sábado, 25 de abril de 2015

Despiértame.

Despiértame,
y dime que todo 
ha sido un sueño.
Que con gran entusiasmo
yo prosigo mi vuelo.

Y que tú y tus alas,
danzan al viento.

Despiértame,
y dime si el tiempo
nos ha envejecido.
Si tu cara y mi cara
se han diluido.

Y que todos los males
acaban muriendo.
Como el sol y su ocaso,
que le lleva al destierro.

Despiértame,
y que yo y mis abrazos
desvanezcan el frío.
Y que versos hermosos
te sirvan de abrigo.

Y si no, te lo digo:
que muramos helados,
tras intentos funestos,
que nos lleven las larvas,
que nos mate el destino,
pero por favor te pido,
flor de alambre y espino,
que jamás seas tú
la que acabe conmigo.

lunes, 20 de abril de 2015

La condena a la subjetividad.

Un caminante vaga por un sendero, la noche en su inmensidad y colosal influencia se cierne sobre su cabeza. Sus pasos, débiles y laxos en comparación con la gigantesca superficie que los recibe, son realizados mecánicamente. Un viento frío se introduce en su chaqueta y pretende no marcharse. Los dedos del caminante se enrojecen y no parecen ser útiles, pues ni siquiera es capaz de moverlos.

Los dedos dejan de ser útiles cuando no pueden cumplir su función, y así es como ocurre con absolutamente todo, ¿No es así? Pero, ¿Qué es útil y qué no lo es? ¿No es acaso esta idea una manera antropocéntrica de visualizar el mundo, de percibir aquello que nos rodea?

Su rostro es una masa irregular y difusa. Negras y pobladas cejas, labios morados, ojos negros; llenos de sufrimiento y miseria, una calvicie ya muy avanzada, arrugas que arrancaban su juventud como los jornaleros dan muerte arrancando las raíces de infinidad de hortalizas. 

Nada en su camino era ya repentino, 
toda su conciencia encerrada
en su bota de vino.

Ninguna alegría podría hacerle atrevido.

Él siempre repite las mismas palabras ajadas:
El ser vivo se marcha por el lugar del que vino.

Díjole al viento: guíame, que no atino
a encontrar el término de este mi destino,
pero sintióse vencido 
pues la única respuesta
fue la de encontrar hastío.

No conseguirás sentencia 
díjole un sabio dormido,
y se reunió con la muerte
tras no poder sentir el frío.

El hombre aulló a la penumbra que alberga la noche, un destello seco le susurró al oído, era el viento, que ahora le brindaba cobijo, pues precisaba de contacto; algún tipo de fuerza extraña y externa que le sirviera de manto. Su aullido se volvió hacia él en forma de eco, aquél lugar era el abismo, un horizonte negro y blanco, un horizonte cuya magnitud y belleza dependían de una perspectiva concreta. Aquél hombre se echó a dormir en el suelo del lugar, hallaba paz en el áspero camino en el que ahora sus brazos se hundían, era actualmente su cuerpo lo único que le protegía, sus manos se tendieron, su cabeza se posó, y sus pensamientos fluyeron entre tanta nada.

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Humanos, en castellano, nos hacemos llamar. Creemos ser el centro de la vida y la verdad, nos jactamos en nuestra creencia del saber, nos regocijamos con cada clasificación, con cada análisis que realizamos en tanto a premisas inciertas, en tanto a certezas que nunca lo fueron. Veneramos una verdad que no existe, creamos dogmas sin dudar ni un segundo, creemos en una causalidad por inercia, la misma que nos hizo nacer. Y así cabalgamos hacia puntos, metas, destinos que antaño considerábamos inquebrantables e inhóspitos para con nuestro conocimiento. 
Es así como nos engañamos, es así como traemos la paz a un fuero interno en continua y desesperada confrontación angosta. Angosta porque se trata de individuos, de simples seres que, en su particularidad corrompida por la desidia y el absurdo de los otros, creen creer, saber, estar seguros y conocer verdades que trascienden de las meras y superfluas interpretaciones.

Yo, cansado de tantas necedades insulsas, os ofrezco una única verdad: que la verdad no existe. 

Podréis creerme o no, podéis despreciarme aplicándome el dudoso calificativo de contradictorio, pero no hay más que eso. 
Es preciso que me explique, por lo que me dispongo a hacerlo. La existencia, la vida misma, el ser, implica necesariamente una perspectiva, implica pertenecer a un punto determinado dentro de un todo. Existir, de este modo, implica posicionarse en un lugar determinado por una serie de factores que resultan incomprensibles para cualquier mente, pues, en ese sentido, cualquier mente no se enfoca en desentrañar tales factores misteriosos, tales estancias ininteligibles. Toda mente, desde la más simple hasta la más compleja, gira en torno a sí misma. Es por esto que, en el interior de tal metodología de pensamiento de la que ningún ser racional puede despojarse, nada que se se pueda alcanzar a vislumbrar siquiera es cierto de manera absoluta.
Esto ocurre, como ya he dicho, tanto en organismos simples como en complejos; el perro, por ejemplo, no percibe el mundo de la misma manera que lo puede llegar a hacer el gato, y si me pongo más concreto aún, los motivos por los cuales el perro y el gato derrochan carencia de simpatía el uno por el otro, tienen que ver, no porque se hallen destinados a hacerlo por causas superiores, sino porque entre otros muchos factores (quizá más importantes pero no me vienen ahora a la mente), el perro mueve la cola cuando se encuentra feliz, cosa que, con suerte, le ocurre muy a menudo, y el gato, desde su perspectiva particular, concibe tal movimiento como una amenaza, y es así como podemos hallar innumerables casos de enfrentamientos entre ambas especies cuando, por una causa u otra (mayormente por asuntos domésticos pertenecientes al ámbito humano), estas dos especies tienen que lidiar la una con la otra.

Una visión de un mundo implica necesariamente una construcción de un mundo, el humano, en su existencia, es incapaz de concebir "el mundo" (así lo llama), sin plantear pregunta alguna. Aparentemente da la impresión de que las preguntas que le emergen al humano son síntoma de mayor acercamiento a una verdad, y sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues hasta tales preguntas se hallan condicionadas de una manera o de otra por la estancia, la metodología, la comunidad, y hasta su autoconciencia. Por no hablar de que tales planteamientos reflexivos no son más que el efecto de una causa bien diferenciada y que, a su vez, a todos nos pone en común, la naturaleza terrenal. Esa madre que amamanta a cualesquiera que sean los seres que conocemos en la actualidad, y esa misma que curiosamente pretendemos hallar en otros mundos allá en el espacio exterior, intentando encontrar vida. Pues consideramos, en este apogeo positivista, que calificando y analizando ciertas condiciones somos capaces de hallar lo que solamente hemos hallado aquí. Y no digo que tal cosa no sea cierta, lo que digo es que tal cosa es una certeza humana, y por tanto, no una verdad absoluta.

Cuando se le niega a cualquier individuo que desconoce la filosofía la existencia de la verdad, éste se turba por completo y toma una posición defensiva. Y es que la negación de aquello que tan bien nos hace sentir nos suscita sentimientos de incomodidad y desasosiego al encontrarnos con un abismo henchido de preguntas que, en ese mismo instante, dialoga con nosotros trayendo consigo un mensaje muy claro y frustrante para cualquier ser que lance sus pesquisas hacia la aventura que representa la búsqueda de la verdad: ninguna de tus preguntas puede ser resuelta, pero te hallas condenado a buscar respuestas.
Y es así como volvemos a lo anteriormente dicho; todo son meras interpretaciones, y todas las interpretaciones precisan de la creación de una serie de preceptos cuyo objeto no sea otro más que el de ofrecer posibilidad de vivir, de ser, de existir. Es así como vives, es así como todos los seres vivimos, pues siendo de tal manera (y hallándonos condenados a ser de tal manera), nos facilitamos ese mundo, esa realidad, propia y común, que necesitamos para continuar y perpetuarnos, ese es el único objeto claro de la vida; la perpetuación. Y la subjetividad, esta percepción particular que, naturalmente, en humanos se halla condicionada por la comunidad, no es más que una forma de permanecer caminando por las sendas del ser.

Pongamos unos pocos ejemplos para lograr así una mayor claridad y precisión a la hora de mostrar y demostrar lo que aquí manifiesto.

Podemos afirmar que existimos, y también, podemos afirmar que el motivo por el cual existimos es que hemos nacido, y esto debe, de manera directa y axiomática, haber involucrado a la figura de dos progenitores, pues así es como la naturaleza funciona. Sin embargo, lo que en realidad estaríamos haciendo es describir lo que nosotros suponemos que ha de haber sido en tanto a una lógica anteriormente mencionada, la causalidad.
Habiendo sido concebidos por esta lógica, jamás somos ni seremos capaces de despojarnos de su influjo a la hora de responder aquellas preguntas que nos suscita lo que percibimos, y por tanto, al depender de un pensamiento condicionado por una lógica inherente al mismo, nos resultará imposible razonar una verdad cuya independencia le dote de un carácter absoluto, pues para ser pensada, precisa de una metodología concreta, y no emerge como tal. De hecho, pensar en que una verdad puede emerger de entre el fango, como si existiera una fuerza motora que la erigiese, sería pecar y caer en un idealismo burdo y barato.
También podemos afirmar que, al haber nacido y estar vivos, moriremos en algún momento de nuestra vida, pero, ¿No son esas elucubraciones que solamente se reducen a nuestro propio ser? ¿Son verdades absolutas o percepciones que única y exclusivamente nos competen a nosotros mismos, y no representan ninguna verdad más allá de lo que a nuestro raciocinio le parece trascendente? ¿No se someten, una vez más, a una lógica causal de la que nos resulta imposible despojarnos, y que demuestra de nuevo nuestra incapacidad para movernos más allá de tal metodología que nos dio la vida?

Por otra parte encontramos la idea de que el conocimiento nos dota de la capacidad para alcanzar tales verdades que, como ya he dicho, no existen.
Esta idea está obsoleta no porque no se deba construir más y nuevo conocimiento con motivo de continuar existiendo, creando y transmitiendo todas las experiencias con el objeto de que futuras generaciones no erren, sino porque el conocimiento, por más que se piense, jamás ha tenido como meta el alcanzar la verdad, de hecho, todo lo contrario. Pues en su búsqueda siempre ha profundizado por senderos oscuros y sombríos para arrojar luz, sin saber que tales senderos eran construidos por él mismo, y que además, la luz que arroja sobre ellos se refiere única y exclusivamente a él mismo, y no a la búsqueda de la verdad. El humano a escudriñado toda clase de teorías con el fin de responderse a sí mismo, y de tal manera, conseguir una satisfacción que a su vez ha sido colocada en tal lugar por la naturaleza terrenal. Como seres humanos somos dotados de una herramienta que genera herramientas, una forma de creación. Se nos dota de la capacidad de la que, hasta ahora, sólo se había responsabilizado la naturaleza terrenal, y ésta nos la ofrece de manera muy inteligente, pues si añadimos nuestra vanidad a ello, conseguimos desentrañar la esencia de todo el conocimiento humano hasta el momento. Y al no referirse este conocimiento a la totalidad, pues nos resulta completamente imposible tomar una perspectiva que abarque la totalidad, a menos que caigamos en el inverosímil mundo de la imaginación referida a nuestro anhelo de conservación vital, o lo que es lo mismo, la religión, jamás seremos capaces de desentrañar las verdades que no se refieran a otra cosa que no sea a nosotros mismos, y por tanto, que sirvan a nuestras propias necesidades de responder nuestras preguntas. Cierto es que podríamos afirmar que el conocimiento siempre se enfoca en la búsqueda de la verdad, pero deberíamos matizar que tal "verdad" no es más que una respuesta humana, un escalón fijo y fósil por el que poder continuar avanzando en la creación de nuestro propio camino en tanto a tal verdad preconcebida de la manera más ingenua posible.

Por otro lado, me veo en la obligación de tratar el tema del lenguaje para continuar defendiendo esta idea. Es bien reconocido por cualquiera que estudie mínimamente todos los procesos cerebrales referidos a nuestra inteligencia, que la base de todo nuestro aprendizaje, de la asimilación y la clasificación ordenada de todo lo que nos rodea, es posible sólo mediante el uso de conceptos, o lo que es lo mismo, del lenguaje. Por lo general, se piensa que el lenguaje no es más que una herramienta comunicativa, pero lejos de ser únicamente tal cosa, es además el fundamento de todo nuestro razonamiento. Pensamos mediante las palabras y no somos capaces de concebir absolutamente nada si carecemos de las mismas. Todos los razonamientos precisan de conceptos para referirse a las realidades que se quieren mostrar, y es esa en realidad la esencia de las palabras; la representación de realidades que percibimos, y la pretensión de unificar tales realidades con un lenguaje que se rige en tanto a normas sociales y que, así mismo, se configura de tal manera que seamos capaces de entendernos. El problema que nos plantea el lenguaje es que es en y por sí mismo un engaño, pues una palabra puede exclusivamente referirse a algo, pero jamás integrarse en ese algo. Es decir, un concepto puede reflejar una realidad percibida, sin embargo, sólo es posible un entendimiento si el receptor se ha sometido al aprendizaje de las diferentes reglamentaciones que dan lugar a la comprensión de tal concepto, e incluso de tal manera, la verdadera realidad de tal concepto jamás podrá ser concebida de la misma manera, pues percibimos y razonamos desde nuestro yo, incluyendo en este yo, toda una serie de experiencias y estructuras mentales completamente diferentes y que poco o nada tienen que ver con el concepto en sí, sino con la configuración cerebral, la cultura, la educación... Y toda una serie de factores que, en muchos de los casos, se desprenden de nuestra propia capacidad de análisis.
Por otro lado, un concepto puede referirse a un objeto, sin embargo es sabido que ningún objeto es único, y que incluso el hecho mismo de afirmar que tal objeto es solamente "uno", es una falsedad, pero sin entrar en tales profundidades, podemos afirmar que, por ejemplo, ninguna manzana es igual a otra, y por tanto, la palabra manzana jamás puede referirse a una misma y única realidad. Pero aún así, si pretendiéramos referirnos a una manzana inmutable y fija, el lenguaje no nos serviría en absoluto de ayuda, pues, como bien sabemos, ningún objeto es en sí mismo de manera invariable, puesto que todo se halla sometido al cambio que supone el tiempo, por tanto, el concepto de manzana podría referirse a una manzana concreta en un espacio y tiempo particulares, pero jamás a una sola idea de manzana, ya que cada uno concibe una por sí mismo. Debemos, por todo ello, afirmar que el lenguaje sólo es capaz de abarcar ideas comunes que, en ningún caso, se refieren a realidades siquiera verosímiles, y es por eso que, en una ilusoria búsqueda de la verdad, el lenguaje no serviría para nada más que para enjaular el conocimiento.
Si sois avispados, os habréis persuadido ya de que todo lo dicho implica que el lenguaje es la máxima expresión de esa necesidad de conservación llevada hasta los extremos más inimaginables, pues se tiene una fe ciega en que unos cuantos fonemas o unas cuantas letras en conjunto son capaces de referirse a realidades que, única y exclusivamente competen a nuestros sentidos y que, así mismo, éstos se hallan condicionados por la causalidad y la necesidad de relación entre pregunta/respuesta a la que todos debemos nuestro desarrollo cultural.

Y para terminar, me gustaría advertirles de que nada de lo que han leído aquí es verdad en modo alguno, pero que ello no sirva como desaliento, todo este texto no es más que un juego de palabras que intentan transmitir la única y contradictoria verdad que puede darse: que no hay verdad, que no hay nada y que nada hay.

jueves, 16 de abril de 2015

¿Sabe vivir?

El árbol que crece, ¿Sabe vivir?
Así mismo mece
sus hojas al son
de incansables melodías que el viento le suscita.

El alce y sus cuernos, ¿Sabe vivir?
Es su gran cornamenta
codiciada por los hombres
como ramas se levanta frente al cielo azul.

El caballo y su pelaje, ¿Sabe vivir?
Sus músculos superan
cualquier fuerza imaginable.
Con sus crines, cabalgando, corta el aire.

El tigre y sus fauces ¿Sabe vivir?
Y sus garras desgarraron,
y sus dientes afilados devoraron.
Con sus ojos de felino impide exhalar aliento.

¿Saben ellos vivir?
¿Viven vidas miserables
por no saber vivir?

El hombre y su mente ¿Sabe vivir?
En su astucia
la pregunta.
¡Cuántos años divagando sin saber vivir!

En su astucia
 la pregunta.
En su vida 
la verdad:
Unas olas que desgastan mientras fluyen sin parar.

Son sus pasos un gran paso,
mientras vive, caminando,
sin mirar más que el camino,
sin poder con su destino.

Condenado a su existencia,
a su profunda inteligencia.
Vagando entre cuestiones.

Sólo están en su cabeza.


sábado, 28 de marzo de 2015

"Lucha por lograr tus sueños." La teoría Orwelliana del liberalismo.

No alcanzo a reconocer cuántas habrán sido las veces que he leído una frase igual o similar a la del título de este artículo. Se han realizado películas y libros enteros entorno a esta misma idea, esa concepción de la vida como un camino repleto de metas que han de ser alcanzadas mediante el esfuerzo y el sacrificio.
Personalmente no voy a negar que la vida es en sí misma una lucha constante por existir, aunque esta idea compete a un artículo próximo, pero el problema se nos echa encima cuando nos preguntamos cuál es el enfoque que, por lo general, se suele aplicar a tal premisa.

Lucha por tus sueños, consigue tus objetivos, trabaja duro y alcanzarás el éxito, todas ellas son consignas muy motivadoras, y probablemente vosotros que me leéis estaréis de acuerdo con ellas. Incluso me atrevería a decir que os encontráis leyendo esto esperando un texto motivador, puesto que hoy no habéis tenido un buen día y os sentís fatigados o hundidos por ese mismo trabajo y sacrificio al que instan las mismas frases escritas ahí arriba. Sin embargo, lo siento por vosotros, pero nada de eso os vais a encontrar aquí, de hecho, todo lo contrario.

Cuando se tratan este tipo de ideas jamás se tiene en cuenta el entorno, la situación, y una infinidad de factores que influyen en ese "camino por lograr tus sueños". Vemos que siempre se tiende a idealizarlo absolutamente todo, tal y como podemos observar en: "trabaja duro y alcanzarás el éxito." Yo, al leer una frase así, me pregunto, ¿Qué es el éxito y por qué ha de conseguirse? Y por otro lado, también me pregunto, ¿Es cierto que si trabajo duro alcanzaré el éxito?
A la primera pregunta puede responderse sencillamente con lo siguiente. Como en la mayoría de los casos, el concepto de éxito ha sido distorsionado. El éxito es pensado por todos como la meta final, como el hecho mismo de alcanzar fama, dinero y una vida llena de aventuras superfluas. Pero nunca se nos dice que esa idea de éxito tiene que ver única y exclusivamente con la ideología neoliberal, y no con la vida humana como tal. Para el mundo que te observa y te juzga, ese es el éxito, y de hecho, lo es básicamente porque interesa que así sea. Interesa, como ya he escrito infinidad de veces, tanto para el desarrollo mismo del sistema, como para su continua perpetuación.

Ganar, tener éxito, no siempre es bueno, pues se puede tener éxito en las cosas y permanecer vacío en espíritu, de hecho, esto suele suceder y estar apoyado precisamente por el mundo en general. Cuando vemos uno de esos individuos totalmente carentes de luces luciendo su torso desnudo en la televisión mientras grita cuatro necedades mal pronunciadas, nos damos cuenta de que la idea de éxito se halla tergiversada de una manera brutal, puesto que en estos momentos no es aquél que mejora la vida de los demás y la de sí mismo el que debe ser dichoso (a juicio de la mayoría), y por tanto, tener éxito. O por otro lado, no es aquél que lucha en pos de un ideal de justicia, o el que protege y defiende los derechos de cualquier ser que no pueda hacerlo por sí mismo el que consigue el éxito.
El éxito depende única y exclusivamente del dinero que se posea, más concretamente, del dinero que se disponga para aparentar tenerlo.
Es por ello que la idea de éxito es absurda en nuestros días, pero muy valiosa para el adoctrinamiento. He podido ver unos cuantos vídeos motivacionales que pretenden hacerte pensar que eres único y que con trabajo duro puedes conseguir el éxito, pero como ya he dicho, el problema no reside en la motivación en sí, sino en que se asume el concepto de éxito de una manera que casualmente (obviamente, no es casual) concuerda con eso mismo que pretenden hacerte creer los capitalistas neoliberales.
Esos tipos carentes de luces de los que hablo aparecen en todas partes como si fueran figuras que han de seguirse, y sin embargo, su éxito depende única y exclusivamente de la concepción que se le dé al mismo concepto, es por esto que hago tanto hincapié en la definición de éxito, pues si ésta es una meta, un objetivo que ha de seguirse en la vida, va a influir de manera determinante en la misma.

El sistema capitalista se ha erigido de manera muy inteligente para con los intereses de los poderosos. Se me va a permitir hablar aquí de aquello que sucedió, a mi parecer, en la proliferación y progresiva asimilación de las ideas liberales en Europa, cuyo origen reside en la Revolución Francesa. Y para ello voy a apoyarme en la descripción que hacía Orwell en una meta-obra perteneciente a su novela 1984. Veréis, Orwell habla, en cierto modo distanciándose de la idea marxista de dos clases bien diferenciadas (al menos en el Antiguo Régimen), de tres clases a las que denomina Altos, Medios y Bajos. Los altos representarían aquellas personas "de sangre azul" cuyo poder toma partida en la herencia de sangre; todas las familias nobles de condes, duques, realeza... Cuya denominación podría resumirse con el concepto de "títulos nobiliarios". Tras estos se posicionaban en tal jerarquía los medios, que no eran más que personas que habían dedicado sus vidas al acaparamiento de la riqueza y cuyo poder no era real, aunque sí su influencia. Estos son aquellos a los que denominamos burgueses (cabe decir que los burgueses financiaron proyectos, normalmente bélicos, de los denominados Altos).
Pero antes de continuar con los bajos, o lo que es lo mismo, la gran mayoría, es preciso explicar por qué aquellos a los que a partir de ahora citaremos como burgueses, a pesar de su gran influencia ya mencionada, no poseían poder alguno. Esto ocurre por una sencilla razón, aquello que determinaba el poder, la metodología establecida para diferenciar quiénes eran los poderosos y quiénes no, no se hallaba, ni en la capacidad de acaparamiento, ni en la capacidad de producción, sino en el nacimiento en una u otra familia, cosa que, naturalmente, observamos con desprecio en nuestros días.
Por último encontramos a los bajos, esos individuos desdichados que han sufrido una y otra vez el sometimiento que supone el yugo de los dos anteriores, esos que, habiendo sido el sustento, el seno que amamanta a la humanidad, han sido sometidos y oprimidos durante toda la historia. Esos que han perpetrado las guerras de los poderosos sin saber por qué. Esos que, sin saberlo, han sido adoctrinados en las más burdas doctrinas nacionalistas, patrióticas, mercantilistas, religiosas y estatistas sin conocer siquiera su significado y su objeto ( a pesar de que éstas se constituyeran como eficaces herramientas para la perpetuación y la existencia de tal sometimiento). Esos mismos que, habiendo sido educados de la misma manera ya explicada, conciben ese mundo en el que han vivido, viven y desgraciadamente, vivirán, como el que ha de ser.
Esos que jamás aparecen en la historia, pues su insignificancia inmerecida no se topaba nunca con intelectual alguno, impidiendo así cualquier tipo de reconocimiento por sus grandes hazañas... Y, en síntesis, esos a los que probablemente tú, soñador inadvertido, perteneces sin saberlo.

Bien, pero el meollo del asunto lo encontramos en esa metodología ya mencionada, pues es en ella donde encontramos lo que ha determinado el futuro que le esperaba a la sociedad occidental, y por tanto, al mundo entero. Vemos que en el Antiguo Régimen el poder era única y exclusivamente reconocido a quienes formaban parte de familias con títulos nobiliarios, pero ello, con la Revolución Francesa, cambia por completo.
Al leer esto quizás penséis, ¿Qué es lo que está intentando decir? Lo que intento decir es que lo que se precisó para llegar al actual capitalismo, además de la Revolución Industrial, factor sin duda determinante, fue un cambio de pensamiento: el liberalismo.

Lo explicaré siguiendo la descripción Orwelliana: Los medios se pusieron de acuerdo con los bajos para derrocar a los altos, pero los medios no les contaron a los bajos que ellos permanecerían en su lugar, y que los medios se alzarían por encima de los dichosos altos, pasando éstos últimos, a formar parte de los medios.
Los medios pensaron, ¿Qué es lo que nos impide alcanzar el poder? El hecho mismo de que el sistema sólo otorga el poder por herencia de sangre, y no por acumulación de riquezas, o lo que es lo mismo, de capital. Por tanto, si acabamos con un sistema y les prometemos a los bajos unas libertades más amplias y un mejor nivel de vida, podremos derrocar a los altos y colocarnos nosotros en el poder. Y así fue. Pero naturalmente, al alzarse los Medios en el poder, convirtiéndose así en Altos, mostraron todo tipo de reticencias a la hora de otorgarle a los Bajos las ansiadas y merecidas libertades prometidas, de hecho, algo que me respalda en todo esto que aquí manifiesto es que, tras el alzamiento de la burguesía y la aparición de la Revolución Industrial, fueron los bajos quienes por primera vez tuvieron que luchar contra la misma burguesía que tanto les había prometido para aflojar al menos las nuevas y relucientes cadenas que ellos les habían impuesto. He aquí el nacimiento del liberalismo junto con el Gran Capitalismo que ahora se venera ciegamente.

Si escribo todo esto es precisamente porque lo considero muy importante para explicar qué es lo que ocurre en la actualidad con todas esas obras que nacen a partir de esta metodología. Yo no estoy aquí para desmentir cualquier proposición idealista que rece aquello de que todo es posible, estoy aquí para hacerte ver que tales afirmaciones tienen un fin concreto basado en intereses que poco o nada se encuentran ahí para hacerte sentir mejor, sino para explotarte. En la frase "Todo es posible si te lo propones y trabajas duro." no aparece, por ejemplo, que la palabra "todo", se refiere a objetos, trabajos, metas, que naturalmente se vinculan al éxito, y que de la misma manera se relacionan a un modo de vida determinado. Tampoco aparece la ausencia de oportunidades que encuentra buena parte del mundo por ser necesaria su pobreza para la riqueza de minorías en "si te lo propones". Y en ninguna parte aparece que "trabajar duro" significa someterte a un patrón para darle de comer durante toda tu vida.
Me gustaría que uno de estos individuos que tanto alzan la voz para pronunciar estas consignas viajara a cualquier lugar en el que la miseria y la pobreza fueran desgracias cotidianas (desgracias, no olvidemos, consecuencias directas del capitalismo), para decirle a un niño desnutrido y agonizante que todo es posible y que trabaje duro para conseguir sus sueños, cuando en realidad sus sueños se reducen a introducir en su deshecho organismo un mísero mendrugo de pan.
Es por ello que repudio cualquier tipo de obra motivacional de este estilo, pues cumple religiosamente con todos los preceptos que precisa el capitalismo y el liberalismo para su perpetuación y existencia.

martes, 24 de febrero de 2015

Ley y castigo.

Condenados, esa es la palabra, nos hallamos condenados a repetir una y otra vez los errores de un pretérito y de un presente que acude a nosotros pretendiendo explicar el porqué de nuestras acciones.
Creemos creer, cuando en realidad sólo vivimos, y nada nos importa más que la coacción y el maltrato, propios de toda relación de poder.
Nos anulamos a nosotros y destruimos a los otros porque eso es lo que consideramos, y de la misma forma, castigamos y elaboramos consecuencias y reglas sustentadas en una moral de dudosa y pedregosa procedencia, creyendo, una vez más, que es así como ha de funcionar el mundo; las relaciones humanas. He dejado ya de tener conciencia del número de veces que he repetido nuestra absurda y generalizada apreciación de las cosas, pero a veces me resulta tan injusta y repulsiva que me es imposible no callar, cayendo así en una inevitable redundancia.

Tras haber divagado en unas cuantas líneas, me gustaría aportaros a vosotros, mis lectores, la idea de justicia tratada desde la interpretación general y absurda de la que hablo, citando para ello al filósofo Friedrich Nietzsche.

Cuando Nietzsche habla de los temas relacionados con las interacciones humanas, describe una realidad que él mismo percibe desde una vista muy alejada de la misma, siendo capaz así de analizar más profunda y objetivamente su funcionamiento, aunque peca de no pretender explicar el porqué de los mismos (de los temas relacionados con las interacciones humanas), pues sólo se limita a describirlos como tal, utilizando para ello una especie de metáfora en la que coloca a todos los individuos que conforman una sociedad y sus correspondientes interrelaciones, en un mismo nivel, otorgándoles a cada uno un cargo de poder cuya principal característica es la equivalencia absoluta. Obviamente, tal equivalencia no existe, puesto que la totalidad de los sistemas sucedidos en toda la historia se han dedicado, o bien a generar diferencias y desigualdad, o bien a extender aún más una desigualdad ya existente por un sistema precedente, he ahí una de las principales causas de injusticia y arrebatamiento de la libertad de toda nuestra historia. Aunque ciertamente parece darse en la actualidad algo similiar a eso mismo que trata el filósofo mencionado (sin contar, obviamente, con los territorios sepultados en la más repugnante pobreza económica, que naturalmente, invita a la decadencia en las ideas de aquellos que la sufren), y como además, hemos decidido citar al señor Nietzsche y a su perspectiva (lógicamente burguesa), vamos a proceder a explicar esa equivalencia de poderes de la que habla.

Imaginemos que todos los individuos de una sociedad son colocados en una balanza con tantos brazos como individuos existen, esta balanza posee un mecanismo por el cual, si uno de los brazos no soporta el mismo peso que los demás, toda ella se desequilibrará, generando así una indeseada desigualdad.
Bien, además de ese mecanismo, cabe decir que la balanza no mide el peso en masa, sino el peso del poder de cada individuo, por tanto, nada tiene que ver en este asunto la masa corporal, sino el poder que ostenta cada uno. A partir de este momento y conociendo la natural irregularidad de las sociedades humanas que se sustentan en el poder, ya haya sido repartido o no, es de una lógica aplastante lo que ocurrirá a continuación; alguien se excederá en el uso de su poder. Pero, ¿Cómo es posible? Dicen unos. ¡Qué mala persona! Dicen otros.

Lo que personalmente puedo decir al respecto es que no hay nada más natural que eso, pues cuando ofreces un arma a alguien, ese alguien se convertirá en un arma. Creedme, prácticamente todos nosotros somos capaces físicamente de acabar con la vida de otro con nuestras propias manos, lo único que necesitamos para hacerlo es una buena estrategia, y sin embargo, no lo hacemos. ¿Entendéis la analogía? Sigamos.

En esa sociedad en la que todo individuo se encuentra encima de su brazo de la balanza correspondiente, se considera un acto de traición, un crimen, el hecho de excederse, lo que implica que una de las personas que conforman tal sociedad ha colocado mayor peso del que debería, por lo que toda la sociedad pretenderá restaurar tal infracción. Esta restauración puede hacerse de dos maneras, la primera tiene que ver con las sociedades más arcaicas, y la segunda con las más contemporáneas.

En la primera, la sociedad castigaba al criminal usurpando su poder y repartiéndoselo entre cada uno, lo que dejaba al criminal indefenso. Es así como se producían los casos de ahorcamientos, torturas, vejaciones, maltratos, y toda una serie de maldades inhumanas, propias paradójicamente, de personas con las mismas características criminales contra las que, supuestamente, se pretendía acabar.

Por otro lado, en el segundo caso lo que se elabora es un castigo que suprima el poder usurpado por el criminal mediante el encarcelamiento o la obligación de pagar con capital (lo más importante en el mundo actual). Para que de esa forma el criminal no sólo se vea apartado de la sociedad, sino que además se verá privado de su libertad durante una cantidad de tiempo que depende de la gravedad del crimen cometido.

El problema es que en ambos casos lo que se pretende es el restablecimiento de algo que no debería existir, y que se asume sin rechistar (de hecho, es la causa verdadera de los actos criminales); la existencia misma del poder y su aplicación en las relaciones humanas. Las personas nacen encima de su correspondiente brazo de la balanza, y nunca son preguntadas o siquiera informadas de la existencia de tal cosa, por lo que se ven abogadas a tomar esa metodología de "crimen y castigo" de manera impuesta, obligada. Tal proceso solamente se limita a juzgar casos criminales de forma sistemática, y esto ocurre tanto en su máximo exponente: la institución judicial, como en su más llano, pero a la vez profundo, ejemplo, como puede ser la idea de justicia de cada individuo (perteneciente al ámbito moral general).

Habiendo llegado hasta este punto, supongo que os habréis persuadido de algo evidente, y es que la existencia misma del castigo nace como una respuesta a un problema, y no como una solución al mismo problema, es el castigo junto con las leyes que lo regulan (manifestando lo que ha de hacerse en caso de infringirse), una de las mayores necedades de nuestro mundo, puesto que su trascendencia en la sociedad depende de un problema mucho mayor y más arraigado en el pensamiento ordinario de todos los pueblos, (como bien he dicho antes: la existencia del poder). El castigo no pregunta ni soluciona, el castigo aparta y reduce a cenizas o daña al tratado como criminal dependiendo de lo severo que éste sea, evitando así la verdadera responsabilidad en tanto al porqué de los actos de tal criminal, y cómo evitarlos.

Tanto las leyes como los castigos son parches, y no soluciones a los problemas. Las leyes no se dedican a solucionar, sino a camuflar los naturales abusos que surgen como consecuencia del mismo poder al que sirven dócilmente.

*Probablemente escriba otros tantos artículos con la misma temática, pero como no es algo seguro, prefiero ser prudente y no tratar este artículo como una serie de la que se originen otros tantos.

lunes, 26 de enero de 2015

¿Qué es la utopía?

Introducción.

Se reservan los buenos sentimientos, los buenos actos, los buenos pensamientos, las buenas ideas, y lo bueno en general, para lo que no tiene que ver con la realidad, sino con lo fantasioso. Se reserva todo ello para el arte, lo espiritual, lo metafísico, y mientras, se arguye violentamente contra aquél que pretende hacerlo realidad.
Vives en un mundo de miseria, desigualdad, esclavitud, injusticia, muerte, crueldad, vileza, especulación, interés cuya meta es la superioridad de uno mismo, egoísmo, egolatría, individualismo extremo, obediencia ciega, guerras y confrontaciones llevadas al extremo mediante las armas más destructivas, racismo, xenofobia, machismo, trivialidad, ignorancia imbuida, dudas impuestas y aprehendidas, sentidos y direcciones impuestas, autoridad sin fundamentos y obligaciones que obedecen a los intereses cuyo enfoque se refiere a la jactancia y gozo de unos cuantos psicópatas. Y aún así me ves capaz de concebir un mundo mejor. Y tú, me miras a los ojos, incrédulo, y tienes la osadía de decirme que una mejora de este mundo implica realizar lo imposible, traer el paraíso a la tierra, abogando por una estúpida fe en nuestra incapacidad innata de hacerlo. Tú, que me escuchas y crees conocer la libertad y la independencia, que crees no creer, que crees no tener fe, tú, que con toda la amalgama de imposiciones adquiridas, vienes a mí a decirme que soy utópico, que lo que busco es imposible.
Tú, que aceptas lo inaceptable, que te resignas ante la injusticia más cruel, que concibes el mundo como lo que ha de ser mientras confundes ese peso que alberga tu interior con el estrés propio de la fatiga tras tu jornada de trabajo. Tú, que caminas en el borde de un abismo al que serás despojado el día que dudes, que vives confinado entre cuatro paredes que adoras y besas todas las noches creyendo hallar protección en su firmeza. Tú, que practicas el egoísmo y sus derivados, que utilizas ese tono quejumbroso contra aquello que amenaza a tu ser mientras callas, temeroso, cuando es el de tu lado el que sufre.
Tú, me hablas a mí, me analizas, utilizas todos tus sentidos para ver, para sentir, para ser capaz de imaginar siquiera el principio, el seno mismo de las alturas de mis pensamientos. Y sin saber por qué, sin tener motivos para rechazarme, convencido de que un incesante temor acudirá y turbará tu mente si me crees, giras la cabeza, te escondes de la luz que se cierne sobre tu figura, te vendas los ojos, te amordazas, te atas y te matas si eso impidiera conocer la verdad, la utopía.
Naciste utópico, naciste de la fantasía de dos cuerpos que se unieron con un fin, pero ese fin no coincidía con el motivo:
una idea,
el amor,
un sentimiento de fulgor,
una traba es el motivo,
tú naciste redentor.

Qué fantasías más bellas, afirma el incrédulo. Qué mundo más maravilloso, pero así no es como funciona, la vida es esto, este es nuestro mundo, esto es la sociedad, esto es la política, esto es la economía, esto son los ideales, estos son los caminos, síguelos o no los sigas, eres libre de hacerlo, pero siempre hay una condición: Si te quedas estancado,
si no quieres caminar,
morirás abandonado,
dejado y desalentado,
tus manos no servirán,
a la causa del patrón,
tu vida no será,
propiedad del propietario (por derecho de este mundo, por divina elección)
ahora bien,
señor proletario,
sepa usted bien lo siguiente:
si no encuentra un trabajo,
si no percibe un salario,
olvídese de sus días,
olvídese de sus noches,
olvídese de la vida,
confínese en su barrio,
muera usted de enfermedad,
muera usted de todo mal,
pues no sirve para nada
no parar de dar patadas.

Sepa usted, mi buen señor,
que sus manos son por uso
estupendas herramientas,
que no hay tonto más obtuso
que aquél que por no venderlas,
ya sea para labrar las tierras,
o para dejar de verlas,
-nunca para tirar piedras-
deja en la miseria eterna
a aquél que por necesidad
ya jamás se alimenta.

Y bien sepa, señorito,
que todos sus bienes le quito,
que sirva como escarmiento
haragán, perro maldito.

¿Qué es la utopía?

Por mi condición de despierto, anarquista, contrario a la lógica que actúa como motor del mundo actual, desarraigado de toda valoración, de todo efecto existente como causa al sistema impositivo en el que nos vemos obligados a existir, o mejor dicho, a subsistir, me he visto en la obligación de luchar con todos, hasta conmigo mismo, pues el adoctrinamiento anti-revolucionario al que se nos somete, cuyos motivos enfocan su vehemencia hacia el objeto de su misma perpetuación, brota y crece, construyendo raíces muy difíciles de eliminar. Esta metodología propia de la decadencia y la ruina que nos espera al término de la misma es, sin lugar a dudas, la gran responsable con respecto a la aceptación y el conformismo generalizado del que aparentemente no podemos despojarnos, tanto es así, que ni siquiera el conocimiento de la verdad de este absurdo mundo trae consigo las subsiguientes reflexiones acerca de cómo cambiarlo de alguna manera, pues aquél ciego que trae consigo una venda bien apretada en sus ojos, a pesar de desatar sus nudos y tirarla al suelo con desprecio, se ve atraído por una fuerza cuya magnitud, en muchos casos, es más fuerte que su propia voluntad, a taparse los ojos con sus manos si es preciso, pues no quiere, no necesita, no le satisface, vislumbrar siquiera una pequeña fracción de realidad.
Es por esto que la concepción de lo utópico, lo que a simple vista no puede alcanzarse, es concebido de una manera completamente errónea. En general, se suele cometer un error que a priori parece bien argumentado pero que, lejos de la realidad, se somete a la misma lógica que hace posibles todas estas desigualdades que acucian al mundo en el que vivimos, tanto históricamente, como en la actualidad. Es por ello que se suele caer en el más profundo y a la vez más simple error de considerar las consecuencias de un mundo que promueve la desigualdad, dado que sobre él se erige una estructura cuyas herramientas sirven para la misma, como verdades inherentes al propio ser humano, o lo que es lo mismo, pertenecientes a su naturaleza.

Explicado de esta manera quizás resulta más inteligible. Para aceptar punto por punto las características y la metodología del sistema capitalista y todos los sistemas que le preceden, es necesario a su vez afirmar rotundamente que el ser humano como tal, es malvado, egoísta, cruel, vil, etc de forma inmanente. Para aceptar por completo la desigualdad, es necesaria la consideración de que ésta debe, por una fuerza inmutable de nuestra naturaleza, existir. Cosa que no se encuentra probada y que puede ser criticada muy fácilmente, pues si bien a lo largo de la historia hemos conformado sociedades en las que su estructura podría resumirse en la confrontación de los intereses de los opresores y los de los oprimidos, éstos últimos siempre han encontrado todo tipo de trabas o de imposiciones arraigadas en lo más profundo de su ser de que no debían ser ellos los libres, los que decidieran por sí mismos, sino que, por alguna razón oculta, ya se encuentre en libros divinos, en herencias de sangre, o en riquezas supuestamente legítimas entre otros casos, tenían la obligación de servir a sus respectivos amos en cada momento de la historia. ¿Qué significa esto? Que los que han movido la historia sin conciencia alguna han sido los oprimidos, pues su gran cantidad así lo ha permitido, pero los que han sido verdaderamente artífices de tales movimientos, los que han encabezado y dirigido esa fuerza motora de la mayoría absoluta, no han sido otros que los opresores, y por tanto, esto mismo destruye toda teoría que se fundamente sobre lo anteriormente descrito, ya que los hombres nunca han sido dueños de sí mismos y siempre han obedecido y dependido completamente de las órdenes de tiranos psicópatas, dos conceptos prácticamente redundantes.

Es por ello que el concepto de utopía depende indudablemente del punto desde el que se mire; si aceptamos la historia en la que los hombres jamás han sido libres, y por tanto, jamás han podido progresar en tanto a su naturaleza y voluntad proveniente del seno de sí mismos, podríamos afirmar de manera bien contundente que la pretensión de un cambio que conlleve al menos un acercamiento a la anhelada igualdad, es básicamente utópica, pero si concebimos la historia como el desviamiento de nuestra propia naturaleza en tanto a los intereses de unas minorías psicópatas cuyas acciones se han puesto en marcha mediante las herramientas propias del poder (Gobierno, autoridad, religión, violencia, fuerzas militares...) llegaríamos a la conclusión de que todo cambio es posible, y que la utopía no es más que el concepto utilizado por los conformistas o los que albergan intereses en un sistema desigual para desalentar a las masas inconformistas. De hecho, cabe decir que la única afirmación, la única convicción posible que da lugar a una reflexión en la que se acepte un sistema desigual, debe basarse en que nuestra naturaleza es desigual en sí misma, mientras que sólo es preciso afirmar que el ser humano se desarrolla directamente en tanto a su educación, lo que implicaría la ausencia de una tendencia real, o que éste tiende a la bondad (teoría a la que yo me adscribo) para dejar en evidencia cualquier defensa a todos los sistemas llevados a cabo hasta la actualidad.

Además de todo lo dicho, cabe destacar cuál es la dirección que, a pesar de hallarse sometido, toma el ser humano durante toda su historia. ¿No es acaso la progresiva liberación de sí mismo lo que está sucediendo de continuo? Tal y como podría decirse desde el materialismo histórico, la historia toma su motor en una lucha de clases en la que los opresores y los oprimidos luchan por intereses contrarios, pero pese a que aparentemente los opresores son los triunfadores, cierto es que, a pesar de todos los intentos por establecer nuevas doctrinas que cumplen con los intereses de diversas minorías de manera continua, avanzamos hacia una libertad cada vez mayor, aunque en esta dirección podemos encontrar un problema del que quizás aún no nos habíamos persuadido, y es que hemos avanzado hacia la mayor cota de libertad que el sistema dominador puede ofrecer, y por tanto, toda pretensión de libertad que se encuentre dentro del propio espectro que el sistema es capaz de soportar, será sofocada de inmediato, por lo que es precisa una Revolución que no se atenga a tal espectro, ¿Y qué es lo que no se sustenta sobre las bases del sistema? el anarquismo.

Cabría rescatar una cita de Eduardo Galeano acerca de este concepto tan bello como es la utopía: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
No se nos ha de olvidar que el significado correcto del concepto nos ofrece una visión de progreso, una meta cuya imposibilidad depende del camino, y no de la perspectiva con la que se mire; el horizonte puede verse a lo lejos, y a pesar de que llegue al punto que veía desde el camino que precede mis pasos, no veré sino más horizonte allá a lo lejos. El horizonte, ese abismo infranqueable e inhóspito parece insondable a lo lejos, y nunca dejará de parecerlo, pues cuando llegue al complicado lugar que había previsto y alce la vista de nuevo, una vez más, seguiré vislumbrando el horizonte.


jueves, 8 de enero de 2015

Religión.

Todos y cada uno de nosotros nos hemos visto afectados directa o indirectamente por creencias, doctrinas y elucubraciones que toman su origen en la inseguridad y delegación de responsabilidad de los hombres. Vivimos atados a sogas invisibles que nos asen del cuello impidiéndonos caminar y avanzar por la senda del progreso natural humano.
Cuando se habla de progreso, el pensamiento general suele imaginar un mundo con tecnologías muy avanzadas, pueblos sin confrontaciones, en paz y armonía, presidentes benévolos, política alejada de la corrupción, envidias disueltas y bajas tasas de delincuencia.
Pero pocos saben que precisamente éstas son herramientas (al tener que utilizarlas obligatoriamente para llegar a ello) muy eficaces para la perpetuación del sistema y su poder, y entre ellas, una de las más útiles y aberrantes, pues se atiene a los fueros más profundos del espíritu humano, no es otra más que la religión.
Antes de adentrarme en el meollo del concepto, me gustaría aclarar otro concepto mencionado, ya que la percepción del mismo se ha visto muy distorsionada debido al actual avance del mundo; el progreso.
La manera actual de concebir el progreso, tiene que ver, no con el fluir ordinario de la naturaleza humana, sino con los pasos agigantados, sonoros y destructivos de los intereses de los cargos de poder. Se concibe el progreso de manera que son el egoísmo, la codicia, el consumismo y el materialismo más burdo y superfluo, las metas que la humanidad ha de seguir. Pero nada más lejos de la realidad, y a pesar de que pueda someterme al juicio y la crítica más injustos, me hallo en la obligación de actuar como fuente reveladora de la verdad en este caso, pues a pesar de poder ser percibido como un mesías maldito, poco o nada me importan las habladurías de los que, por no saber, no se persuaden ni de lo que han comido el día anterior.
El progreso real es aquél que, al igual que la libertad (y acompañado de la misma), fluye en dirección a nuestra propia naturaleza, pero claro está que el problema en sí no es el camino tomado como progreso, sino el hecho de concluir cuál es nuestra verdadera naturaleza, lo que implicaría una revelación del camino, o lo que es lo mismo, del progreso. Aunque esto no implicara en sí mismo que nuestra elección fuera la de escoger el camino correcto.
La naturaleza de los hombres con respecto a la bondad y la maldad, no es algo tan claro y concreto, aunque ya haya escrito sobre ello, pero si hay una naturaleza, una tendencia clara e indiscutible hacia una meta concreta, ésta sería la de crear. Los hombres no necesitamos de Dios o Dioses, de Creador o Creadores, pues tales divinidades sólo pueden ser halladas en el seno de nosotros mismos.

Religión y espiritualidad.

En primer lugar, para un mejor entendimiento de lo que viene a continuación, he de explicar el concepto y origen del mismo. La religión nace como una solución a uno o varios problemas,  uno de ellos es el que por lo general, con sólo una mente ordinaria y unas pocas horas de reflexión, podemos revelar como la necesidad de explicar lo que ocurre a nuestro alrededor, y no sólo explicarlo, sino hallar un porqué, una causa en sí.
Pero además de esto, existe otro problema que, sin persuadirnos siquiera de ello, intentamos solucionar mediante una religión, y éste es la delegación de responsabilidad. Cuando algo malo ocurre, tenemos la imperiosa necesidad de atribuírselo a una causa divina, pues nos es más fácil delegar en otros el asunto de solucionar un problema, y así, mantenernos conformes y dóciles para con esa entidad que nosotros mismos hemos generado.
De la misma manera, cuando algo bueno ocurre, tendemos a atribuirle ese grandioso hecho a una causa divina, y no a nosotros mismos.
Si sois avispados, os habréis dado cuenta ya de un punto confluente en todos los casos en los que intervienen una o varias divinidades; en todos los casos existe un origen que nada tiene que ver con la fe o la esperanza en sí, sino con la interacción de esa naturaleza creadora anteriormente mencionada y la inseguridad, la incapacidad de conocer para posteriormente, saber. En el caso de que algo malo ocurra, delegamos nuestra responsabilidad en una divinidad debido a que no queremos recorrer un camino duro en el que afrontemos ese problema y nuestros propios miedos o inseguridades, y en el caso de que algo bueno ocurra, no nos vemos capaces de posicionarnos en un lugar cuya altura en comparación con los otros, sea demasiado grande. Y no nos confundamos, los logros materiales, aquellos que burdamente pueden conseguirse por métodos superfluos, no son nada en comparación con lo que los hechos buenos de los que hablo pueden ofrecer.

Pero aún así, estaría confundiendo términos, y ahora es cuando he de explicar la diferencia entre el concepto de religión, y el concepto de espiritualidad.

La espiritualidad o lo metafísico nace de la necesidad de explicar, y con ello, saber, lo que la inteligencia no puede comprender por sí misma. Para ello se utiliza la imaginación y el razonamiento, ya que obviamente, se necesitan de argumentos plausibles con objeto de aportar mayor veracidad a las propias elucubraciones. El problema de esto radica en su imposibilidad por ser demostrado, pues se tratan historias complejas, llenas de posibilidades e interpretaciones subjetivas en las que nos es imposible decir: no. Un ejemplo claro podría ser la existencia de vida extraterrestre; se pueden elucubrar toda clase de teorías sobre su fisiología, pero nos es completamente imposible conocer aquello que no percibimos. Al fin y al cabo, la comprensión de los fenómenos no necesita de nada más que de la confluencia entre la función de las percepciones y la razón, actuando la primera como perceptora, y la segunda como interpretadora. Y permitiendo así la adquisición de lo que denominamos: saber.

Es ordinario que cuando se produce la ausencia de una metodología cuya función sea la de aportar una explicación lo más objetiva posible a un fenómeno, es por necesidad, aplicada otra bien distinta, a la que conocemos con el nombre de espiritualidad o metafísica.
Si bien es cierto que he diferenciado el concepto de espiritualidad con el de religión, también es cierto que ésta última necesita de la primera para existir, pues es la base de la estructura sobre la que se erige la misma. Muchos confunden estos dos términos y manifiestan una afirmación completamente incorrecta al respecto. Abogan porque el origen de Dios, o su descubrimiento, se encuentra en las religiones, cuando en realidad, el origen o descubrimiento del mismo se encuentra en la espiritualidad. Tratando este último concepto como la parte explicativa, mientras que la religión sería la estructura, la institución que, por esencia y tendencia absoluta, es necesariamente impositiva.

Sin entrar aún en cuál es o no correcta, pasaré a explicar qué es la religión y por qué ha de ser diferenciada de la espiritualidad a pesar de que tome a esta última como sustento.

La religión es la estructura, el edificio, la institución, que controla, en asociación con los puntos más altos de la escala del poder político, a todos aquellos que, en su debilidad, caen en su influjo. (Se podría además tomar como una doctrina o conjunto de ideas dogmáticas cuyo éxito es rotundo)
Para explicar de manera más inteligible este asunto, considero que el extremo del mismo ocurrido con el cristianismo en la Edad Media, puede revelarnos su verdadera empresa.
Antaño, en el denominado Antiguo Régimen, la mayor parte de la sociedad que lo conformaba se hallaba sometida al yugo del feudalismo. Nobles, herederos de un dudoso cargo de poder, poseían las tierras que otros; míseros campesinos, hambrientos y harapientos, cegados y sumidos en la oscuridad que se cierne sobre aquél que brota en la pobreza, cual tallo delgado y frágil en ivierno, labraban.
Aquellos campesinos nacían en un lugar donde todo era absoluto sufrimiento, y ellos mismos reaccionaban detestando aquella estructura, pero sin poder hacerlo, pues dependían de ella. En su ignorancia, ellos no podían concebir la destrucción de un mundo de tales características, pues la misma estructura, el mismo pensamiento generalizado de que todo era así porque así habría de ser, frenaba cualquiera de sus pensamientos más íntima y tácitamente subversivos. ¿Adivináis cuál era la doctrina más influyente para que este fenómeno sucediera? El cristianismo, que casualmente es una de las mayores y más poderosas religiones de la actualidad.
Los campesinos, rodeados de absoluta oscuridad, concebían la religión como la luz, como la justificación de todo lo que les acontecía, desde sus problemas más ínfimos, hasta sus problemas más graves. Todos ellos eran la voluntad de Dios, un ente externo, superior a todo y a todos en todos los aspectos. Omnipotente, ubicuo, divino y perfecto. La representación de toda la pureza y la "buena moral". Es evidente que la enseñanza de esta doctrina, aportaba un carácter de sumisión y docilidad para con el mundo en el que vivían, y precisamente por ello es por lo que su existencia era permitida y tan estrechamente ligada al poder.

A pesar de que considero que el asunto ha sido bien explicado, me gustaría reparar en una cita de Arthur Schopenhauer, que con una sencilla frase, abarca todas las explicaciones posibles acerca del porqué de creer, de tener fe, en vez de juzgar lógicamente estos asuntos:

Yo diría además que la religión es el caramelo del niño, tan dulce e irresistible, que no puede evitar degustar plácida y gozosamente su sabor. Ya que el niño es débil a los impulsos, y a pesar de que, en un caso hipotético, le explicaran en términos reales que ese caramelo está elaborado con cianuro, no sería capaz de controlarse ante tan grandioso (y a la vez tan burdo y despreciable) estímulo.

Tendríamos de esta forma al cristianismo de esa época como médico que cura una enfermedad que él mismo ha provocado y difundido, trazando así una espiral en la que lo único que permanece son los valores y la moral necesarias para perpetuar la servidumbre de los hombres. O lo que es lo mismo, la moral de esclavo.

Habiendo dejado claro el carácter irresistible de todas las doctrinas religiosas, es necesario aplicar estos conocimientos a aquellos que abogan por el respeto hacia las mismas.
En muchas ocasiones he leído u oído a personas defensoras de la religión que arguyen diciendo: "Si una religión no se impone a los otros, ha de ser respetada." Lamentablemente, queridos lectores, no se podría caer en más grave error, ya que no sólo se defiende algo increíblemente nocivo para la vida, sino que además se es tan ingenuo como para creer que el origen y la aceptación de una religión radica en la libertad de elección o incluso en la de pensamiento. Como ya he escrito anteriormente, la esencia de la religión es la imposición. Se puede ver en muchas ocasiones cómo a aquellos que pretenden extender por la fuerza sus creencias son tratados como "extemistas", pero en realidad no lo son. Ellos serían considerados por su doctrina misma como los héroes más fieles de entre todos los seguidores de la religión que se quiera. Si bien he querido distinguir minuciosamente el concepto de religión con el concepto de espiritualidad, el motivo por el cuál lo he hecho se halla en la afirmación actual.
La esencia de la religión es su perpetuación y su extensión, por ello mismo se trata de una institución influyente y poderosa, lo que no implica que la esencia de la espiritualidad lo sea.

En el caso de la espiritualidad, podemos concebir de manera positiva sus elucubraciones, pues al tratar los fenómenos inexplicables de una manera razonable, es decir, aplicando argumentos contundentes y aportando posibilidades mucho más que plausibles, a menudo allanan el terreno para un posterior y más objetivo análisis de las mismas. Un ejemplo sería Demócrito, que a pesar de no poseer conocimientos científicos, (aceptando que éstos son supuestamente los más objetivos) ya desarrolló una teoría que "grosso modo", trataba de explicar la existencia de unas partículas minúsculas que conformaban el universo, ¿Te suena de algo? Átomos.

Pero llegados a este punto, considero que no se debe condenar la espiritualidad en sí misma, sino los dogmas que surgen a su alrededor. Cierto es que el hecho de tratar de explicar los fenómenos inexplicables, además de requerir una enorme perspicacia y conocimiento sobre lo que se trata, es sin duda una actividad cuya complejidad da lugar a la aparición de ese tan indeseado dogmatismo del que hablo, pero esto solamente puede ocurrir si el que la practica es, o un incauto, o un malvado, o un incapaz (en términos de genialidad).

En resumen, la religión como tal es nociva para la sociedad, pues impide la libertad en todos los aspectos. Además, impone sus doctrinas naturalmente. De hecho, su principal "modus operandi" es el adoctrinamiento de los más jóvenes, cosa innegable, ya que hasta existen ritos de iniciación que suelen llevarse a cabo al poco tiempo de que los pobres niños nazcan. Y todo ello mezclado con una supuesta cultura y tradición, acaba por formar un cóctel en el que hasta los que ni siquiera reflexionan sobre este tema, terminan por aceptarlo por mera cotidianidad.

Antes de terminar con este escrito, me gustaría dejaros aquí dos aforismos que nacieron de mí y que me parecen dignos de ser leídos por vosotros. Naturalmente, estos dos aforismos vienen a colación con lo tratado anteriormente, así que ahí van:

"La religión basa su fuerza en la incoherencia; tanto más irrefutable sea ésta, tanto más poder detentará."

"Lo irrefutable puede tomar dos caminos: el primero es la obviedad, el segundo el disparate." 
 
*Esta sería la primera parte acerca de los temas religiosos, en el siguiente artículo sobre este asunto trataré un tema de gran controversia: la existencia de Dios.*