales planteamientos reflexivos no son más que el efecto de una causa bien diferenciada y que, a su vez, a todos nos pone en común, la naturaleza terrenal. Esa madre que amamanta a cualesquiera que sean los seres que conocemos en la actualidad, y esa misma que curiosamente pretendemos hallar en otros mundos allá en el espacio exterior, intentando encontrar vida. Pues consideramos, en este apogeo positivista, que calificando y analizando ciertas condiciones somos capaces de hallar lo que solamente hemos hallado aquí. Y no digo que tal cosa no sea cierta, lo que digo es que tal cosa es una certeza humana, y por tanto, no una verdad absoluta.

Cuando se le niega a cualquier individuo que desconoce la filosofía la existencia de la verdad, éste se turba por completo y toma una posición defensiva. Y es que la negación de aquello que tan bien nos hace sentir nos suscita sentimientos de incomodidad y desasosiego al encontrarnos con un abismo henchido de preguntas que, en ese mismo instante, dialoga con nosotros trayendo consigo un mensaje muy claro y frustrante para cualquier ser que lance sus pesquisas hacia la aventura que representa la búsqueda de la verdad: ninguna de tus preguntas puede ser resuelta, pero te hallas condenado a buscar respuestas.
Y es así como volvemos a lo anteriormente dicho; todo son meras interpretaciones, y todas las interpretaciones precisan de la creación de una serie de preceptos cuyo objeto no sea otro más que el de ofrecer posibilidad de vivir, de ser, de existir. Es así como vives, es así como todos los seres vivimos, pues siendo de tal manera (y hallándonos condenados a ser de tal manera), nos facilitamos ese mundo, esa realidad, propia y común, que necesitamos para continuar y perpetuarnos, ese es el único objeto claro de la vida; la perpetuación. Y la subjetividad, esta percepción particular que, naturalmente, en humanos se halla condicionada por la comunidad, no es más que una forma de permanecer caminando por las sendas del ser.

Pongamos unos pocos ejemplos para lograr así una mayor claridad y precisión a la hora de mostrar y demostrar lo que aquí manifiesto.

Podemos afirmar que existimos, y también, podemos afirmar que el motivo por el cual existimos es que hemos nacido, y esto debe, de manera directa y axiomática, haber involucrado a la figura de dos progenitores, pues así es como la naturaleza funciona. Sin embargo, lo que en realidad estaríamos haciendo es describir lo que nosotros suponemos que ha de haber sido en tanto a una lógica anteriormente mencionada, la causalidad.
Habiendo sido concebidos por esta lógica, jamás somos ni seremos capaces de despojarnos de su influjo a la hora de responder aquellas preguntas que nos suscita lo que percibimos, y por tanto, al depender de un pensamiento condicionado por una lógica inherente al mismo, nos resultará imposible razonar una verdad cuya independencia le dote de un carácter absoluto, pues para ser pensada, precisa de una metodología concreta, y no emerge como tal. De hecho, pensar en que una verdad puede emerger de entre el fango, como si existiera una fuerza motora que la erigiese, sería pecar y caer en un idealismo burdo y barato.
También podemos afirmar que, al haber nacido y estar vivos, moriremos en algún momento de nuestra vida, pero, ¿No son esas elucubraciones que solamente se reducen a nuestro propio ser? ¿Son verdades absolutas o percepciones que única y exclusivamente nos competen a nosotros mismos, y no representan ninguna verdad más allá de lo que a nuestro raciocinio le parece trascendente? ¿No se someten, una vez más, a una lógica causal de la que nos resulta imposible despojarnos, y que demuestra de nuevo nuestra incapacidad para movernos más allá de tal metodología que nos dio la vida?

Por otra parte encontramos la idea de que el conocimiento nos dota de la capacidad para alcanzar tales verdades que, como ya he dicho, no existen.
Esta idea está obsoleta no porque no se deba construir más y nuevo conocimiento con motivo de continuar existiendo, creando y transmitiendo todas las experiencias con el objeto de que futuras generaciones no erren, sino porque el conocimiento, por más que se piense, jamás ha tenido como meta el alcanzar la verdad, de hecho, todo lo contrario. Pues en su búsqueda siempre ha profundizado por senderos oscuros y sombríos para arrojar luz, sin saber que tales senderos eran construidos por él mismo, y que además, la luz que arroja sobre ellos se refiere única y exclusivamente a él mismo, y no a la búsqueda de la verdad. El humano a escudriñado toda clase de teorías con el fin de responderse a sí mismo, y de tal manera, conseguir una satisfacción que a su vez ha sido colocada en tal lugar por la naturaleza terrenal. Como seres humanos somos dotados de una herramienta que genera herramientas, una forma de creación. Se nos dota de la capacidad de la que, hasta ahora, sólo se había responsabilizado la naturaleza terrenal, y ésta nos la ofrece de manera muy inteligente, pues si añadimos nuestra vanidad a ello, conseguimos desentrañar la esencia de todo el conocimiento humano hasta el momento. Y al no referirse este conocimiento a la totalidad, pues nos resulta completamente imposible tomar una perspectiva que abarque la totalidad, a menos que caigamos en el inverosímil mundo de la imaginación referida a nuestro anhelo de conservación vital, o lo que es lo mismo, la religión, jamás seremos capaces de desentrañar las verdades que no se refieran a otra cosa que no sea a nosotros mismos, y por tanto, que sirvan a nuestras propias necesidades de responder nuestras preguntas. Cierto es que podríamos afirmar que el conocimiento siempre se enfoca en la búsqueda de la verdad, pero deberíamos matizar que tal "verdad" no es más que una respuesta humana, un escalón fijo y fósil por el que poder continuar avanzando en la creación de nuestro propio camino en tanto a tal verdad preconcebida de la manera más ingenua posible.

Por otro lado, me veo en la obligación de tratar el tema del lenguaje para continuar defendiendo esta idea. Es bien reconocido por cualquiera que estudie mínimamente todos los procesos cerebrales referidos a nuestra inteligencia, que la base de todo nuestro aprendizaje, de la asimilación y la clasificación ordenada de todo lo que nos rodea, es posible sólo mediante el uso de conceptos, o lo que es lo mismo, del lenguaje. Por lo general, se piensa que el lenguaje no es más que una herramienta comunicativa, pero lejos de ser únicamente tal cosa, es además el fundamento de todo nuestro razonamiento. Pensamos mediante las palabras y no somos capaces de concebir absolutamente nada si carecemos de las mismas. Todos los razonamientos precisan de conceptos para referirse a las realidades que se quieren mostrar, y es esa en realidad la esencia de las palabras; la representación de realidades que percibimos, y la pretensión de unificar tales realidades con un lenguaje que se rige en tanto a normas sociales y que, así mismo, se configura de tal manera que seamos capaces de entendernos. El problema que nos plantea el lenguaje es que es en y por sí mismo un engaño, pues una palabra puede exclusivamente referirse a algo, pero jamás integrarse en ese algo. Es decir, un concepto puede reflejar una realidad percibida, sin embargo, sólo es posible un entendimiento si el receptor se ha sometido al aprendizaje de las diferentes reglamentaciones que dan lugar a la comprensión de tal concepto, e incluso de tal manera, la verdadera realidad de tal concepto jamás podrá ser concebida de la misma manera, pues percibimos y razonamos desde nuestro yo, incluyendo en este yo, toda una serie de experiencias y estructuras mentales completamente diferentes y que poco o nada tienen que ver con el concepto en sí, sino con la configuración cerebral, la cultura, la educación... Y toda una serie de factores que, en muchos de los casos, se desprenden de nuestra propia capacidad de análisis.
Por otro lado, un concepto puede referirse a un objeto, sin embargo es sabido que ningún objeto es único, y que incluso el hecho mismo de afirmar que tal objeto es solamente "uno", es una falsedad, pero sin entrar en tales profundidades, podemos afirmar que, por ejemplo, ninguna manzana es igual a otra, y por tanto, la palabra manzana jamás puede referirse a una misma y única realidad. Pero aún así, si pretendiéramos referirnos a una manzana inmutable y fija, el lenguaje no nos serviría en absoluto de ayuda, pues, como bien sabemos, ningún objeto es en sí mismo de manera invariable, puesto que todo se halla sometido al cambio que supone el tiempo, por tanto, el concepto de manzana podría referirse a una manzana concreta en un espacio y tiempo particulares, pero jamás a una sola idea de manzana, ya que cada uno concibe una por sí mismo. Debemos, por todo ello, afirmar que el lenguaje sólo es capaz de abarcar ideas comunes que, en ningún caso, se refieren a realidades siquiera verosímiles, y es por eso que, en una ilusoria búsqueda de la verdad, el lenguaje no serviría para nada más que para enjaular el conocimiento.
Si sois avispados, os habréis persuadido ya de que todo lo dicho implica que el lenguaje es la máxima expresión de esa necesidad de conservación llevada hasta los extremos más inimaginables, pues se tiene una fe ciega en que unos cuantos fonemas o unas cuantas letras en conjunto son capaces de referirse a realidades que, única y exclusivamente competen a nuestros sentidos y que, así mismo, éstos se hallan condicionados por la causalidad y la necesidad de relación entre pregunta/respuesta a la que todos debemos nuestro desarrollo cultural.

Y para terminar, me gustaría advertirles de que nada de lo que han leído aquí es verdad en modo alguno, pero que ello no sirva como desaliento, todo este texto no es más que un juego de palabras que intentan transmitir la única y contradictoria verdad que puede darse: que no hay verdad, que no hay nada y que nada hay.

jueves, 16 de abril de 2015

¿Sabe vivir?

El árbol que crece, ¿Sabe vivir?
Así mismo mece
sus hojas al son
de incansables melodías que el viento le suscita.

El alce y sus cuernos, ¿Sabe vivir?
Es su gran cornamenta
codiciada por los hombres
como ramas se levanta frente al cielo azul.

El caballo y su pelaje, ¿Sabe vivir?
Sus músculos superan
cualquier fuerza imaginable.
Con sus crines, cabalgando, corta el aire.

El tigre y sus fauces ¿Sabe vivir?
Y sus garras desgarraron,
y sus dientes afilados devoraron.
Con sus ojos de felino impide exhalar aliento.

¿Saben ellos vivir?
¿Viven vidas miserables
por no saber vivir?

El hombre y su mente ¿Sabe vivir?
En su astucia
la pregunta.
¡Cuántos años divagando sin saber vivir!

En su astucia
 la pregunta.
En su vida 
la verdad:
Unas olas que desgastan mientras fluyen sin parar.

Son sus pasos un gran paso,
mientras vive, caminando,
sin mirar más que el camino,
sin poder con su destino.

Condenado a su existencia,
a su profunda inteligencia.
Vagando entre cuestiones.

Sólo están en su cabeza.


sábado, 28 de marzo de 2015

"Lucha por lograr tus sueños." La teoría Orwelliana del liberalismo.

No alcanzo a reconocer cuántas habrán sido las veces que he leído una frase igual o similar a la del título de este artículo. Se han realizado películas y libros enteros entorno a esta misma idea, esa concepción de la vida como un camino repleto de metas que han de ser alcanzadas mediante el esfuerzo y el sacrificio.
Personalmente no voy a negar que la vida es en sí misma una lucha constante por existir, aunque esta idea compete a un artículo próximo, pero el problema se nos echa encima cuando nos preguntamos cuál es el enfoque que, por lo general, se suele aplicar a tal premisa.

Lucha por tus sueños, consigue tus objetivos, trabaja duro y alcanzarás el éxito, todas ellas son consignas muy motivadoras, y probablemente vosotros que me leéis estaréis de acuerdo con ellas. Incluso me atrevería a decir que os encontráis leyendo esto esperando un texto motivador, puesto que hoy no habéis tenido un buen día y os sentís fatigados o hundidos por ese mismo trabajo y sacrificio al que instan las mismas frases escritas ahí arriba. Sin embargo, lo siento por vosotros, pero nada de eso os vais a encontrar aquí, de hecho, todo lo contrario.

Cuando se tratan este tipo de ideas jamás se tiene en cuenta el entorno, la situación, y una infinidad de factores que influyen en ese "camino por lograr tus sueños". Vemos que siempre se tiende a idealizarlo absolutamente todo, tal y como podemos observar en: "trabaja duro y alcanzarás el éxito." Yo, al leer una frase así, me pregunto, ¿Qué es el éxito y por qué ha de conseguirse? Y por otro lado, también me pregunto, ¿Es cierto que si trabajo duro alcanzaré el éxito?
A la primera pregunta puede responderse sencillamente con lo siguiente. Como en la mayoría de los casos, el concepto de éxito ha sido distorsionado. El éxito es pensado por todos como la meta final, como el hecho mismo de alcanzar fama, dinero y una vida llena de aventuras superfluas. Pero nunca se nos dice que esa idea de éxito tiene que ver única y exclusivamente con la ideología neoliberal, y no con la vida humana como tal. Para el mundo que te observa y te juzga, ese es el éxito, y de hecho, lo es básicamente porque interesa que así sea. Interesa, como ya he escrito infinidad de veces, tanto para el desarrollo mismo del sistema, como para su continua perpetuación.

Ganar, tener éxito, no siempre es bueno, pues se puede tener éxito en las cosas y permanecer vacío en espíritu, de hecho, esto suele suceder y estar apoyado precisamente por el mundo en general. Cuando vemos uno de esos individuos totalmente carentes de luces luciendo su torso desnudo en la televisión mientras grita cuatro necedades mal pronunciadas, nos damos cuenta de que la idea de éxito se halla tergiversada de una manera brutal, puesto que en estos momentos no es aquél que mejora la vida de los demás y la de sí mismo el que debe ser dichoso (a juicio de la mayoría), y por tanto, tener éxito. O por otro lado, no es aquél que lucha en pos de un ideal de justicia, o el que protege y defiende los derechos de cualquier ser que no pueda hacerlo por sí mismo el que consigue el éxito.
El éxito depende única y exclusivamente del dinero que se posea, más concretamente, del dinero que se disponga para aparentar tenerlo.
Es por ello que la idea de éxito es absurda en nuestros días, pero muy valiosa para el adoctrinamiento. He podido ver unos cuantos vídeos motivacionales que pretenden hacerte pensar que eres único y que con trabajo duro puedes conseguir el éxito, pero como ya he dicho, el problema no reside en la motivación en sí, sino en que se asume el concepto de éxito de una manera que casualmente (obviamente, no es casual) concuerda con eso mismo que pretenden hacerte creer los capitalistas neoliberales.
Esos tipos carentes de luces de los que hablo aparecen en todas partes como si fueran figuras que han de seguirse, y sin embargo, su éxito depende única y exclusivamente de la concepción que se le dé al mismo concepto, es por esto que hago tanto hincapié en la definición de éxito, pues si ésta es una meta, un objetivo que ha de seguirse en la vida, va a influir de manera determinante en la misma.

El sistema capitalista se ha erigido de manera muy inteligente para con los intereses de los poderosos. Se me va a permitir hablar aquí de aquello que sucedió, a mi parecer, en la proliferación y progresiva asimilación de las ideas liberales en Europa, cuyo origen reside en la Revolución Francesa. Y para ello voy a apoyarme en la descripción que hacía Orwell en una meta-obra perteneciente a su novela 1984. Veréis, Orwell habla, en cierto modo distanciándose de la idea marxista de dos clases bien diferenciadas (al menos en el Antiguo Régimen), de tres clases a las que denomina Altos, Medios y Bajos. Los altos representarían aquellas personas "de sangre azul" cuyo poder toma partida en la herencia de sangre; todas las familias nobles de condes, duques, realeza... Cuya denominación podría resumirse con el concepto de "títulos nobiliarios". Tras estos se posicionaban en tal jerarquía los medios, que no eran más que personas que habían dedicado sus vidas al acaparamiento de la riqueza y cuyo poder no era real, aunque sí su influencia. Estos son aquellos a los que denominamos burgueses (cabe decir que los burgueses financiaron proyectos, normalmente bélicos, de los denominados Altos).
Pero antes de continuar con los bajos, o lo que es lo mismo, la gran mayoría, es preciso explicar por qué aquellos a los que a partir de ahora citaremos como burgueses, a pesar de su gran influencia ya mencionada, no poseían poder alguno. Esto ocurre por una sencilla razón, aquello que determinaba el poder, la metodología establecida para diferenciar quiénes eran los poderosos y quiénes no, no se hallaba, ni en la capacidad de acaparamiento, ni en la capacidad de producción, sino en el nacimiento en una u otra familia, cosa que, naturalmente, observamos con desprecio en nuestros días.
Por último encontramos a los bajos, esos individuos desdichados que han sufrido una y otra vez el sometimiento que supone el yugo de los dos anteriores, esos que, habiendo sido el sustento, el seno que amamanta a la humanidad, han sido sometidos y oprimidos durante toda la historia. Esos que han perpetrado las guerras de los poderosos sin saber por qué. Esos que, sin saberlo, han sido adoctrinados en las más burdas doctrinas nacionalistas, patrióticas, mercantilistas, religiosas y estatistas sin conocer siquiera su significado y su objeto ( a pesar de que éstas se constituyeran como eficaces herramientas para la perpetuación y la existencia de tal sometimiento). Esos mismos que, habiendo sido educados de la misma manera ya explicada, conciben ese mundo en el que han vivido, viven y desgraciadamente, vivirán, como el que ha de ser.
Esos que jamás aparecen en la historia, pues su insignificancia inmerecida no se topaba nunca con intelectual alguno, impidiendo así cualquier tipo de reconocimiento por sus grandes hazañas... Y, en síntesis, esos a los que probablemente tú, soñador inadvertido, perteneces sin saberlo.

Bien, pero el meollo del asunto lo encontramos en esa metodología ya mencionada, pues es en ella donde encontramos lo que ha determinado el futuro que le esperaba a la sociedad occidental, y por tanto, al mundo entero. Vemos que en el Antiguo Régimen el poder era única y exclusivamente reconocido a quienes formaban parte de familias con títulos nobiliarios, pero ello, con la Revolución Francesa, cambia por completo.
Al leer esto quizás penséis, ¿Qué es lo que está intentando decir? Lo que intento decir es que lo que se precisó para llegar al actual capitalismo, además de la Revolución Industrial, factor sin duda determinante, fue un cambio de pensamiento: el liberalismo.

Lo explicaré siguiendo la descripción Orwelliana: Los medios se pusieron de acuerdo con los bajos para derrocar a los altos, pero los medios no les contaron a los bajos que ellos permanecerían en su lugar, y que los medios se alzarían por encima de los dichosos altos, pasando éstos últimos, a formar parte de los medios.
Los medios pensaron, ¿Qué es lo que nos impide alcanzar el poder? El hecho mismo de que el sistema sólo otorga el poder por herencia de sangre, y no por acumulación de riquezas, o lo que es lo mismo, de capital. Por tanto, si acabamos con un sistema y les prometemos a los bajos unas libertades más amplias y un mejor nivel de vida, podremos derrocar a los altos y colocarnos nosotros en el poder. Y así fue. Pero naturalmente, al alzarse los Medios en el poder, convirtiéndose así en Altos, mostraron todo tipo de reticencias a la hora de otorgarle a los Bajos las ansiadas y merecidas libertades prometidas, de hecho, algo que me respalda en todo esto que aquí manifiesto es que, tras el alzamiento de la burguesía y la aparición de la Revolución Industrial, fueron los bajos quienes por primera vez tuvieron que luchar contra la misma burguesía que tanto les había prometido para aflojar al menos las nuevas y relucientes cadenas que ellos les habían impuesto. He aquí el nacimiento del liberalismo junto con el Gran Capitalismo que ahora se venera ciegamente.

Si escribo todo esto es precisamente porque lo considero muy importante para explicar qué es lo que ocurre en la actualidad con todas esas obras que nacen a partir de esta metodología. Yo no estoy aquí para desmentir cualquier proposición idealista que rece aquello de que todo es posible, estoy aquí para hacerte ver que tales afirmaciones tienen un fin concreto basado en intereses que poco o nada se encuentran ahí para hacerte sentir mejor, sino para explotarte. En la frase "Todo es posible si te lo propones y trabajas duro." no aparece, por ejemplo, que la palabra "todo", se refiere a objetos, trabajos, metas, que naturalmente se vinculan al éxito, y que de la misma manera se relacionan a un modo de vida determinado. Tampoco aparece la ausencia de oportunidades que encuentra buena parte del mundo por ser necesaria su pobreza para la riqueza de minorías en "si te lo propones". Y en ninguna parte aparece que "trabajar duro" significa someterte a un patrón para darle de comer durante toda tu vida.
Me gustaría que uno de estos individuos que tanto alzan la voz para pronunciar estas consignas viajara a cualquier lugar en el que la miseria y la pobreza fueran desgracias cotidianas (desgracias, no olvidemos, consecuencias directas del capitalismo), para decirle a un niño desnutrido y agonizante que todo es posible y que trabaje duro para conseguir sus sueños, cuando en realidad sus sueños se reducen a introducir en su deshecho organismo un mísero mendrugo de pan.
Es por ello que repudio cualquier tipo de obra motivacional de este estilo, pues cumple religiosamente con todos los preceptos que precisa el capitalismo y el liberalismo para su perpetuación y existencia.

martes, 24 de febrero de 2015

Ley y castigo.

Condenados, esa es la palabra, nos hallamos condenados a repetir una y otra vez los errores de un pretérito y de un presente que acude a nosotros pretendiendo explicar el porqué de nuestras acciones.
Creemos creer, cuando en realidad sólo vivimos, y nada nos importa más que la coacción y el maltrato, propios de toda relación de poder.
Nos anulamos a nosotros y destruimos a los otros porque eso es lo que consideramos, y de la misma forma, castigamos y elaboramos consecuencias y reglas sustentadas en una moral de dudosa y pedregosa procedencia, creyendo, una vez más, que es así como ha de funcionar el mundo; las relaciones humanas. He dejado ya de tener conciencia del número de veces que he repetido nuestra absurda y generalizada apreciación de las cosas, pero a veces me resulta tan injusta y repulsiva que me es imposible no callar, cayendo así en una inevitable redundancia.

Tras haber divagado en unas cuantas líneas, me gustaría aportaros a vosotros, mis lectores, la idea de justicia tratada desde la interpretación general y absurda de la que hablo, citando para ello al filósofo Friedrich Nietzsche.

Cuando Nietzsche habla de los temas relacionados con las interacciones humanas, describe una realidad que él mismo percibe desde una vista muy alejada de la misma, siendo capaz así de analizar más profunda y objetivamente su funcionamiento, aunque peca de no pretender explicar el porqué de los mismos (de los temas relacionados con las interacciones humanas), pues sólo se limita a describirlos como tal, utilizando para ello una especie de metáfora en la que coloca a todos los individuos que conforman una sociedad y sus correspondientes interrelaciones, en un mismo nivel, otorgándoles a cada uno un cargo de poder cuya principal característica es la equivalencia absoluta. Obviamente, tal equivalencia no existe, puesto que la totalidad de los sistemas sucedidos en toda la historia se han dedicado, o bien a generar diferencias y desigualdad, o bien a extender aún más una desigualdad ya existente por un sistema precedente, he ahí una de las principales causas de injusticia y arrebatamiento de la libertad de toda nuestra historia. Aunque ciertamente parece darse en la actualidad algo similiar a eso mismo que trata el filósofo mencionado (sin contar, obviamente, con los territorios sepultados en la más repugnante pobreza económica, que naturalmente, invita a la decadencia en las ideas de aquellos que la sufren), y como además, hemos decidido citar al señor Nietzsche y a su perspectiva (lógicamente burguesa), vamos a proceder a explicar esa equivalencia de poderes de la que habla.

Imaginemos que todos los individuos de una sociedad son colocados en una balanza con tantos brazos como individuos existen, esta balanza posee un mecanismo por el cual, si uno de los brazos no soporta el mismo peso que los demás, toda ella se desequilibrará, generando así una indeseada desigualdad.
Bien, además de ese mecanismo, cabe decir que la balanza no mide el peso en masa, sino el peso del poder de cada individuo, por tanto, nada tiene que ver en este asunto la masa corporal, sino el poder que ostenta cada uno. A partir de este momento y conociendo la natural irregularidad de las sociedades humanas que se sustentan en el poder, ya haya sido repartido o no, es de una lógica aplastante lo que ocurrirá a continuación; alguien se excederá en el uso de su poder. Pero, ¿Cómo es posible? Dicen unos. ¡Qué mala persona! Dicen otros.

Lo que personalmente puedo decir al respecto es que no hay nada más natural que eso, pues cuando ofreces un arma a alguien, ese alguien se convertirá en un arma. Creedme, prácticamente todos nosotros somos capaces físicamente de acabar con la vida de otro con nuestras propias manos, lo único que necesitamos para hacerlo es una buena estrategia, y sin embargo, no lo hacemos. ¿Entendéis la analogía? Sigamos.

En esa sociedad en la que todo individuo se encuentra encima de su brazo de la balanza correspondiente, se considera un acto de traición, un crimen, el hecho de excederse, lo que implica que una de las personas que conforman tal sociedad ha colocado mayor peso del que debería, por lo que toda la sociedad pretenderá restaurar tal infracción. Esta restauración puede hacerse de dos maneras, la primera tiene que ver con las sociedades más arcaicas, y la segunda con las más contemporáneas.

En la primera, la sociedad castigaba al criminal usurpando su poder y repartiéndoselo entre cada uno, lo que dejaba al criminal indefenso. Es así como se producían los casos de ahorcamientos, torturas, vejaciones, maltratos, y toda una serie de maldades inhumanas, propias paradójicamente, de personas con las mismas características criminales contra las que, supuestamente, se pretendía acabar.

Por otro lado, en el segundo caso lo que se elabora es un castigo que suprima el poder usurpado por el criminal mediante el encarcelamiento o la obligación de pagar con capital (lo más importante en el mundo actual). Para que de esa forma el criminal no sólo se vea apartado de la sociedad, sino que además se verá privado de su libertad durante una cantidad de tiempo que depende de la gravedad del crimen cometido.

El problema es que en ambos casos lo que se pretende es el restablecimiento de algo que no debería existir, y que se asume sin rechistar (de hecho, es la causa verdadera de los actos criminales); la existencia misma del poder y su aplicación en las relaciones humanas. Las personas nacen encima de su correspondiente brazo de la balanza, y nunca son preguntadas o siquiera informadas de la existencia de tal cosa, por lo que se ven abogadas a tomar esa metodología de "crimen y castigo" de manera impuesta, obligada. Tal proceso solamente se limita a juzgar casos criminales de forma sistemática, y esto ocurre tanto en su máximo exponente: la institución judicial, como en su más llano, pero a la vez profundo, ejemplo, como puede ser la idea de justicia de cada individuo (perteneciente al ámbito moral general).

Habiendo llegado hasta este punto, supongo que os habréis persuadido de algo evidente, y es que la existencia misma del castigo nace como una respuesta a un problema, y no como una solución al mismo problema, es el castigo junto con las leyes que lo regulan (manifestando lo que ha de hacerse en caso de infringirse), una de las mayores necedades de nuestro mundo, puesto que su trascendencia en la sociedad depende de un problema mucho mayor y más arraigado en el pensamiento ordinario de todos los pueblos, (como bien he dicho antes: la existencia del poder). El castigo no pregunta ni soluciona, el castigo aparta y reduce a cenizas o daña al tratado como criminal dependiendo de lo severo que éste sea, evitando así la verdadera responsabilidad en tanto al porqué de los actos de tal criminal, y cómo evitarlos.

Tanto las leyes como los castigos son parches, y no soluciones a los problemas. Las leyes no se dedican a solucionar, sino a camuflar los naturales abusos que surgen como consecuencia del mismo poder al que sirven dócilmente.

*Probablemente escriba otros tantos artículos con la misma temática, pero como no es algo seguro, prefiero ser prudente y no tratar este artículo como una serie de la que se originen otros tantos.