Condenados, esa es la palabra, nos hallamos condenados a repetir una y otra vez los errores de un pretérito y de un presente que acude a nosotros pretendiendo explicar el porqué de nuestras acciones.
Creemos creer, cuando en realidad sólo vivimos, y nada nos importa más que la coacción y el maltrato, propios de toda relación de poder.
Nos anulamos a nosotros y destruimos a los otros porque eso es lo que consideramos, y de la misma forma, castigamos y elaboramos consecuencias y reglas sustentadas en una moral de dudosa y pedregosa procedencia, creyendo, una vez más, que es así como ha de funcionar el mundo; las relaciones humanas. He dejado ya de tener conciencia del número de veces que he repetido nuestra absurda y generalizada apreciación de las cosas, pero a veces me resulta tan injusta y repulsiva que me es imposible no callar, cayendo así en una inevitable redundancia.
Tras haber divagado en unas cuantas líneas, me gustaría aportaros a vosotros, mis lectores, la idea de justicia tratada desde la interpretación general y absurda de la que hablo, citando para ello al filósofo Friedrich Nietzsche.
Cuando Nietzsche habla de los temas relacionados con las interacciones humanas, describe una realidad que él mismo percibe desde una vista muy alejada de la misma, siendo capaz así de analizar más profunda y objetivamente su funcionamiento, aunque peca de no pretender explicar el porqué de los mismos (de los temas relacionados con las interacciones humanas), pues sólo se limita a describirlos como tal, utilizando para ello una especie de metáfora en la que coloca a todos los individuos que conforman una sociedad y sus correspondientes interrelaciones, en un mismo nivel, otorgándoles a cada uno un cargo de poder cuya principal característica es la equivalencia absoluta. Obviamente, tal equivalencia no existe, puesto que la totalidad de los sistemas sucedidos en toda la historia se han dedicado, o bien a generar diferencias y desigualdad, o bien a extender aún más una desigualdad ya existente por un sistema precedente, he ahí una de las principales causas de injusticia y arrebatamiento de la libertad de toda nuestra historia. Aunque ciertamente parece darse en la actualidad algo similiar a eso mismo que trata el filósofo mencionado (sin contar, obviamente, con los territorios sepultados en la más repugnante pobreza económica, que naturalmente, invita a la decadencia en las ideas de aquellos que la sufren), y como además, hemos decidido citar al señor Nietzsche y a su perspectiva (lógicamente burguesa), vamos a proceder a explicar esa equivalencia de poderes de la que habla.
Imaginemos que todos los individuos de una sociedad son colocados en una balanza con tantos brazos como individuos existen, esta balanza posee un mecanismo por el cual, si uno de los brazos no soporta el mismo peso que los demás, toda ella se desequilibrará, generando así una indeseada desigualdad.
Bien, además de ese mecanismo, cabe decir que la balanza no mide el peso en masa, sino el peso del poder de cada individuo, por tanto, nada tiene que ver en este asunto la masa corporal, sino el poder que ostenta cada uno. A partir de este momento y conociendo la natural irregularidad de las sociedades humanas que se sustentan en el poder, ya haya sido repartido o no, es de una lógica aplastante lo que ocurrirá a continuación; alguien se excederá en el uso de su poder. Pero, ¿Cómo es posible? Dicen unos. ¡Qué mala persona! Dicen otros.
Lo que personalmente puedo decir al respecto es que no hay nada más natural que eso, pues cuando ofreces un arma a alguien, ese alguien se convertirá en un arma. Creedme, prácticamente todos nosotros somos capaces físicamente de acabar con la vida de otro con nuestras propias manos, lo único que necesitamos para hacerlo es una buena estrategia, y sin embargo, no lo hacemos. ¿Entendéis la analogía? Sigamos.
En esa sociedad en la que todo individuo se encuentra encima de su brazo de la balanza correspondiente, se considera un acto de traición, un crimen, el hecho de excederse, lo que implica que una de las personas que conforman tal sociedad ha colocado mayor peso del que debería, por lo que toda la sociedad pretenderá restaurar tal infracción. Esta restauración puede hacerse de dos maneras, la primera tiene que ver con las sociedades más arcaicas, y la segunda con las más contemporáneas.
En la primera, la sociedad castigaba al criminal usurpando su poder y repartiéndoselo entre cada uno, lo que dejaba al criminal indefenso. Es así como se producían los casos de ahorcamientos, torturas, vejaciones, maltratos, y toda una serie de maldades inhumanas, propias paradójicamente, de personas con las mismas características criminales contra las que, supuestamente, se pretendía acabar.
Por otro lado, en el segundo caso lo que se elabora es un castigo que suprima el poder usurpado por el criminal mediante el encarcelamiento o la obligación de pagar con capital (lo más importante en el mundo actual). Para que de esa forma el criminal no sólo se vea apartado de la sociedad, sino que además se verá privado de su libertad durante una cantidad de tiempo que depende de la gravedad del crimen cometido.
El problema es que en ambos casos lo que se pretende es el restablecimiento de algo que no debería existir, y que se asume sin rechistar (de hecho, es la causa verdadera de los actos criminales); la existencia misma del poder y su aplicación en las relaciones humanas. Las personas nacen encima de su correspondiente brazo de la balanza, y nunca son preguntadas o siquiera informadas de la existencia de tal cosa, por lo que se ven abogadas a tomar esa metodología de "crimen y castigo" de manera impuesta, obligada. Tal proceso solamente se limita a juzgar casos criminales de forma sistemática, y esto ocurre tanto en su máximo exponente: la institución judicial, como en su más llano, pero a la vez profundo, ejemplo, como puede ser la idea de justicia de cada individuo (perteneciente al ámbito moral general).
Habiendo llegado hasta este punto, supongo que os habréis persuadido de algo evidente, y es que la existencia misma del castigo nace como una respuesta a un problema, y no como una solución al mismo problema, es el castigo junto con las leyes que lo regulan (manifestando lo que ha de hacerse en caso de infringirse), una de las mayores necedades de nuestro mundo, puesto que su trascendencia en la sociedad depende de un problema mucho mayor y más arraigado en el pensamiento ordinario de todos los pueblos, (como bien he dicho antes: la existencia del poder). El castigo no pregunta ni soluciona, el castigo aparta y reduce a cenizas o daña al tratado como criminal dependiendo de lo severo que éste sea, evitando así la verdadera responsabilidad en tanto al porqué de los actos de tal criminal, y cómo evitarlos.
Tanto las leyes como los castigos son parches, y no soluciones a los problemas. Las leyes no se dedican a solucionar, sino a camuflar los naturales abusos que surgen como consecuencia del mismo poder al que sirven dócilmente.
*Probablemente escriba otros tantos artículos con la misma temática, pero como no es algo seguro, prefiero ser prudente y no tratar este artículo como una serie de la que se originen otros tantos.
martes, 24 de febrero de 2015
lunes, 26 de enero de 2015
¿Qué es la utopía?
Introducción.
Se reservan los buenos sentimientos, los buenos actos, los buenos pensamientos, las buenas ideas, y lo bueno en general, para lo que no tiene que ver con la realidad, sino con lo fantasioso. Se reserva todo ello para el arte, lo espiritual, lo metafísico, y mientras, se arguye violentamente contra aquél que pretende hacerlo realidad.Vives en un mundo de miseria, desigualdad, esclavitud, injusticia, muerte, crueldad, vileza, especulación, interés cuya meta es la superioridad de uno mismo, egoísmo, egolatría, individualismo extremo, obediencia ciega, guerras y confrontaciones llevadas al extremo mediante las armas más destructivas, racismo, xenofobia, machismo, trivialidad, ignorancia imbuida, dudas impuestas y aprehendidas, sentidos y direcciones impuestas, autoridad sin fundamentos y obligaciones que obedecen a los intereses cuyo enfoque se refiere a la jactancia y gozo de unos cuantos psicópatas. Y aún así me ves capaz de concebir un mundo mejor. Y tú, me miras a los ojos, incrédulo, y tienes la osadía de decirme que una mejora de este mundo implica realizar lo imposible, traer el paraíso a la tierra, abogando por una estúpida fe en nuestra incapacidad innata de hacerlo. Tú, que me escuchas y crees conocer la libertad y la independencia, que crees no creer, que crees no tener fe, tú, que con toda la amalgama de imposiciones adquiridas, vienes a mí a decirme que soy utópico, que lo que busco es imposible.
Tú, que aceptas lo inaceptable, que te resignas ante la injusticia más cruel, que concibes el mundo como lo que ha de ser mientras confundes ese peso que alberga tu interior con el estrés propio de la fatiga tras tu jornada de trabajo. Tú, que caminas en el borde de un abismo al que serás despojado el día que dudes, que vives confinado entre cuatro paredes que adoras y besas todas las noches creyendo hallar protección en su firmeza. Tú, que practicas el egoísmo y sus derivados, que utilizas ese tono quejumbroso contra aquello que amenaza a tu ser mientras callas, temeroso, cuando es el de tu lado el que sufre.
Tú, me hablas a mí, me analizas, utilizas todos tus sentidos para ver, para sentir, para ser capaz de imaginar siquiera el principio, el seno mismo de las alturas de mis pensamientos. Y sin saber por qué, sin tener motivos para rechazarme, convencido de que un incesante temor acudirá y turbará tu mente si me crees, giras la cabeza, te escondes de la luz que se cierne sobre tu figura, te vendas los ojos, te amordazas, te atas y te matas si eso impidiera conocer la verdad, la utopía.
Naciste utópico, naciste de la fantasía de dos cuerpos que se unieron con un fin, pero ese fin no coincidía con el motivo:
una idea,
el amor,
un sentimiento de fulgor,
una traba es el motivo,
tú naciste redentor.
Qué fantasías más bellas, afirma el incrédulo. Qué mundo más maravilloso, pero así no es como funciona, la vida es esto, este es nuestro mundo, esto es la sociedad, esto es la política, esto es la economía, esto son los ideales, estos son los caminos, síguelos o no los sigas, eres libre de hacerlo, pero siempre hay una condición: Si te quedas estancado,
si no quieres caminar,
morirás abandonado,
dejado y desalentado,
tus manos no servirán,
a la causa del patrón,
tu vida no será,
propiedad del propietario (por derecho de este mundo, por divina elección)
ahora bien,
señor proletario,
sepa usted bien lo siguiente:
si no encuentra un trabajo,
si no percibe un salario,
olvídese de sus días,
olvídese de sus noches,
olvídese de la vida,
confínese en su barrio,
muera usted de enfermedad,
muera usted de todo mal,
pues no sirve para nada
no parar de dar patadas.
Sepa usted, mi buen señor,
que sus manos son por uso
estupendas herramientas,
que no hay tonto más obtuso
que aquél que por no venderlas,
ya sea para labrar las tierras,
o para dejar de verlas,
-nunca para tirar piedras-
deja en la miseria eterna
a aquél que por necesidad
ya jamás se alimenta.
Y bien sepa, señorito,
que todos sus bienes le quito,
que sirva como escarmiento
haragán, perro maldito.
¿Qué es la utopía?
Por mi condición de despierto, anarquista, contrario a la lógica que actúa como motor del mundo actual, desarraigado de toda valoración, de todo efecto existente como causa al sistema impositivo en el que nos vemos obligados a existir, o mejor dicho, a subsistir, me he visto en la obligación de luchar con todos, hasta conmigo mismo, pues el adoctrinamiento anti-revolucionario al que se nos somete, cuyos motivos enfocan su vehemencia hacia el objeto de su misma perpetuación, brota y crece, construyendo raíces muy difíciles de eliminar. Esta metodología propia de la decadencia y la ruina que nos espera al término de la misma es, sin lugar a dudas, la gran responsable con respecto a la aceptación y el conformismo generalizado del que aparentemente no podemos despojarnos, tanto es así, que ni siquiera el conocimiento de la verdad de este absurdo mundo trae consigo las subsiguientes reflexiones acerca de cómo cambiarlo de alguna manera, pues aquél ciego que trae consigo una venda bien apretada en sus ojos, a pesar de desatar sus nudos y tirarla al suelo con desprecio, se ve atraído por una fuerza cuya magnitud, en muchos casos, es más fuerte que su propia voluntad, a taparse los ojos con sus manos si es preciso, pues no quiere, no necesita, no le satisface, vislumbrar siquiera una pequeña fracción de realidad.
Es por esto que la concepción de lo utópico, lo que a simple vista no puede alcanzarse, es concebido de una manera completamente errónea. En general, se suele cometer un error que a priori parece bien argumentado pero que, lejos de la realidad, se somete a la misma lógica que hace posibles todas estas desigualdades que acucian al mundo en el que vivimos, tanto históricamente, como en la actualidad. Es por ello que se suele caer en el más profundo y a la vez más simple error de considerar las consecuencias de un mundo que promueve la desigualdad, dado que sobre él se erige una estructura cuyas herramientas sirven para la misma, como verdades inherentes al propio ser humano, o lo que es lo mismo, pertenecientes a su naturaleza.Explicado de esta manera quizás resulta más inteligible. Para aceptar punto por punto las características y la metodología del sistema capitalista y todos los sistemas que le preceden, es necesario a su vez afirmar rotundamente que el ser humano como tal, es malvado, egoísta, cruel, vil, etc de forma inmanente. Para aceptar por completo la desigualdad, es necesaria la consideración de que ésta debe, por una fuerza inmutable de nuestra naturaleza, existir. Cosa que no se encuentra probada y que puede ser criticada muy fácilmente, pues si bien a lo largo de la historia hemos conformado sociedades en las que su estructura podría resumirse en la confrontación de los intereses de los opresores y los de los oprimidos, éstos últimos siempre han encontrado todo tipo de trabas o de imposiciones arraigadas en lo más profundo de su ser de que no debían ser ellos los libres, los que decidieran por sí mismos, sino que, por alguna razón oculta, ya se encuentre en libros divinos, en herencias de sangre, o en riquezas supuestamente legítimas entre otros casos, tenían la obligación de servir a sus respectivos amos en cada momento de la historia. ¿Qué significa esto? Que los que han movido la historia sin conciencia alguna han sido los oprimidos, pues su gran cantidad así lo ha permitido, pero los que han sido verdaderamente artífices de tales movimientos, los que han encabezado y dirigido esa fuerza motora de la mayoría absoluta, no han sido otros que los opresores, y por tanto, esto mismo destruye toda teoría que se fundamente sobre lo anteriormente descrito, ya que los hombres nunca han sido dueños de sí mismos y siempre han obedecido y dependido completamente de las órdenes de tiranos psicópatas, dos conceptos prácticamente redundantes.
Es por ello que el concepto de utopía depende indudablemente del punto desde el que se mire; si aceptamos la historia en la que los hombres jamás han sido libres, y por tanto, jamás han podido progresar en tanto a su naturaleza y voluntad proveniente del seno de sí mismos, podríamos afirmar de manera bien contundente que la pretensión de un cambio que conlleve al menos un acercamiento a la anhelada igualdad, es básicamente utópica, pero si concebimos la historia como el desviamiento de nuestra propia naturaleza en tanto a los intereses de unas minorías psicópatas cuyas acciones se han puesto en marcha mediante las herramientas propias del poder (Gobierno, autoridad, religión, violencia, fuerzas militares...) llegaríamos a la conclusión de que todo cambio es posible, y que la utopía no es más que el concepto utilizado por los conformistas o los que albergan intereses en un sistema desigual para desalentar a las masas inconformistas. De hecho, cabe decir que la única afirmación, la única convicción posible que da lugar a una reflexión en la que se acepte un sistema desigual, debe basarse en que nuestra naturaleza es desigual en sí misma, mientras que sólo es preciso afirmar que el ser humano se desarrolla directamente en tanto a su educación, lo que implicaría la ausencia de una tendencia real, o que éste tiende a la bondad (teoría a la que yo me adscribo) para dejar en evidencia cualquier defensa a todos los sistemas llevados a cabo hasta la actualidad.
Además de todo lo dicho, cabe destacar cuál es la dirección que, a pesar de hallarse sometido, toma el ser humano durante toda su historia. ¿No es acaso la progresiva liberación de sí mismo lo que está sucediendo de continuo? Tal y como podría decirse desde el materialismo histórico, la historia toma su motor en una lucha de clases en la que los opresores y los oprimidos luchan por intereses contrarios, pero pese a que aparentemente los opresores son los triunfadores, cierto es que, a pesar de todos los intentos por establecer nuevas doctrinas que cumplen con los intereses de diversas minorías de manera continua, avanzamos hacia una libertad cada vez mayor, aunque en esta dirección podemos encontrar un problema del que quizás aún no nos habíamos persuadido, y es que hemos avanzado hacia la mayor cota de libertad que el sistema dominador puede ofrecer, y por tanto, toda pretensión de libertad que se encuentre dentro del propio espectro que el sistema es capaz de soportar, será sofocada de inmediato, por lo que es precisa una Revolución que no se atenga a tal espectro, ¿Y qué es lo que no se sustenta sobre las bases del sistema? el anarquismo.
Cabría rescatar una cita de Eduardo Galeano acerca de este concepto tan bello como es la utopía: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."No se nos ha de olvidar que el significado correcto del concepto nos ofrece una visión de progreso, una meta cuya imposibilidad depende del camino, y no de la perspectiva con la que se mire; el horizonte puede verse a lo lejos, y a pesar de que llegue al punto que veía desde el camino que precede mis pasos, no veré sino más horizonte allá a lo lejos. El horizonte, ese abismo infranqueable e inhóspito parece insondable a lo lejos, y nunca dejará de parecerlo, pues cuando llegue al complicado lugar que había previsto y alce la vista de nuevo, una vez más, seguiré vislumbrando el horizonte.
jueves, 8 de enero de 2015
Religión.
Todos y cada uno de nosotros nos hemos visto afectados directa o indirectamente por creencias, doctrinas y elucubraciones que toman su origen en la inseguridad y delegación de responsabilidad de los hombres. Vivimos atados a sogas invisibles que nos asen del cuello impidiéndonos caminar y avanzar por la senda del progreso natural humano.
Cuando se habla de progreso, el pensamiento general suele imaginar un mundo con tecnologías muy avanzadas, pueblos sin confrontaciones, en paz y armonía, presidentes benévolos, política alejada de la corrupción, envidias disueltas y bajas tasas de delincuencia.
Pero pocos saben que precisamente éstas son herramientas (al tener que utilizarlas obligatoriamente para llegar a ello) muy eficaces para la perpetuación del sistema y su poder, y entre ellas, una de las más útiles y aberrantes, pues se atiene a los fueros más profundos del espíritu humano, no es otra más que la religión.
Antes de adentrarme en el meollo del concepto, me gustaría aclarar otro concepto mencionado, ya que la percepción del mismo se ha visto muy distorsionada debido al actual avance del mundo; el progreso.
La manera actual de concebir el progreso, tiene que ver, no con el fluir ordinario de la naturaleza humana, sino con los pasos agigantados, sonoros y destructivos de los intereses de los cargos de poder. Se concibe el progreso de manera que son el egoísmo, la codicia, el consumismo y el materialismo más burdo y superfluo, las metas que la humanidad ha de seguir. Pero nada más lejos de la realidad, y a pesar de que pueda someterme al juicio y la crítica más injustos, me hallo en la obligación de actuar como fuente reveladora de la verdad en este caso, pues a pesar de poder ser percibido como un mesías maldito, poco o nada me importan las habladurías de los que, por no saber, no se persuaden ni de lo que han comido el día anterior.
El progreso real es aquél que, al igual que la libertad (y acompañado de la misma), fluye en dirección a nuestra propia naturaleza, pero claro está que el problema en sí no es el camino tomado como progreso, sino el hecho de concluir cuál es nuestra verdadera naturaleza, lo que implicaría una revelación del camino, o lo que es lo mismo, del progreso. Aunque esto no implicara en sí mismo que nuestra elección fuera la de escoger el camino correcto.
La naturaleza de los hombres con respecto a la bondad y la maldad, no es algo tan claro y concreto, aunque ya haya escrito sobre ello, pero si hay una naturaleza, una tendencia clara e indiscutible hacia una meta concreta, ésta sería la de crear. Los hombres no necesitamos de Dios o Dioses, de Creador o Creadores, pues tales divinidades sólo pueden ser halladas en el seno de nosotros mismos.
Religión y espiritualidad.
En primer lugar, para un mejor entendimiento de lo que viene a continuación, he de explicar el concepto y origen del mismo. La religión nace como una solución a uno o varios problemas, uno de ellos es el que por lo general, con sólo una mente ordinaria y unas pocas horas de reflexión, podemos revelar como la necesidad de explicar lo que ocurre a nuestro alrededor, y no sólo explicarlo, sino hallar un porqué, una causa en sí.
Pero además de esto, existe otro problema que, sin persuadirnos siquiera de ello, intentamos solucionar mediante una religión, y éste es la delegación de responsabilidad. Cuando algo malo ocurre, tenemos la imperiosa necesidad de atribuírselo a una causa divina, pues nos es más fácil delegar en otros el asunto de solucionar un problema, y así, mantenernos conformes y dóciles para con esa entidad que nosotros mismos hemos generado.
De la misma manera, cuando algo bueno ocurre, tendemos a atribuirle ese grandioso hecho a una causa divina, y no a nosotros mismos.
Si sois avispados, os habréis dado cuenta ya de un punto confluente en todos los casos en los que intervienen una o varias divinidades; en todos los casos existe un origen que nada tiene que ver con la fe o la esperanza en sí, sino con la interacción de esa naturaleza creadora anteriormente mencionada y la inseguridad, la incapacidad de conocer para posteriormente, saber. En el caso de que algo malo ocurra, delegamos nuestra responsabilidad en una divinidad debido a que no queremos recorrer un camino duro en el que afrontemos ese problema y nuestros propios miedos o inseguridades, y en el caso de que algo bueno ocurra, no nos vemos capaces de posicionarnos en un lugar cuya altura en comparación con los otros, sea demasiado grande. Y no nos confundamos, los logros materiales, aquellos que burdamente pueden conseguirse por métodos superfluos, no son nada en comparación con lo que los hechos buenos de los que hablo pueden ofrecer.
Pero aún así, estaría confundiendo términos, y ahora es cuando he de explicar la diferencia entre el concepto de religión, y el concepto de espiritualidad.
La espiritualidad o lo metafísico nace de la necesidad de explicar, y con ello, saber, lo que la inteligencia no puede comprender por sí misma. Para ello se utiliza la imaginación y el razonamiento, ya que obviamente, se necesitan de argumentos plausibles con objeto de aportar mayor veracidad a las propias elucubraciones. El problema de esto radica en su imposibilidad por ser demostrado, pues se tratan historias complejas, llenas de posibilidades e interpretaciones subjetivas en las que nos es imposible decir: no. Un ejemplo claro podría ser la existencia de vida extraterrestre; se pueden elucubrar toda clase de teorías sobre su fisiología, pero nos es completamente imposible conocer aquello que no percibimos. Al fin y al cabo, la comprensión de los fenómenos no necesita de nada más que de la confluencia entre la función de las percepciones y la razón, actuando la primera como perceptora, y la segunda como interpretadora. Y permitiendo así la adquisición de lo que denominamos: saber.
Es ordinario que cuando se produce la ausencia de una metodología cuya función sea la de aportar una explicación lo más objetiva posible a un fenómeno, es por necesidad, aplicada otra bien distinta, a la que conocemos con el nombre de espiritualidad o metafísica.
Si bien es cierto que he diferenciado el concepto de espiritualidad con el de religión, también es cierto que ésta última necesita de la primera para existir, pues es la base de la estructura sobre la que se erige la misma. Muchos confunden estos dos términos y manifiestan una afirmación completamente incorrecta al respecto. Abogan porque el origen de Dios, o su descubrimiento, se encuentra en las religiones, cuando en realidad, el origen o descubrimiento del mismo se encuentra en la espiritualidad. Tratando este último concepto como la parte explicativa, mientras que la religión sería la estructura, la institución que, por esencia y tendencia absoluta, es necesariamente impositiva.
Sin entrar aún en cuál es o no correcta, pasaré a explicar qué es la religión y por qué ha de ser diferenciada de la espiritualidad a pesar de que tome a esta última como sustento.
La religión es la estructura, el edificio, la institución, que controla, en asociación con los puntos más altos de la escala del poder político, a todos aquellos que, en su debilidad, caen en su influjo. (Se podría además tomar como una doctrina o conjunto de ideas dogmáticas cuyo éxito es rotundo)
Para explicar de manera más inteligible este asunto, considero que el extremo del mismo ocurrido con el cristianismo en la Edad Media, puede revelarnos su verdadera empresa.
Antaño, en el denominado Antiguo Régimen, la mayor parte de la sociedad que lo conformaba se hallaba sometida al yugo del feudalismo. Nobles, herederos de un dudoso cargo de poder, poseían las tierras que otros; míseros campesinos, hambrientos y harapientos, cegados y sumidos en la oscuridad que se cierne sobre aquél que brota en la pobreza, cual tallo delgado y frágil en ivierno, labraban.
Aquellos campesinos nacían en un lugar donde todo era absoluto sufrimiento, y ellos mismos reaccionaban detestando aquella estructura, pero sin poder hacerlo, pues dependían de ella. En su ignorancia, ellos no podían concebir la destrucción de un mundo de tales características, pues la misma estructura, el mismo pensamiento generalizado de que todo era así porque así habría de ser, frenaba cualquiera de sus pensamientos más íntima y tácitamente subversivos. ¿Adivináis cuál era la doctrina más influyente para que este fenómeno sucediera? El cristianismo, que casualmente es una de las mayores y más poderosas religiones de la actualidad.
Los campesinos, rodeados de absoluta oscuridad, concebían la religión como la luz, como la justificación de todo lo que les acontecía, desde sus problemas más ínfimos, hasta sus problemas más graves. Todos ellos eran la voluntad de Dios, un ente externo, superior a todo y a todos en todos los aspectos. Omnipotente, ubicuo, divino y perfecto. La representación de toda la pureza y la "buena moral". Es evidente que la enseñanza de esta doctrina, aportaba un carácter de sumisión y docilidad para con el mundo en el que vivían, y precisamente por ello es por lo que su existencia era permitida y tan estrechamente ligada al poder.
A pesar de que considero que el asunto ha sido bien explicado, me gustaría reparar en una cita de Arthur Schopenhauer, que con una sencilla frase, abarca todas las explicaciones posibles acerca del porqué de creer, de tener fe, en vez de juzgar lógicamente estos asuntos:
Yo diría además que la religión es el caramelo del niño, tan dulce e irresistible, que no puede evitar degustar plácida y gozosamente su sabor. Ya que el niño es débil a los impulsos, y a pesar de que, en un caso hipotético, le explicaran en términos reales que ese caramelo está elaborado con cianuro, no sería capaz de controlarse ante tan grandioso (y a la vez tan burdo y despreciable) estímulo.
Tendríamos de esta forma al cristianismo de esa época como médico que cura una enfermedad que él mismo ha provocado y difundido, trazando así una espiral en la que lo único que permanece son los valores y la moral necesarias para perpetuar la servidumbre de los hombres. O lo que es lo mismo, la moral de esclavo.
Habiendo dejado claro el carácter irresistible de todas las doctrinas religiosas, es necesario aplicar estos conocimientos a aquellos que abogan por el respeto hacia las mismas.
En muchas ocasiones he leído u oído a personas defensoras de la religión que arguyen diciendo: "Si una religión no se impone a los otros, ha de ser respetada." Lamentablemente, queridos lectores, no se podría caer en más grave error, ya que no sólo se defiende algo increíblemente nocivo para la vida, sino que además se es tan ingenuo como para creer que el origen y la aceptación de una religión radica en la libertad de elección o incluso en la de pensamiento. Como ya he escrito anteriormente, la esencia de la religión es la imposición. Se puede ver en muchas ocasiones cómo a aquellos que pretenden extender por la fuerza sus creencias son tratados como "extemistas", pero en realidad no lo son. Ellos serían considerados por su doctrina misma como los héroes más fieles de entre todos los seguidores de la religión que se quiera. Si bien he querido distinguir minuciosamente el concepto de religión con el concepto de espiritualidad, el motivo por el cuál lo he hecho se halla en la afirmación actual.
La esencia de la religión es su perpetuación y su extensión, por ello mismo se trata de una institución influyente y poderosa, lo que no implica que la esencia de la espiritualidad lo sea.
En el caso de la espiritualidad, podemos concebir de manera positiva sus elucubraciones, pues al tratar los fenómenos inexplicables de una manera razonable, es decir, aplicando argumentos contundentes y aportando posibilidades mucho más que plausibles, a menudo allanan el terreno para un posterior y más objetivo análisis de las mismas. Un ejemplo sería Demócrito, que a pesar de no poseer conocimientos científicos, (aceptando que éstos son supuestamente los más objetivos) ya desarrolló una teoría que "grosso modo", trataba de explicar la existencia de unas partículas minúsculas que conformaban el universo, ¿Te suena de algo? Átomos.
Pero llegados a este punto, considero que no se debe condenar la espiritualidad en sí misma, sino los dogmas que surgen a su alrededor. Cierto es que el hecho de tratar de explicar los fenómenos inexplicables, además de requerir una enorme perspicacia y conocimiento sobre lo que se trata, es sin duda una actividad cuya complejidad da lugar a la aparición de ese tan indeseado dogmatismo del que hablo, pero esto solamente puede ocurrir si el que la practica es, o un incauto, o un malvado, o un incapaz (en términos de genialidad).
En resumen, la religión como tal es nociva para la sociedad, pues impide la libertad en todos los aspectos. Además, impone sus doctrinas naturalmente. De hecho, su principal "modus operandi" es el adoctrinamiento de los más jóvenes, cosa innegable, ya que hasta existen ritos de iniciación que suelen llevarse a cabo al poco tiempo de que los pobres niños nazcan. Y todo ello mezclado con una supuesta cultura y tradición, acaba por formar un cóctel en el que hasta los que ni siquiera reflexionan sobre este tema, terminan por aceptarlo por mera cotidianidad.
Antes de terminar con este escrito, me gustaría dejaros aquí dos aforismos que nacieron de mí y que me parecen dignos de ser leídos por vosotros. Naturalmente, estos dos aforismos vienen a colación con lo tratado anteriormente, así que ahí van:
Cuando se habla de progreso, el pensamiento general suele imaginar un mundo con tecnologías muy avanzadas, pueblos sin confrontaciones, en paz y armonía, presidentes benévolos, política alejada de la corrupción, envidias disueltas y bajas tasas de delincuencia.
Pero pocos saben que precisamente éstas son herramientas (al tener que utilizarlas obligatoriamente para llegar a ello) muy eficaces para la perpetuación del sistema y su poder, y entre ellas, una de las más útiles y aberrantes, pues se atiene a los fueros más profundos del espíritu humano, no es otra más que la religión.
Antes de adentrarme en el meollo del concepto, me gustaría aclarar otro concepto mencionado, ya que la percepción del mismo se ha visto muy distorsionada debido al actual avance del mundo; el progreso.
La manera actual de concebir el progreso, tiene que ver, no con el fluir ordinario de la naturaleza humana, sino con los pasos agigantados, sonoros y destructivos de los intereses de los cargos de poder. Se concibe el progreso de manera que son el egoísmo, la codicia, el consumismo y el materialismo más burdo y superfluo, las metas que la humanidad ha de seguir. Pero nada más lejos de la realidad, y a pesar de que pueda someterme al juicio y la crítica más injustos, me hallo en la obligación de actuar como fuente reveladora de la verdad en este caso, pues a pesar de poder ser percibido como un mesías maldito, poco o nada me importan las habladurías de los que, por no saber, no se persuaden ni de lo que han comido el día anterior.
El progreso real es aquél que, al igual que la libertad (y acompañado de la misma), fluye en dirección a nuestra propia naturaleza, pero claro está que el problema en sí no es el camino tomado como progreso, sino el hecho de concluir cuál es nuestra verdadera naturaleza, lo que implicaría una revelación del camino, o lo que es lo mismo, del progreso. Aunque esto no implicara en sí mismo que nuestra elección fuera la de escoger el camino correcto.
La naturaleza de los hombres con respecto a la bondad y la maldad, no es algo tan claro y concreto, aunque ya haya escrito sobre ello, pero si hay una naturaleza, una tendencia clara e indiscutible hacia una meta concreta, ésta sería la de crear. Los hombres no necesitamos de Dios o Dioses, de Creador o Creadores, pues tales divinidades sólo pueden ser halladas en el seno de nosotros mismos.
Religión y espiritualidad.
En primer lugar, para un mejor entendimiento de lo que viene a continuación, he de explicar el concepto y origen del mismo. La religión nace como una solución a uno o varios problemas, uno de ellos es el que por lo general, con sólo una mente ordinaria y unas pocas horas de reflexión, podemos revelar como la necesidad de explicar lo que ocurre a nuestro alrededor, y no sólo explicarlo, sino hallar un porqué, una causa en sí.
Pero además de esto, existe otro problema que, sin persuadirnos siquiera de ello, intentamos solucionar mediante una religión, y éste es la delegación de responsabilidad. Cuando algo malo ocurre, tenemos la imperiosa necesidad de atribuírselo a una causa divina, pues nos es más fácil delegar en otros el asunto de solucionar un problema, y así, mantenernos conformes y dóciles para con esa entidad que nosotros mismos hemos generado.
De la misma manera, cuando algo bueno ocurre, tendemos a atribuirle ese grandioso hecho a una causa divina, y no a nosotros mismos.
Si sois avispados, os habréis dado cuenta ya de un punto confluente en todos los casos en los que intervienen una o varias divinidades; en todos los casos existe un origen que nada tiene que ver con la fe o la esperanza en sí, sino con la interacción de esa naturaleza creadora anteriormente mencionada y la inseguridad, la incapacidad de conocer para posteriormente, saber. En el caso de que algo malo ocurra, delegamos nuestra responsabilidad en una divinidad debido a que no queremos recorrer un camino duro en el que afrontemos ese problema y nuestros propios miedos o inseguridades, y en el caso de que algo bueno ocurra, no nos vemos capaces de posicionarnos en un lugar cuya altura en comparación con los otros, sea demasiado grande. Y no nos confundamos, los logros materiales, aquellos que burdamente pueden conseguirse por métodos superfluos, no son nada en comparación con lo que los hechos buenos de los que hablo pueden ofrecer.
Pero aún así, estaría confundiendo términos, y ahora es cuando he de explicar la diferencia entre el concepto de religión, y el concepto de espiritualidad.
La espiritualidad o lo metafísico nace de la necesidad de explicar, y con ello, saber, lo que la inteligencia no puede comprender por sí misma. Para ello se utiliza la imaginación y el razonamiento, ya que obviamente, se necesitan de argumentos plausibles con objeto de aportar mayor veracidad a las propias elucubraciones. El problema de esto radica en su imposibilidad por ser demostrado, pues se tratan historias complejas, llenas de posibilidades e interpretaciones subjetivas en las que nos es imposible decir: no. Un ejemplo claro podría ser la existencia de vida extraterrestre; se pueden elucubrar toda clase de teorías sobre su fisiología, pero nos es completamente imposible conocer aquello que no percibimos. Al fin y al cabo, la comprensión de los fenómenos no necesita de nada más que de la confluencia entre la función de las percepciones y la razón, actuando la primera como perceptora, y la segunda como interpretadora. Y permitiendo así la adquisición de lo que denominamos: saber.
Es ordinario que cuando se produce la ausencia de una metodología cuya función sea la de aportar una explicación lo más objetiva posible a un fenómeno, es por necesidad, aplicada otra bien distinta, a la que conocemos con el nombre de espiritualidad o metafísica.
Si bien es cierto que he diferenciado el concepto de espiritualidad con el de religión, también es cierto que ésta última necesita de la primera para existir, pues es la base de la estructura sobre la que se erige la misma. Muchos confunden estos dos términos y manifiestan una afirmación completamente incorrecta al respecto. Abogan porque el origen de Dios, o su descubrimiento, se encuentra en las religiones, cuando en realidad, el origen o descubrimiento del mismo se encuentra en la espiritualidad. Tratando este último concepto como la parte explicativa, mientras que la religión sería la estructura, la institución que, por esencia y tendencia absoluta, es necesariamente impositiva.
Sin entrar aún en cuál es o no correcta, pasaré a explicar qué es la religión y por qué ha de ser diferenciada de la espiritualidad a pesar de que tome a esta última como sustento.
La religión es la estructura, el edificio, la institución, que controla, en asociación con los puntos más altos de la escala del poder político, a todos aquellos que, en su debilidad, caen en su influjo. (Se podría además tomar como una doctrina o conjunto de ideas dogmáticas cuyo éxito es rotundo)
Para explicar de manera más inteligible este asunto, considero que el extremo del mismo ocurrido con el cristianismo en la Edad Media, puede revelarnos su verdadera empresa.
Antaño, en el denominado Antiguo Régimen, la mayor parte de la sociedad que lo conformaba se hallaba sometida al yugo del feudalismo. Nobles, herederos de un dudoso cargo de poder, poseían las tierras que otros; míseros campesinos, hambrientos y harapientos, cegados y sumidos en la oscuridad que se cierne sobre aquél que brota en la pobreza, cual tallo delgado y frágil en ivierno, labraban.
Aquellos campesinos nacían en un lugar donde todo era absoluto sufrimiento, y ellos mismos reaccionaban detestando aquella estructura, pero sin poder hacerlo, pues dependían de ella. En su ignorancia, ellos no podían concebir la destrucción de un mundo de tales características, pues la misma estructura, el mismo pensamiento generalizado de que todo era así porque así habría de ser, frenaba cualquiera de sus pensamientos más íntima y tácitamente subversivos. ¿Adivináis cuál era la doctrina más influyente para que este fenómeno sucediera? El cristianismo, que casualmente es una de las mayores y más poderosas religiones de la actualidad.
Los campesinos, rodeados de absoluta oscuridad, concebían la religión como la luz, como la justificación de todo lo que les acontecía, desde sus problemas más ínfimos, hasta sus problemas más graves. Todos ellos eran la voluntad de Dios, un ente externo, superior a todo y a todos en todos los aspectos. Omnipotente, ubicuo, divino y perfecto. La representación de toda la pureza y la "buena moral". Es evidente que la enseñanza de esta doctrina, aportaba un carácter de sumisión y docilidad para con el mundo en el que vivían, y precisamente por ello es por lo que su existencia era permitida y tan estrechamente ligada al poder.
A pesar de que considero que el asunto ha sido bien explicado, me gustaría reparar en una cita de Arthur Schopenhauer, que con una sencilla frase, abarca todas las explicaciones posibles acerca del porqué de creer, de tener fe, en vez de juzgar lógicamente estos asuntos:
Yo diría además que la religión es el caramelo del niño, tan dulce e irresistible, que no puede evitar degustar plácida y gozosamente su sabor. Ya que el niño es débil a los impulsos, y a pesar de que, en un caso hipotético, le explicaran en términos reales que ese caramelo está elaborado con cianuro, no sería capaz de controlarse ante tan grandioso (y a la vez tan burdo y despreciable) estímulo.
Tendríamos de esta forma al cristianismo de esa época como médico que cura una enfermedad que él mismo ha provocado y difundido, trazando así una espiral en la que lo único que permanece son los valores y la moral necesarias para perpetuar la servidumbre de los hombres. O lo que es lo mismo, la moral de esclavo.
Habiendo dejado claro el carácter irresistible de todas las doctrinas religiosas, es necesario aplicar estos conocimientos a aquellos que abogan por el respeto hacia las mismas.
En muchas ocasiones he leído u oído a personas defensoras de la religión que arguyen diciendo: "Si una religión no se impone a los otros, ha de ser respetada." Lamentablemente, queridos lectores, no se podría caer en más grave error, ya que no sólo se defiende algo increíblemente nocivo para la vida, sino que además se es tan ingenuo como para creer que el origen y la aceptación de una religión radica en la libertad de elección o incluso en la de pensamiento. Como ya he escrito anteriormente, la esencia de la religión es la imposición. Se puede ver en muchas ocasiones cómo a aquellos que pretenden extender por la fuerza sus creencias son tratados como "extemistas", pero en realidad no lo son. Ellos serían considerados por su doctrina misma como los héroes más fieles de entre todos los seguidores de la religión que se quiera. Si bien he querido distinguir minuciosamente el concepto de religión con el concepto de espiritualidad, el motivo por el cuál lo he hecho se halla en la afirmación actual.
La esencia de la religión es su perpetuación y su extensión, por ello mismo se trata de una institución influyente y poderosa, lo que no implica que la esencia de la espiritualidad lo sea.
En el caso de la espiritualidad, podemos concebir de manera positiva sus elucubraciones, pues al tratar los fenómenos inexplicables de una manera razonable, es decir, aplicando argumentos contundentes y aportando posibilidades mucho más que plausibles, a menudo allanan el terreno para un posterior y más objetivo análisis de las mismas. Un ejemplo sería Demócrito, que a pesar de no poseer conocimientos científicos, (aceptando que éstos son supuestamente los más objetivos) ya desarrolló una teoría que "grosso modo", trataba de explicar la existencia de unas partículas minúsculas que conformaban el universo, ¿Te suena de algo? Átomos.
Pero llegados a este punto, considero que no se debe condenar la espiritualidad en sí misma, sino los dogmas que surgen a su alrededor. Cierto es que el hecho de tratar de explicar los fenómenos inexplicables, además de requerir una enorme perspicacia y conocimiento sobre lo que se trata, es sin duda una actividad cuya complejidad da lugar a la aparición de ese tan indeseado dogmatismo del que hablo, pero esto solamente puede ocurrir si el que la practica es, o un incauto, o un malvado, o un incapaz (en términos de genialidad).
En resumen, la religión como tal es nociva para la sociedad, pues impide la libertad en todos los aspectos. Además, impone sus doctrinas naturalmente. De hecho, su principal "modus operandi" es el adoctrinamiento de los más jóvenes, cosa innegable, ya que hasta existen ritos de iniciación que suelen llevarse a cabo al poco tiempo de que los pobres niños nazcan. Y todo ello mezclado con una supuesta cultura y tradición, acaba por formar un cóctel en el que hasta los que ni siquiera reflexionan sobre este tema, terminan por aceptarlo por mera cotidianidad.
Antes de terminar con este escrito, me gustaría dejaros aquí dos aforismos que nacieron de mí y que me parecen dignos de ser leídos por vosotros. Naturalmente, estos dos aforismos vienen a colación con lo tratado anteriormente, así que ahí van:
"La religión basa su fuerza en la incoherencia; tanto más irrefutable sea ésta, tanto más poder detentará."
"Lo irrefutable puede tomar dos caminos: el primero es la obviedad, el segundo el disparate."
*Esta sería la primera parte acerca de los temas religiosos, en el siguiente artículo sobre este asunto trataré un tema de gran controversia: la existencia de Dios.*
martes, 2 de diciembre de 2014
Poder.
Una de las características de la maldad en relación a nosotros, es que hemos aprendido a convivir con ella, a permitir que nos abrace y se nos introduzca en el corazón de cuando en cuando, causando estragos en nuestras vidas, pero aún así, no preguntándonos el por qué de su llegada y cómo combatirla y destruirla de raíz, a pesar de no saber, intentamos confrontarnos con ella con todo nuestro esfuerzo. En esas escaramuzas luchamos contra ella cuando observamos las consecuencias que la misma genera, luchamos, sí, mas en vano. Pues la herramienta que utilizamos para hacerlo no es más que su hija, el poder, nacido de la pretensión de control sobre los hombres. Concebimos al mismo como algo bueno, a diferencia de la maldad, si sus consecuencias son buenas, y por ello olvidamos que su origen es el mismo que el de aquella maldad que trastorna nuestro espíritu.
Tras esta primera reflexión, pasemos al análisis del concepto. ¿Qué es el poder? El poder es una idea cuya praxis dota a los hombres de la capacidad de alzarse sobre los demás e imponerse a ellos. Es, por definición, la mayor expresión de ausencia de libertad en la interacción entre los individuos, y por lo tanto, puedo afirmar que se trata de una de las ideas más nocivas que se han introducido en nuestras sociedades.
El nacimiento del poder sólo puede darse en un contexto en el que la maldad impere, ya que el poder nace como control de la maldad; es la herramienta encargada de reprimir a los malvados mediante la imposición, la obligación violenta, la sumisión y la disciplina. Sólo el poder puede combatir a la maldad en su mismo terreno, pues los dos forman parte de la misma idea; imposición, violencia, represión, autoridad, jerarquías...
Si observamos el contexto actual, el poder es visto como una virtud de las sociedades, delegamos todas nuestras elecciones en él e imposibilitamos nuestra capacidad de ser libres con ello, tomamos el poder y se lo otorgamos a unas minorías que, habiéndose convertido en privilegiados, lo utilizan en pos de sí mismos o de quien ellos mismos consideren. Se dice que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, se dice que sin su existencia no seríamos capaces de organizarnos, pero, ¿Tan estúpidos somos que sólo mediante las imposiciones de otros nos movemos? ¿Tan indefensos nos encontramos como para funcionar únicamente por direcciones de los otros? Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, cierto es, pero esto no significa que el hecho de ser responsables mientras poseemos poder sea algo bueno, pues sólo el hecho mismo de poseer poder es algo nocivo en la sociedad.
Además, se nos presenta un dilema que los anarquistas hemos planteado siempre: ya que no existe ser sobre la faz de la tierra que ostente unas características tan perfectas como para imponerse responsablemente sobre los otros y verse en una posición tan elevada que sea correcta su función de ordenar a los otros lo que han de hacer, impidiendo siquiera que los otros se pregunten por sí mismos qué es lo que harían en unas condiciones en las que no fueran seres que obedecen, y por tanto, seres que se dirigen a sí mismos ateniéndose únicamente a su voluntad, serían naturalmente estos últimos los únicos que, entendiendo esta lógica, pudieran existir en cualquier sociedad sana. Concibiendo el concepto de sociedad sana como la agrupación armoniosa de individuos cuya principal característica no fuera otra más que el hecho de evitar confrontaciones, y por lo tanto, una sociedad carente de actos antisociales.
A aquellos que afirman que la interpretación del poder depende de cuáles son sus intenciones les digo: puede hacerse una analogía muy cierta sobre el concepto de poder con el concepto de arma. Un arma puede ser utilizada para matar a tus enemigos, y esto sería bien visto por tus amigos, un arma podría ser utilizada para defender a la patria, y sería bien visto por tus compatriotas, un arma podría ser utilizada para salvar a unos niños de un violador, y sería bien visto por la inmensa mayoría que considera tales actos como algo intolerable, pero un arma es un arma, y nunca, jamás, podría ser utilizada para salvar a los otros, pues la naturaleza de esta es aniquilar, es dañar, matar, exterminar. Eso es un arma, y eso es el poder. Cabría decir también que un arma utilizada con motivo disuasorio no causaría daño alguno (al menos demasiado grave), pero si reflexionamos bien sobre esta cuestión, pronto nos persuadiríamos de que lo único que cambiaría en tal caso sería que se ha tomado el miedo natural que causa en todos los individuos, y se ha utilizado para lograr esa función, pero al fin y al cabo, la razón real por la que ésta misma tiene esa capacidad disuasoria, no es más que el miedo a lo que representaría su utilización real. Es tal la fuerza que posee un arma para manipular nuestro miedo, que sólo el simple hecho de vernos apuntados con una pistola permitiría al que apunta hacer de nosotros lo que le viniera en gana, y esto mismo ocurre con el poder; son tan graves y diversas las consecuencias que se dan ante cualquier acto contrario al mismo, que sólo el hecho de verse representado por una de sus principales herramientas, la autoridad, resulta ser motivo suficiente como para impedir que nos desenvolvamos en tanto a nuestra esencia (cita requerida).
El poder podría ser utilizado para organizar miles de fábricas que abastecieran a África de sustento, pero aún así, el método utilizado sería la sumisión, aunque la voluntad de los trabajadores y las órdenes confluyeran, los métodos permanecerían siendo los incorrectos. Ya que los trabajadores de cada fábrica se verían forzados a ello, no existiría ese único factor al que denominamos esencia, que es la máxima garantía de libertad en los hombres. Por lo que esa ayuda, al no ser voluntaria íntegramente por estar controlada por otros, no sería real en sí misma, ya que sólo los actos libres son los verdaderos. (cita requerida)
Pero del mismo modo en el que he explicado la toxicidad del poder en las sociedades incluso sometiéndolo a cualquier interpretación, también podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué si el poder es algo tan nocivo, se acepta en nuestra sociedad?
En primer lugar, para un mayor entendimiento de esta respuesta, se debe explicar el funcionamiento del poder llevado a la práctica, así que procedo a ello.
La funcionalidad del poder se debe a varios factores, aunque el principal de ellos no es otro más que la sumisión; sin la existencia de seres dispuestos a ser sometidos, el poder no tiene sentido, ya que es necesario que una gran cantidad de individuos acepten tanto que a una persona como a una minoría se la conciba como superior, basándose únicamente en el pacto de los sometidos para aceptarlo. Por lo tanto, es necesario afirmar que el poder pierde funcionalidad en tanto más personas lo posean, pues cuantos más individuos formen parte de los opresores, menos sometidos que mantengan esta estructura de poder existirán. Conociendo esto, podemos determinar que la clave que permite la existencia del poder en nuestras sociedades no es otra más que la existencia de personas dispuestas a ser sometidas, y tanto menos personas estén dispuestas a ello, tanto menos funcionalidad encontraremos en el concepto de poder.
El origen del poder en la sociedad es debido a que nosotros mismos concebimos a los seres humanos como entes naturalmente codiciosos, violentos, opresores... Y tomando por bandera nuestra estupidez, creamos estructuras que, mediante esos defectos (supuestamente) naturales, intentan controlar ese comportamiento antisocial nuestro. Básicamente pretendemos combatir una supuesta naturaleza que tiende a la maldad, con estructuras que derivan de la misma. Y creo sinceramente que la obsolescencia de este razonamiento no ha de ser explicada.
La aceptación del poder en la sociedad se sustenta principalmente sobre un pilar fundamental y natural en todos nosotros: el miedo. Es este defecto el que permite que, a pesar de conocer la toxicidad del poder, continuamos permitiendo su existencia en todas nuestras relaciones. (Omito que además del miedo a las consecuencias que el poder nos presenta, éste mismo sustenta su perpetuación en el conformismo de la masa y el enfoque de ese mismo miedo hacia la idea de liberación misma, tanto personal como social)
Pero, ya que hemos hablado acerca de los factores de los que depende la funcionalidad del poder, hablemos también de lo que conocemos como dictadura del proletariado, que vendría a ser nada más y nada menos, que la detentación del poder por parte de una mayoría, cosa que, conociendo uno de los factores principales que permiten el buen funcionamiento de las relaciones de poder, y que además, acabo de explicar, resulta ser un absurdo. Pues si la funcionalidad del poder depende del número de personas que lo posean, es decir, tanto menos personas que concentren el poder, mayor funcionalidad del mismo, no podríamos dar por buena una sociedad en la que el poder fuera ostentado por muchos, ya que perdería su funcionalidad como tal. Y qué menos que decir que el propio concepto de dictadura del proletariado es un oxímoron; una completa contradicción en sí mismo, ya que si tratamos la definición de dictadura, ésta nos explica que hablamos de la máxima concentración del poder, es decir, es un solo individuo el que lo ostenta, mientras que si hablamos de la dictadura del proletariado, es una mayoría la que lo ostenta, cosa absurda por dos motivos:
-Tanto más personas posean el poder, tanto menos funcionalidad tiene éste.
-Tanto más personas se puedan concebir como opresoras, menos personas se podrán concebir como oprimidas, y por tanto, menor funcionalidad aún.
Por lo que es correcto afirmar que la destrucción del poder sólo puede darse mediante la difusión del mismo entre todos los individuos de la sociedad, siendo capaces de concebirse éstos, no como opresores, sino como entes capaces de dar y recibir en todo momento, sin que exista obligación alguna de hacerlo. Seres movidos por su propia voluntad y motores de ella misma con respecto a los otros. Seres libres que, naturalmente, no pretendan imponerse a los otros y que, por lo tanto, no necesiten de ninguna estructura externa que los regule, pues ellos mismos se regulan para sí y para con los demás.
El hecho de que el poder se difunda entre todos los individuos no implica su permanencia en la sociedad, es decir, no implica que continúe existiendo, trataríamos esa pequeña porción que cada individuo toma para sí mismo, como una auto-afirmación del yo en relación a la sociedad, lo que derivaría en una parte individualista necesaria dentro de un conjunto, pues sin ésta volveríamos a la misma espiral de tiempos pretéritos en la que los individuos sólo representaban una pieza más del engranaje que la misma sociedad (basada en las relaciones de poder) elegía al gusto.
En resumen, la única acepción que acepto dentro del concepto "poder" es la que se refiere a la capacidad de realizar algo, siendo este algo elegido voluntariamente, y por ende, constituyéndose a sí mismo como la esencia que emana del interior de cada ser.
Tras esta primera reflexión, pasemos al análisis del concepto. ¿Qué es el poder? El poder es una idea cuya praxis dota a los hombres de la capacidad de alzarse sobre los demás e imponerse a ellos. Es, por definición, la mayor expresión de ausencia de libertad en la interacción entre los individuos, y por lo tanto, puedo afirmar que se trata de una de las ideas más nocivas que se han introducido en nuestras sociedades.
El nacimiento del poder sólo puede darse en un contexto en el que la maldad impere, ya que el poder nace como control de la maldad; es la herramienta encargada de reprimir a los malvados mediante la imposición, la obligación violenta, la sumisión y la disciplina. Sólo el poder puede combatir a la maldad en su mismo terreno, pues los dos forman parte de la misma idea; imposición, violencia, represión, autoridad, jerarquías...
Si observamos el contexto actual, el poder es visto como una virtud de las sociedades, delegamos todas nuestras elecciones en él e imposibilitamos nuestra capacidad de ser libres con ello, tomamos el poder y se lo otorgamos a unas minorías que, habiéndose convertido en privilegiados, lo utilizan en pos de sí mismos o de quien ellos mismos consideren. Se dice que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, se dice que sin su existencia no seríamos capaces de organizarnos, pero, ¿Tan estúpidos somos que sólo mediante las imposiciones de otros nos movemos? ¿Tan indefensos nos encontramos como para funcionar únicamente por direcciones de los otros? Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, cierto es, pero esto no significa que el hecho de ser responsables mientras poseemos poder sea algo bueno, pues sólo el hecho mismo de poseer poder es algo nocivo en la sociedad.
Además, se nos presenta un dilema que los anarquistas hemos planteado siempre: ya que no existe ser sobre la faz de la tierra que ostente unas características tan perfectas como para imponerse responsablemente sobre los otros y verse en una posición tan elevada que sea correcta su función de ordenar a los otros lo que han de hacer, impidiendo siquiera que los otros se pregunten por sí mismos qué es lo que harían en unas condiciones en las que no fueran seres que obedecen, y por tanto, seres que se dirigen a sí mismos ateniéndose únicamente a su voluntad, serían naturalmente estos últimos los únicos que, entendiendo esta lógica, pudieran existir en cualquier sociedad sana. Concibiendo el concepto de sociedad sana como la agrupación armoniosa de individuos cuya principal característica no fuera otra más que el hecho de evitar confrontaciones, y por lo tanto, una sociedad carente de actos antisociales.
A aquellos que afirman que la interpretación del poder depende de cuáles son sus intenciones les digo: puede hacerse una analogía muy cierta sobre el concepto de poder con el concepto de arma. Un arma puede ser utilizada para matar a tus enemigos, y esto sería bien visto por tus amigos, un arma podría ser utilizada para defender a la patria, y sería bien visto por tus compatriotas, un arma podría ser utilizada para salvar a unos niños de un violador, y sería bien visto por la inmensa mayoría que considera tales actos como algo intolerable, pero un arma es un arma, y nunca, jamás, podría ser utilizada para salvar a los otros, pues la naturaleza de esta es aniquilar, es dañar, matar, exterminar. Eso es un arma, y eso es el poder. Cabría decir también que un arma utilizada con motivo disuasorio no causaría daño alguno (al menos demasiado grave), pero si reflexionamos bien sobre esta cuestión, pronto nos persuadiríamos de que lo único que cambiaría en tal caso sería que se ha tomado el miedo natural que causa en todos los individuos, y se ha utilizado para lograr esa función, pero al fin y al cabo, la razón real por la que ésta misma tiene esa capacidad disuasoria, no es más que el miedo a lo que representaría su utilización real. Es tal la fuerza que posee un arma para manipular nuestro miedo, que sólo el simple hecho de vernos apuntados con una pistola permitiría al que apunta hacer de nosotros lo que le viniera en gana, y esto mismo ocurre con el poder; son tan graves y diversas las consecuencias que se dan ante cualquier acto contrario al mismo, que sólo el hecho de verse representado por una de sus principales herramientas, la autoridad, resulta ser motivo suficiente como para impedir que nos desenvolvamos en tanto a nuestra esencia (cita requerida).
El poder podría ser utilizado para organizar miles de fábricas que abastecieran a África de sustento, pero aún así, el método utilizado sería la sumisión, aunque la voluntad de los trabajadores y las órdenes confluyeran, los métodos permanecerían siendo los incorrectos. Ya que los trabajadores de cada fábrica se verían forzados a ello, no existiría ese único factor al que denominamos esencia, que es la máxima garantía de libertad en los hombres. Por lo que esa ayuda, al no ser voluntaria íntegramente por estar controlada por otros, no sería real en sí misma, ya que sólo los actos libres son los verdaderos. (cita requerida)
Pero del mismo modo en el que he explicado la toxicidad del poder en las sociedades incluso sometiéndolo a cualquier interpretación, también podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿Por qué si el poder es algo tan nocivo, se acepta en nuestra sociedad?
En primer lugar, para un mayor entendimiento de esta respuesta, se debe explicar el funcionamiento del poder llevado a la práctica, así que procedo a ello.
La funcionalidad del poder se debe a varios factores, aunque el principal de ellos no es otro más que la sumisión; sin la existencia de seres dispuestos a ser sometidos, el poder no tiene sentido, ya que es necesario que una gran cantidad de individuos acepten tanto que a una persona como a una minoría se la conciba como superior, basándose únicamente en el pacto de los sometidos para aceptarlo. Por lo tanto, es necesario afirmar que el poder pierde funcionalidad en tanto más personas lo posean, pues cuantos más individuos formen parte de los opresores, menos sometidos que mantengan esta estructura de poder existirán. Conociendo esto, podemos determinar que la clave que permite la existencia del poder en nuestras sociedades no es otra más que la existencia de personas dispuestas a ser sometidas, y tanto menos personas estén dispuestas a ello, tanto menos funcionalidad encontraremos en el concepto de poder.
El origen del poder en la sociedad es debido a que nosotros mismos concebimos a los seres humanos como entes naturalmente codiciosos, violentos, opresores... Y tomando por bandera nuestra estupidez, creamos estructuras que, mediante esos defectos (supuestamente) naturales, intentan controlar ese comportamiento antisocial nuestro. Básicamente pretendemos combatir una supuesta naturaleza que tiende a la maldad, con estructuras que derivan de la misma. Y creo sinceramente que la obsolescencia de este razonamiento no ha de ser explicada.
La aceptación del poder en la sociedad se sustenta principalmente sobre un pilar fundamental y natural en todos nosotros: el miedo. Es este defecto el que permite que, a pesar de conocer la toxicidad del poder, continuamos permitiendo su existencia en todas nuestras relaciones. (Omito que además del miedo a las consecuencias que el poder nos presenta, éste mismo sustenta su perpetuación en el conformismo de la masa y el enfoque de ese mismo miedo hacia la idea de liberación misma, tanto personal como social)
Pero, ya que hemos hablado acerca de los factores de los que depende la funcionalidad del poder, hablemos también de lo que conocemos como dictadura del proletariado, que vendría a ser nada más y nada menos, que la detentación del poder por parte de una mayoría, cosa que, conociendo uno de los factores principales que permiten el buen funcionamiento de las relaciones de poder, y que además, acabo de explicar, resulta ser un absurdo. Pues si la funcionalidad del poder depende del número de personas que lo posean, es decir, tanto menos personas que concentren el poder, mayor funcionalidad del mismo, no podríamos dar por buena una sociedad en la que el poder fuera ostentado por muchos, ya que perdería su funcionalidad como tal. Y qué menos que decir que el propio concepto de dictadura del proletariado es un oxímoron; una completa contradicción en sí mismo, ya que si tratamos la definición de dictadura, ésta nos explica que hablamos de la máxima concentración del poder, es decir, es un solo individuo el que lo ostenta, mientras que si hablamos de la dictadura del proletariado, es una mayoría la que lo ostenta, cosa absurda por dos motivos:
-Tanto más personas posean el poder, tanto menos funcionalidad tiene éste.
-Tanto más personas se puedan concebir como opresoras, menos personas se podrán concebir como oprimidas, y por tanto, menor funcionalidad aún.
Por lo que es correcto afirmar que la destrucción del poder sólo puede darse mediante la difusión del mismo entre todos los individuos de la sociedad, siendo capaces de concebirse éstos, no como opresores, sino como entes capaces de dar y recibir en todo momento, sin que exista obligación alguna de hacerlo. Seres movidos por su propia voluntad y motores de ella misma con respecto a los otros. Seres libres que, naturalmente, no pretendan imponerse a los otros y que, por lo tanto, no necesiten de ninguna estructura externa que los regule, pues ellos mismos se regulan para sí y para con los demás.
El hecho de que el poder se difunda entre todos los individuos no implica su permanencia en la sociedad, es decir, no implica que continúe existiendo, trataríamos esa pequeña porción que cada individuo toma para sí mismo, como una auto-afirmación del yo en relación a la sociedad, lo que derivaría en una parte individualista necesaria dentro de un conjunto, pues sin ésta volveríamos a la misma espiral de tiempos pretéritos en la que los individuos sólo representaban una pieza más del engranaje que la misma sociedad (basada en las relaciones de poder) elegía al gusto.
En resumen, la única acepción que acepto dentro del concepto "poder" es la que se refiere a la capacidad de realizar algo, siendo este algo elegido voluntariamente, y por ende, constituyéndose a sí mismo como la esencia que emana del interior de cada ser.
Un arma es un arma.
Bakunin:
sábado, 29 de noviembre de 2014
Nocturno.
Hoy vengo a contar historias de un anochecer
un cielo oscuro y negro en que te has de perder.
Inmensa agonía que sufre el que mira las nubes
que por no verse creía nunca hallar el renacer.
Vástagos de las tinieblas vinieron a persuadirle
pero él, fuerte y valiente, luchaba.
Encendióse el ser que albergaba
y todo vio resplandecer,
como la intensa miradada de un amor que no pudo ser.
Mansas palabras manchadas
relajaban su pensar:
vestigios de un alma atada
a lo que ya no podía ver.
Y en sus caricias notaba llana y simple remembranza
de tiempos en los que azuzaba su amor a ultranza.
No se asuste, caballero, ella marcha, ya se va
algún día en un futuro pensaré en su fragancia,
en como en tiempos pasados se terminó mi esperanza.
martes, 18 de noviembre de 2014
Lo más importante.
He de decir que este texto no se trata de uno de esos ensayos, poemas o simples conjuntos de palabras que al unirse todas entre sí, crean algo único. No, se trata de algo más personal, algo que, además de permanecer pegado a mi alma como si ya formara parte del mismo, me ayuda a rendirme a la felicidad, o por lo contrario, sucumbir ante la miseria y la desesperación más baja que un espíritu en condiciones estables, pudiera imaginar.
En estas últimas semanas, he sufrido de algo que no sabría describir demasiado bien, pero se trata de una sensación en la que uno se lanza a un infinito océano dentro de sí, y donde vive aletargado y confundido, sin poder pensar de manera correcta, sin ser capaz de realizar análisis, perdiendo absolutamente todas las facultades.
He de decir que esta situación ha sido de lo más desagradable, pues para mí, lo más importante en mi vida es esto, esto mismo que lees, contar mis pensamientos, mis verdades o mis falsedades, mi yo, mi ser interior, mi vida misma constatada en estas letras, y siento que no puedo vivir sin esto, sin las alegrías que me da compartir mis pensamientos con los otros, que existan personas cuyas ideas me fulminen e iluminen mi alma, que debatamos juntos sin parar, que diversifiquemos las maneras de concebir esta bendición de realidad que se nos ha presentado. Por un momento, por muchos momentos, pensé que no podría volver a estar aquí, que todo había acabado, y con ello el flujo de mi vida iba deslizándose por un hueco muy hondo, pero muy fino a la vez. Sólo el hecho de plantearme no volver aquí, de pensar siquiera en no pensar...
Como bien decía Cortázar: "La palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma." Y otorgándole toda la razón, yo digo, cierto que es las palabras no alcanzan a describir lo que yo siento al recibir halagos, al ver cómo unos me preguntan, al ver como otros me detestan, pues no conocen argumentos que me rebatan (cosa que no significa que no existan). Pero también es cierto que todo aquello que mis palabras puedan alcanzar se hallará escrito, lo juro.
Nunca me planteé el llegar hasta aquí, hasta este momento, escribiendo entre lágrimas de agradecimiento y temor por volver al lugar en el que no conozco nada, pero aseguro que este no es el final, la esperanza que alberga mi alma es suficiente como para derribar y construir el universo entero, incluso si aceptáramos que este fuera eterno, y ni la mente más rota y muerta, aunque ella sea la mía, terminará por destruir mi inmenso amor por vosotros, pues esto, esto que aquí leéis es vuestro, es lo mío, lo más hondo, para ti, para vosotros.
Quiero de veras concebir esto como un punto de inflexión, punto que mi novela sufrirá en unas cuantas páginas más, momento decisivo en el que el camello se convierte para siempre en niño, y crece sano y fuerte, cual roble cubierto de nieve helada. No volveré a caer, lo juro, volveré a transcribir mi alma en estas letras, volveré a hacerlo, ya que sin esto, sin vosotros, sin ti,
yo no soy nada.
En estas últimas semanas, he sufrido de algo que no sabría describir demasiado bien, pero se trata de una sensación en la que uno se lanza a un infinito océano dentro de sí, y donde vive aletargado y confundido, sin poder pensar de manera correcta, sin ser capaz de realizar análisis, perdiendo absolutamente todas las facultades.
He de decir que esta situación ha sido de lo más desagradable, pues para mí, lo más importante en mi vida es esto, esto mismo que lees, contar mis pensamientos, mis verdades o mis falsedades, mi yo, mi ser interior, mi vida misma constatada en estas letras, y siento que no puedo vivir sin esto, sin las alegrías que me da compartir mis pensamientos con los otros, que existan personas cuyas ideas me fulminen e iluminen mi alma, que debatamos juntos sin parar, que diversifiquemos las maneras de concebir esta bendición de realidad que se nos ha presentado. Por un momento, por muchos momentos, pensé que no podría volver a estar aquí, que todo había acabado, y con ello el flujo de mi vida iba deslizándose por un hueco muy hondo, pero muy fino a la vez. Sólo el hecho de plantearme no volver aquí, de pensar siquiera en no pensar...
Como bien decía Cortázar: "La palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma." Y otorgándole toda la razón, yo digo, cierto que es las palabras no alcanzan a describir lo que yo siento al recibir halagos, al ver cómo unos me preguntan, al ver como otros me detestan, pues no conocen argumentos que me rebatan (cosa que no significa que no existan). Pero también es cierto que todo aquello que mis palabras puedan alcanzar se hallará escrito, lo juro.
Nunca me planteé el llegar hasta aquí, hasta este momento, escribiendo entre lágrimas de agradecimiento y temor por volver al lugar en el que no conozco nada, pero aseguro que este no es el final, la esperanza que alberga mi alma es suficiente como para derribar y construir el universo entero, incluso si aceptáramos que este fuera eterno, y ni la mente más rota y muerta, aunque ella sea la mía, terminará por destruir mi inmenso amor por vosotros, pues esto, esto que aquí leéis es vuestro, es lo mío, lo más hondo, para ti, para vosotros.
Quiero de veras concebir esto como un punto de inflexión, punto que mi novela sufrirá en unas cuantas páginas más, momento decisivo en el que el camello se convierte para siempre en niño, y crece sano y fuerte, cual roble cubierto de nieve helada. No volveré a caer, lo juro, volveré a transcribir mi alma en estas letras, volveré a hacerlo, ya que sin esto, sin vosotros, sin ti,
yo no soy nada.
domingo, 19 de octubre de 2014
La naturaleza del ser humano: bondad y maldad.
Antes de comenzar con el desarrollo de esta idea, quiero decir que lo que aquí hay escrito es fruto de mucho tiempo de reflexión y maduración de ideas diversas, y que siento un gran orgullo por traeros esta reflexión para que todos podáis conocerla. Para una buena comprensión de este escrito se debe entender a la perfección una clave fundamental; no habrá capacidad de comprensión sin el hecho mismo de despojarse de todos los prejuicios, reflexiones, pensamientos, etc, que se hayan cimentado sobre las bases de nuestro desarrollo como humanos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla; la historia misma del ser humano se trata definitivamente del análisis del desarrollo de una conducta humana que se desvía de su propia naturaleza, por ende, cualquier análisis que se realice erigiéndose bajo los cimientos de nuestra historia, se verá obligado necesariamente a tener que concebirse como una falacia. Antes de que se me acuse, tengo que decir algo que considero una verdad: El comportamiento de un ser humano no determina su naturaleza, sino sus acciones dentro de un entorno de estímulos. Una reacción es el fruto de un estímulo, siendo éste el árbol que las hace crecer. Por lo tanto, si analizamos la naturaleza humana no debemos confundirnos de árbol, tenemos que atenernos al humano mismo como ente individual, separarlo de todo estímulo y de toda reacción, y analizar sus tendencias naturales, que al fin y al cabo, deben ser concebidas como las evidencias que nos permiten hallar esta idea de naturaleza humana. Asimismo, podemos afirmar que sus tendencias naturales tienen que ver, de forma axiomática, con lo que trataremos en este escrito como naturaleza terrenal. La naturaleza terrenal es aquella que ordena todo lo que existe en el universo, es la que establece un entorno cuyas características hacen posible el nacimiento de los demás entes activos a los que nosotros pertenecemos, y que además, denominamos: seres vivos. Por lo tanto, por el hecho de ser producto de esa naturaleza terrenal, nos hallamos ligados a ella de forma inmutable.
Con esto quiero decir que todas las pruebas de nuestra supuesta naturaleza malvada, se basan en una consecuencia, una reacción, y que por lo tanto, no basándose en un ente natural del propio humano, no pueden tomarse como ciertas. Esto podría explicarse de manera más inteligible con una metáfora:
Si imaginamos un manzano, podemos determinar que la naturaleza de éste, es decir, su tendencia activa dentro de un entorno estable (tierra firme, agua suficiente, nutrientes que permiten su crecimiento), es la de producir manzanas. Sin embargo, observamos que algunas de estas manzanas caen al suelo por su propio peso, e incluso puede ocurrir que se partan las ramas de un manzano joven, al producir éste de forma natural, más manzanas de lo que sus ramas pueden soportar.
¿Qué es lo que esto implica? La naturaleza de un manzano es la de producir manzanas (ateniéndose siempre a su proceso de crecimiento), pero el hecho de que algunas de ellas caigan al suelo, no significa que su naturaleza sea la responsable. Es decir, las manzanas no caen por la propia naturaleza del manzano, sino por el peso excesivo de esas manzanas, que no tiene ninguna relación con el hecho de producirlas. Es decir, las manzanas caen como reacción ante su mismo peso, pero no como reacción a la naturaleza del árbol de producirlas. Pues la naturaleza no precisa de estímulos que no pertenezcan más allá de lo que la tierra y el agua puedan proporcionarle (dentro de la misma metáfora: un manzano). El hecho de que las manzanas producidas posean ese peso mayor no tiene que ver con su naturaleza, sino con la abundancia de nutrientes proporcionados por el entorno, el hecho mismo de que las manzanas caigan, no significa necesariamente algo malo; es producido por un exceso de nutrientes, pero no es producido por la naturaleza del manzano. (Si hiciéramos una analogía con el ser humano, podríamos decir que la abundancia de nutrientes, además de generar bondad natural, ya que la estabilidad es el objeto de nuestra naturaleza, genera también el hecho de producir creaciones innecesarias, que es lo que nosotros denominamos arte).
Dentro del espectro comprendido entre naturaleza terrenal y sus creaciones, los estímulos son los que la naturaleza terrenal ofrece, (tratando de estímulo a aquello que tiene como empresa cubrir nuestras necesidades fisiológicas), y las reacciones son los seres vivos que a su vez, gestan una naturaleza propia ateniéndose a la terrenal; cada ser vivo posee una naturaleza propia que se atiene al concepto de naturaleza terrenal. (Ya que la naturaleza terrenal es su creadora) Y si tratamos la naturaleza propia del ser humano, podemos afirmar que éste ha sido dotado de la capacidad de estabilizar en su beneficio, y en el de todos los demás seres vivos, lo que anteriormente hemos denominado como naturaleza terrenal. Es decir, si acoplamos a la metáfora anterior el concepto de ser humano, concebiríamos a este como el ser que, consciente de cómo funciona la naturaleza terrenal, actúa de forma en que esta no se sobrepase, siendo capaz de controlarla y, además, beneficiándose de ello. Es decir: El papel que tomaría el ser humano en la metáfora sería el de protector del manzano a través de su conocimiento, y su procedimiento sería el de tomar las manzanas antes de que caigan y cuidar de que no se acumulen demasiadas en una rama para que ésta no se resquebraje y se rompa. En este sentido, podemos tomar al ser humano como ente activo que tiene como fin controlar los excesos de la propia naturaleza terrenal, y estabilizarlos, y como recompensa, la propia naturaleza terrenal le otorga los estímulos (frutos) que cubren sus necesidades fisiológicas, y que cubriéndolas, le permiten continuar su desarrollo.
Lo que quiero decir con esto es que la naturaleza terrenal no tiene como fin un entorno estable, se trata de una bestia salvaje que intenta ser domada por el propio ser humano, puesto que, la naturaleza del ser humano es precisamente la de domar a esa bestia en beneficio de todos los seres vivos, y por lo tanto, generar un entorno estable por sí mismo.
Tras establecer las bases de lo que llamamos naturaleza pasaremos a concretar y profundizar en la naturaleza del ser humano en relación con su bondad y su maldad. Para ello, debemos hacernos la siguiente pregunta, ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo?
Bien, para desarrollar esta estabilidad en la naturaleza terrenal anteriormente mencionada, el ser humano necesita naturalmente a sus congéneres, por lo que nos vemos obligados a afirmar que el ser humano es social por naturaleza. Una sociedad, es decir, un conjunto de humanos, se hallará estable en tanto a las necesidades que se hayan visto cubiertas, y esto tiene relación con lo anteriormente mencionado; si el ser humano no desarrolla su naturaleza, que es la de generar estabilidad en la naturaleza terrenal, sus sociedades no podrán prosperar sin las recompensas de la naturaleza terrenal que permiten cubrir sus necesidades fisiológicas, y por lo tanto, sus sociedades no podrán desarrollarse sin que en ellas no se hallen casos de actos antisociales. A lo que me refiero es a que en el momento en el que el ser humano se ve en una situación de escasez generada en gran parte por no producir por sí mismo (refiriéndome a la agricultura como medio de hallar alimento, y además, cumplir una de las necesidades naturales de las plantas, tales como su difusión por toda la tierra; su reproducción mediante las semillas, que nosotros controlamos mediante los dotes otorgados por la naturaleza terrenal: inteligencia), nos vemos envueltos en un desarrollo hacia lo antinatural, lo que produce a su vez actos antinaturales dentro de otro espectro más complejo en el ser humano, que denominamos sociedad. Es decir, los actos antisociales son la consecuencia de la escasez, y a su vez, ésta es consecuencia en gran parte de actos antinaturales para con la naturaleza terrenal. Pero estos actos antinaturales se ven influenciados completamente por la escasez misma de recursos, lo que generaría la escasez producida únicamente por la naturaleza terrenal (en el caso de la agricultura, esto sería equiparable a la falta de semillas), de la que sólo puede salirse mediante la cooperación y el apoyo mutuo, pero éstas virtudes nunca se dan en el ser humano en tales momentos, sino todo lo contrario. Nacen de la necesidad y la escasez los malos sentimientos: el egoísmo y su residuo llamado avaricia, y además, la venganza.
En resumen, todos los actos antisociales se deben a una escasez en el entorno, y ésta escasez en el entorno es producida a su vez por esa bestia salvaje y cambiante que hemos llamado naturaleza terrenal.
Al producirse un choque entre nuestra tendencia a la estabilidad (todas las necesidades cubiertas), y lo que la naturaleza terrenal nos otorga, nosotros mismos nos comportamos de manera contraria a como tendemos a hacerlo, y a esto lo denominamos actos antinaturales, y por ende, antisociales.
Lo que nos permite llegar a la conclusión de que si nosotros mismos domamos a esa naturaleza y creamos un entorno en el que no exista la escasez, nuestra naturaleza social volverá a salir a flote y no se cometerán actos antisociales. (Aunque puede que existan casos muy concretos y, por qué no: descabellados, en los que esto no ocurra, ya que nuestra inteligencia es muy compleja) Por lo que podemos llegar a la conclusión de que actualmente, habiendo creado métodos de producción inmensos, el hecho de que se produzcan actos antinaturales, es absurdo, y por lo tanto, no puede ser consecuencia de la escasez. Así que pasaremos a una explicación de mayor profundidad de los conceptos, teniendo ya en cuenta su desarrollo y despojándonos de su relación con la naturaleza humana que ya ha sido explicada, lo que nos permitirá un análisis más preciso y cierto.
Dicho esto, comenzaremos con la explicación de los conceptos de bondad y maldad.
Ya que hemos dejado claro que el ser humano es social por naturaleza, es precisamente desde este punto del que debemos partir para discernir qué es lo bueno y qué es lo malo. Todo lo bueno se caracteriza por generar, directa o indirectamente, una ayuda al otro o a la naturaleza misma. Además de esto, lo bueno se caracteriza por respetar la naturaleza de los otros seres vivos, y además, en el caso de los seres humanos, por respetar la voluntad y libertad de sus congéneres.
La bondad es la praxis de la naturaleza del ser humano, lo que quiere decir que éste tiende a ella. Como ya hemos explicado antes, el ser humano tiende a la estabilidad, y como medio de ella, doma a esa naturaleza terrenal. La bondad del ser humano se desarrolla dentro de esa estabilidad a la que él mismo tiende naturalmente, por lo que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que la bondad pertenece naturalmente al ser humano. Puesto que si la bondad sólo es capaz de desarrollarse en la estabilidad a la que tiende naturalmente, y además con un sólo ápice de esta, nos encontramos ante actos bondadosos, sería una necedad afirmar lo contrario. Si halláramos casos en los que, habiendo estabilidad, encontráramos actos antisociales podríamos explicarlos de otra manera. (Esta manera la explicaré cuando me refiera al concepto de maldad) Además, otra de las características de la bondad es que, ya que se desarrolla naturalmente, este progreso representaría el desarrollo mismo de una sociedad en completa libertad, lo que refutaría aquellas teorías que pretenden colocar cadenas al ser humano bajo la premisa de que éste es un animal salvaje que intenta imponerse a los demás.
Habiendo explicado brevemente el concepto de bondad, pasaremos a analizar la maldad y sus características, ya que este es el verdadero reto.
La maldad tiene dos formas de originarse, una de ellas es la anteriormente explicada: la escasez tanto material como mental, que genera egoísmo o deseo incontrolable que nunca se halla saciado, la otra se basa en esa característica innata que todos, como seres humanos, poseemos: la capacidad de aprendizaje.
Podríamos referirnos en mayor medida a la primera forma como la que originó la maldad humana, y a la segunda como la que permite que ésta perdure en la sociedad. Por lo tanto, el desarrollo de la maldad en términos históricos actuales es debido a nuestra capacidad para aprender la maldad.
Una de las características más importantes de la maldad es que es capaz de extenderse muy rápidamente; si imaginamos un mundo donde existe la bondad, y por el motivo que sea, se da un caso de maldad, este caso se intentará igualar mediante otro acto de maldad, lo que originará una espiral cuya magnitud permanecerá en constante aumento. El acto del que hablo (el que pretende igualar) se basa en la lógica del intercambio equivalente, pero normalmente suele ocurrir que el que pretende hacer sufrir el mismo dolor a aquél que actuó de la misma manera en un pretérito, pretende también dar una lección al primer sujeto, por lo que tiende a proporcionar un sufrimiento mayor. Denominamos a este proceso venganza, y es uno de los factores de mayor trascendencia en la transmisión de la maldad hacia los demás. Cuando se habla de venganza siempre nos asalta a la mente el mismo refrán: "La venganza se sirve en plato frío." Esto nos revela de manera muy clara e inteligible cómo debemos concebir este concepto.
Una buena metáfora para explicar la espiral creciente de la maldad a la que me refiero sería la siguiente:
Imaginemos un recipiente en el que introducimos agua, tras hacerlo tomamos otro recipiente lleno de tinta y lo vertemos también dentro de este recipiente. ¿Qué es lo que ocurre? El agua, y su naturaleza transparente, se convierte en un líquido cuya oscuridad aumenta en tanto a la tinta que se le vierta. Al contrario de lo que ocurre con la venganza, ésta tinta no se trata de un ente vivo, es decir, algo que interactúa con el agua haciéndola oscurecer aún más, pero sí que nos aporta una idea sobre lo que la maldad produce en toda una sociedad; oscurece la naturaleza de todos los corazones nada más aparecer.
Todas estas reflexiones pueden llevarnos a una conclusión acerca de cómo se desarrollan estos caminos, tanto el bondadoso como el malvado. Si bien he dicho ya que tendemos a la bondad, también he de decir que su desarrollo no nace por sí sólo, sino que es necesario que se practique, aunque esto no debería representar ninguna dificultad, pues en el entorno estable al que tendemos, y sin cadena alguna que nos ate, es decir, en completa libertad, podríamos desarrollar esta naturaleza bondadosa sin ninguna reticencia. Pero lo que ocurre es que tanto más avanzamos en esta desviación atípica de nuestra propia naturaleza verdadera, tanto más complicado resulta retornar a nosotros mismos.
En el camino malvado ocurre lo mismo; el hecho de que la maldad se desarrolle se debe únicamente a su práctica, el problema es que es tan tóxica que sólo la aparición de un caso malvado posibilita la proliferación de la cantidad de otros casos de la misma, o de mayor magnitud.
Por lo que se podría afirmar que tanto en el ámbito del desarrollo de la bondad como en el de la maldad, ambas necesitarían de la praxis para que se produzca su crecimiento.
Tras esto, he de decir que hay bastantes temas concretos de los que hablo en este escrito en los que quiero profundizar, por lo que este es el primero, pero no el único de los textos que van a dirigirse hacia este tema tan controvérsico, cabe desarrollar bastante más cada idea, pero considero que será mejor hacerlo en otros textos individuales y bien estructurados.
Para finalizar, me gustaría hacerlo con una pequeña conclusión en forma de cuento:
Algo se nos presenta justo delante, ¿Cómo es posible? Antes no podíamos ver. Cogemos lo que se nos ha aparecido, irradia luz y está caliente, es fuego. ¿Quién es el creador del fuego? Nos preguntamos. La naturaleza, nos respondemos. Si la naturaleza es la creadora del fuego, ¿Por qué me lo otorga? Para que lo lleves contigo, que despierte tu visión, ahora podrás ver. Que despierte tu tacto, ahora podrás sentir calor. Que despierte tu oído, ahora puedes distinguir el sonido de tus pasos. Que despierte tus sentimientos, ahora puedes contemplar el rostro de todos tus congéneres, aquellos que tienes delante.
¿Soy portador del fuego? ¿Y qué puedo hacer con él? Llevémoslo junto a nosotros, iluminemos este mundo desconocido, esta oscuridad que parecía eterna tiene sus días contados, pues nuestra existencia es su fin.
Con esto quiero decir que todas las pruebas de nuestra supuesta naturaleza malvada, se basan en una consecuencia, una reacción, y que por lo tanto, no basándose en un ente natural del propio humano, no pueden tomarse como ciertas. Esto podría explicarse de manera más inteligible con una metáfora:
Si imaginamos un manzano, podemos determinar que la naturaleza de éste, es decir, su tendencia activa dentro de un entorno estable (tierra firme, agua suficiente, nutrientes que permiten su crecimiento), es la de producir manzanas. Sin embargo, observamos que algunas de estas manzanas caen al suelo por su propio peso, e incluso puede ocurrir que se partan las ramas de un manzano joven, al producir éste de forma natural, más manzanas de lo que sus ramas pueden soportar.
¿Qué es lo que esto implica? La naturaleza de un manzano es la de producir manzanas (ateniéndose siempre a su proceso de crecimiento), pero el hecho de que algunas de ellas caigan al suelo, no significa que su naturaleza sea la responsable. Es decir, las manzanas no caen por la propia naturaleza del manzano, sino por el peso excesivo de esas manzanas, que no tiene ninguna relación con el hecho de producirlas. Es decir, las manzanas caen como reacción ante su mismo peso, pero no como reacción a la naturaleza del árbol de producirlas. Pues la naturaleza no precisa de estímulos que no pertenezcan más allá de lo que la tierra y el agua puedan proporcionarle (dentro de la misma metáfora: un manzano). El hecho de que las manzanas producidas posean ese peso mayor no tiene que ver con su naturaleza, sino con la abundancia de nutrientes proporcionados por el entorno, el hecho mismo de que las manzanas caigan, no significa necesariamente algo malo; es producido por un exceso de nutrientes, pero no es producido por la naturaleza del manzano. (Si hiciéramos una analogía con el ser humano, podríamos decir que la abundancia de nutrientes, además de generar bondad natural, ya que la estabilidad es el objeto de nuestra naturaleza, genera también el hecho de producir creaciones innecesarias, que es lo que nosotros denominamos arte).
Dentro del espectro comprendido entre naturaleza terrenal y sus creaciones, los estímulos son los que la naturaleza terrenal ofrece, (tratando de estímulo a aquello que tiene como empresa cubrir nuestras necesidades fisiológicas), y las reacciones son los seres vivos que a su vez, gestan una naturaleza propia ateniéndose a la terrenal; cada ser vivo posee una naturaleza propia que se atiene al concepto de naturaleza terrenal. (Ya que la naturaleza terrenal es su creadora) Y si tratamos la naturaleza propia del ser humano, podemos afirmar que éste ha sido dotado de la capacidad de estabilizar en su beneficio, y en el de todos los demás seres vivos, lo que anteriormente hemos denominado como naturaleza terrenal. Es decir, si acoplamos a la metáfora anterior el concepto de ser humano, concebiríamos a este como el ser que, consciente de cómo funciona la naturaleza terrenal, actúa de forma en que esta no se sobrepase, siendo capaz de controlarla y, además, beneficiándose de ello. Es decir: El papel que tomaría el ser humano en la metáfora sería el de protector del manzano a través de su conocimiento, y su procedimiento sería el de tomar las manzanas antes de que caigan y cuidar de que no se acumulen demasiadas en una rama para que ésta no se resquebraje y se rompa. En este sentido, podemos tomar al ser humano como ente activo que tiene como fin controlar los excesos de la propia naturaleza terrenal, y estabilizarlos, y como recompensa, la propia naturaleza terrenal le otorga los estímulos (frutos) que cubren sus necesidades fisiológicas, y que cubriéndolas, le permiten continuar su desarrollo.
Lo que quiero decir con esto es que la naturaleza terrenal no tiene como fin un entorno estable, se trata de una bestia salvaje que intenta ser domada por el propio ser humano, puesto que, la naturaleza del ser humano es precisamente la de domar a esa bestia en beneficio de todos los seres vivos, y por lo tanto, generar un entorno estable por sí mismo.
Tras establecer las bases de lo que llamamos naturaleza pasaremos a concretar y profundizar en la naturaleza del ser humano en relación con su bondad y su maldad. Para ello, debemos hacernos la siguiente pregunta, ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo?
Bien, para desarrollar esta estabilidad en la naturaleza terrenal anteriormente mencionada, el ser humano necesita naturalmente a sus congéneres, por lo que nos vemos obligados a afirmar que el ser humano es social por naturaleza. Una sociedad, es decir, un conjunto de humanos, se hallará estable en tanto a las necesidades que se hayan visto cubiertas, y esto tiene relación con lo anteriormente mencionado; si el ser humano no desarrolla su naturaleza, que es la de generar estabilidad en la naturaleza terrenal, sus sociedades no podrán prosperar sin las recompensas de la naturaleza terrenal que permiten cubrir sus necesidades fisiológicas, y por lo tanto, sus sociedades no podrán desarrollarse sin que en ellas no se hallen casos de actos antisociales. A lo que me refiero es a que en el momento en el que el ser humano se ve en una situación de escasez generada en gran parte por no producir por sí mismo (refiriéndome a la agricultura como medio de hallar alimento, y además, cumplir una de las necesidades naturales de las plantas, tales como su difusión por toda la tierra; su reproducción mediante las semillas, que nosotros controlamos mediante los dotes otorgados por la naturaleza terrenal: inteligencia), nos vemos envueltos en un desarrollo hacia lo antinatural, lo que produce a su vez actos antinaturales dentro de otro espectro más complejo en el ser humano, que denominamos sociedad. Es decir, los actos antisociales son la consecuencia de la escasez, y a su vez, ésta es consecuencia en gran parte de actos antinaturales para con la naturaleza terrenal. Pero estos actos antinaturales se ven influenciados completamente por la escasez misma de recursos, lo que generaría la escasez producida únicamente por la naturaleza terrenal (en el caso de la agricultura, esto sería equiparable a la falta de semillas), de la que sólo puede salirse mediante la cooperación y el apoyo mutuo, pero éstas virtudes nunca se dan en el ser humano en tales momentos, sino todo lo contrario. Nacen de la necesidad y la escasez los malos sentimientos: el egoísmo y su residuo llamado avaricia, y además, la venganza.
En resumen, todos los actos antisociales se deben a una escasez en el entorno, y ésta escasez en el entorno es producida a su vez por esa bestia salvaje y cambiante que hemos llamado naturaleza terrenal.
Al producirse un choque entre nuestra tendencia a la estabilidad (todas las necesidades cubiertas), y lo que la naturaleza terrenal nos otorga, nosotros mismos nos comportamos de manera contraria a como tendemos a hacerlo, y a esto lo denominamos actos antinaturales, y por ende, antisociales.
Lo que nos permite llegar a la conclusión de que si nosotros mismos domamos a esa naturaleza y creamos un entorno en el que no exista la escasez, nuestra naturaleza social volverá a salir a flote y no se cometerán actos antisociales. (Aunque puede que existan casos muy concretos y, por qué no: descabellados, en los que esto no ocurra, ya que nuestra inteligencia es muy compleja) Por lo que podemos llegar a la conclusión de que actualmente, habiendo creado métodos de producción inmensos, el hecho de que se produzcan actos antinaturales, es absurdo, y por lo tanto, no puede ser consecuencia de la escasez. Así que pasaremos a una explicación de mayor profundidad de los conceptos, teniendo ya en cuenta su desarrollo y despojándonos de su relación con la naturaleza humana que ya ha sido explicada, lo que nos permitirá un análisis más preciso y cierto.
Dicho esto, comenzaremos con la explicación de los conceptos de bondad y maldad.
Ya que hemos dejado claro que el ser humano es social por naturaleza, es precisamente desde este punto del que debemos partir para discernir qué es lo bueno y qué es lo malo. Todo lo bueno se caracteriza por generar, directa o indirectamente, una ayuda al otro o a la naturaleza misma. Además de esto, lo bueno se caracteriza por respetar la naturaleza de los otros seres vivos, y además, en el caso de los seres humanos, por respetar la voluntad y libertad de sus congéneres.
La bondad es la praxis de la naturaleza del ser humano, lo que quiere decir que éste tiende a ella. Como ya hemos explicado antes, el ser humano tiende a la estabilidad, y como medio de ella, doma a esa naturaleza terrenal. La bondad del ser humano se desarrolla dentro de esa estabilidad a la que él mismo tiende naturalmente, por lo que puedo afirmar sin miedo a equivocarme que la bondad pertenece naturalmente al ser humano. Puesto que si la bondad sólo es capaz de desarrollarse en la estabilidad a la que tiende naturalmente, y además con un sólo ápice de esta, nos encontramos ante actos bondadosos, sería una necedad afirmar lo contrario. Si halláramos casos en los que, habiendo estabilidad, encontráramos actos antisociales podríamos explicarlos de otra manera. (Esta manera la explicaré cuando me refiera al concepto de maldad) Además, otra de las características de la bondad es que, ya que se desarrolla naturalmente, este progreso representaría el desarrollo mismo de una sociedad en completa libertad, lo que refutaría aquellas teorías que pretenden colocar cadenas al ser humano bajo la premisa de que éste es un animal salvaje que intenta imponerse a los demás.
Habiendo explicado brevemente el concepto de bondad, pasaremos a analizar la maldad y sus características, ya que este es el verdadero reto.
La maldad tiene dos formas de originarse, una de ellas es la anteriormente explicada: la escasez tanto material como mental, que genera egoísmo o deseo incontrolable que nunca se halla saciado, la otra se basa en esa característica innata que todos, como seres humanos, poseemos: la capacidad de aprendizaje.
Podríamos referirnos en mayor medida a la primera forma como la que originó la maldad humana, y a la segunda como la que permite que ésta perdure en la sociedad. Por lo tanto, el desarrollo de la maldad en términos históricos actuales es debido a nuestra capacidad para aprender la maldad.
Una de las características más importantes de la maldad es que es capaz de extenderse muy rápidamente; si imaginamos un mundo donde existe la bondad, y por el motivo que sea, se da un caso de maldad, este caso se intentará igualar mediante otro acto de maldad, lo que originará una espiral cuya magnitud permanecerá en constante aumento. El acto del que hablo (el que pretende igualar) se basa en la lógica del intercambio equivalente, pero normalmente suele ocurrir que el que pretende hacer sufrir el mismo dolor a aquél que actuó de la misma manera en un pretérito, pretende también dar una lección al primer sujeto, por lo que tiende a proporcionar un sufrimiento mayor. Denominamos a este proceso venganza, y es uno de los factores de mayor trascendencia en la transmisión de la maldad hacia los demás. Cuando se habla de venganza siempre nos asalta a la mente el mismo refrán: "La venganza se sirve en plato frío." Esto nos revela de manera muy clara e inteligible cómo debemos concebir este concepto.
Una buena metáfora para explicar la espiral creciente de la maldad a la que me refiero sería la siguiente:
Imaginemos un recipiente en el que introducimos agua, tras hacerlo tomamos otro recipiente lleno de tinta y lo vertemos también dentro de este recipiente. ¿Qué es lo que ocurre? El agua, y su naturaleza transparente, se convierte en un líquido cuya oscuridad aumenta en tanto a la tinta que se le vierta. Al contrario de lo que ocurre con la venganza, ésta tinta no se trata de un ente vivo, es decir, algo que interactúa con el agua haciéndola oscurecer aún más, pero sí que nos aporta una idea sobre lo que la maldad produce en toda una sociedad; oscurece la naturaleza de todos los corazones nada más aparecer.
Todas estas reflexiones pueden llevarnos a una conclusión acerca de cómo se desarrollan estos caminos, tanto el bondadoso como el malvado. Si bien he dicho ya que tendemos a la bondad, también he de decir que su desarrollo no nace por sí sólo, sino que es necesario que se practique, aunque esto no debería representar ninguna dificultad, pues en el entorno estable al que tendemos, y sin cadena alguna que nos ate, es decir, en completa libertad, podríamos desarrollar esta naturaleza bondadosa sin ninguna reticencia. Pero lo que ocurre es que tanto más avanzamos en esta desviación atípica de nuestra propia naturaleza verdadera, tanto más complicado resulta retornar a nosotros mismos.
En el camino malvado ocurre lo mismo; el hecho de que la maldad se desarrolle se debe únicamente a su práctica, el problema es que es tan tóxica que sólo la aparición de un caso malvado posibilita la proliferación de la cantidad de otros casos de la misma, o de mayor magnitud.
Por lo que se podría afirmar que tanto en el ámbito del desarrollo de la bondad como en el de la maldad, ambas necesitarían de la praxis para que se produzca su crecimiento.
Tras esto, he de decir que hay bastantes temas concretos de los que hablo en este escrito en los que quiero profundizar, por lo que este es el primero, pero no el único de los textos que van a dirigirse hacia este tema tan controvérsico, cabe desarrollar bastante más cada idea, pero considero que será mejor hacerlo en otros textos individuales y bien estructurados.
Para finalizar, me gustaría hacerlo con una pequeña conclusión en forma de cuento:
Oscuridad.
Nos hallamos en una habitación oscura, nada en ella produce destello alguno, la oscuridad lo inunda absolutamente todo. Estamos ciegos, no podemos caminar, pues no sabemos si nos dirigimos en el buen camino. No podemos escuchar, pues no existe el sonido entre tanta oscuridad. No podemos tocar, pues no existe nada a nuestro alrededor. No podemos sentir, pues no hay nada con lo que interactuar, ni un ápice de luz.Algo se nos presenta justo delante, ¿Cómo es posible? Antes no podíamos ver. Cogemos lo que se nos ha aparecido, irradia luz y está caliente, es fuego. ¿Quién es el creador del fuego? Nos preguntamos. La naturaleza, nos respondemos. Si la naturaleza es la creadora del fuego, ¿Por qué me lo otorga? Para que lo lleves contigo, que despierte tu visión, ahora podrás ver. Que despierte tu tacto, ahora podrás sentir calor. Que despierte tu oído, ahora puedes distinguir el sonido de tus pasos. Que despierte tus sentimientos, ahora puedes contemplar el rostro de todos tus congéneres, aquellos que tienes delante.
¿Soy portador del fuego? ¿Y qué puedo hacer con él? Llevémoslo junto a nosotros, iluminemos este mundo desconocido, esta oscuridad que parecía eterna tiene sus días contados, pues nuestra existencia es su fin.
Luz.
Nos hallamos en una habitación fulgurosa, todo en ella son destellos. La luz lo inunda absolutamente todo. Podemos caminar libres. Somos capaces de verlo todo. Poseemos un oído virtuoso. Conocemos el tacto de todo lo que nos rodea. Vivimos durante años en un lugar así, y en momento de iluminación del alma, nos preguntamos algo. ¿Quién es el creador de la oscuridad? Ella no existe, y si existe, se halla muy lejos de aquí. Ah sí, en caso de que existiera, ¿Quién sería su portador y difusor?
Nadie, pues sí es posible iluminar una sala oscura con una antorcha, pero es imposible oscurecer una sala luminosa, no hay artilugio en la naturaleza que te lo permita.
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